Nos pillaron desprevenidos. Sus naves espaciales fundieron las paredes de nuestros edificios como si fuesen mantequilla; sus armas cercenaron millones de gargantas que no tuvieron tiempo de gritar...
Nadie los escuchó llegar... Aterrizaron en el más cruel de los silencios, auspiciados por las tinieblas de la noche traicionera.
Eran más silenciosos que nosotros, eran más rápidos que nosotros, eran más fuertes que nosotros. Su tecnología era más avanzada que la nuestra... Sembraban destrucción con la facilidad de la tabla del uno. Usaron todo su poder para conquistarnos, doblegarnos, aniquilarnos...
Pero cometieron un único error:
Jodieron el llavero de Roc Stormer,
Y NADIE JODE EL LLAVERO DE ROC STORMER.
Aunque esta historia no empieza con Roc Stormer. En estos momentos Roc Stormer está esposado en la parte trasera de un coche de policía, rumbo a la comisaría más cercana, sin ánimos de intentar forcejear... No tiene ni idea de lo que va a suceder esta misma noche, y tampoco sabe nada de la reunión que se está celebrando en el otro extremo de la ciudad.
En realidad pocos sabían algo de aquella reunión, porque era una de esas reuniones de científicos que sólo interesan a una minoría de gilipollas que digieren prensa especializada.
Los habitantes del vecindario, asomados a sus ventanas, contemplaban cómo los coches iban llegando a los aparcamientos reservados. Los individuos que de ellos se bajaban vestían con chaqueta y corbata. Sin embargo, era muy fácil suponer que se trataba de científicos. Quizá se debía a que sólo un científico sabía llevar un traje y una corbata con tan poca elegancia... Tal vez se debía a que sólo los científicos eran capaces de llegar con tanta puntualidad... o acaso se debía a que el edificio blanco y repleto de antenas parabólicas en el que entraban era el Centro de Investigaciones Espaciales: Un lugar en el que sólo entran científicos y chimpancés.
Y aquellos tipos no tenían pinta de chimpancés...
Pero ni siquiera los vecinos más curiosos eran capaces de ver lo que estaba sucediendo en el interior del edificio. Allí, los científicos eran conducidos a una sala amplia, con aspecto de aula en desuso. Uno tras otro, empezaron a ocupar los asientos en forma de grada, sin poder evitar dirigir de vez en cuando una mirada de reojo a la pizarra que colgaba de la pared del fondo, detrás de una mesa llena de trastos que, para una mente desentrenada, no podían tener otro nombre que el de “desorden”. Ese nombre también era aplicable a lo que estaba escrito en la superficie de la pizarra. La tiza chirriante había grabado en aquella tabla verdosa un sin fin de fórmulas, algunas figuras geométricas... y unos caracteres que no eran otra cosa que ideogramas orientales, como no tardaron en confirmar los cinco físicos japoneses que habían sido invitados.
Un murmullo ininteligible era el resultado de las conversaciones de aquellos hombres. Algunos compartían comentarios sueltos y un tanto ásperos, dignos del inglés más flemático (y es que algunos de ellos provenían, precisamente, de la “pérfida Albión”) otros conversaban más animadamente, y no era difícil darse cuenta de que no era la primera vez que coincidían. Los temas que salían de las cuerdas vocales eran variados: algunos discutían sobre temas estrictamente científicos, otros hablaban sobre sus vidas personales, o sobre el partido de volley-ball de la semana anterior...
... Y llegó un momento en que todas las conversaciones se extinguieron. El silencio se fue contagiando de un escalón a otro de las gradas, y lo único que conseguían escuchar los oídos más finos eran murmullos con contenidos tales como: “Es él”, “Así que no se lo ha tragado la tierra...”
Lo que había provocado aquel silencio era la apertura de una puerta que se hallaba en el lateral izquierdo de la sala... Y lo que había suscitado los débiles murmullos era la persona que había entrado por ella. Algunos ya le conocían, otros no... pero todos clavaban en él sus ojos, como hipnotizados por aquella aparición. El hombre, que cubría su traje de pana marrón con una bata blanca mal abrochada, se dirigió con pasos largos y firmes hacia la mesa que hacía compañía a la pizarra. Allí se detuvo... posó las manos entre el caos de papeles, grapadoras, tazas de café vacías... y levantó la mirada hacia las gradas. Las canas ya habían empezado a adueñarse de su barba descuidada. La última vez que todos lo habían visto (en persona o en los periódicos) no llevaba esa barba. A pesar de ello, ninguno tardó más de un segundo en reconocerle.
Sí... ante ellos estaba el gran Darius Klotsny: El hombre que en aquella misma aula había instruido, años atrás, a los más grandes científicos que conocía aquella década.
Ninguno de los que estaban sentados en esa grada conocía los motivos que le habían impulsado a abandonar el aula durante tanto tiempo, y a vivir en una reclusión tan estricta que, desde un punto de vista social, poco tenía que envidiar a un estado de coma. Pero allí estaba otra vez... Después de tantos años había atravesado una vez más el umbral de aquella sala... y aquellas paredes, que no habían podido hacer rebotar los ecos de una lección magistral desde aquél entonces, acogieron, una vez más, la voz (ahora desentrenada) del gran Darius:
- Bienvenidos todos... - saludó con una voz rota que tenía la misma textura que los posos del café -. Puedo ver entre vosotros a grandes compañeros de siglos anteriores... - los más veteranos profirieron una discreta carcajada bajo sus barbas blancas -. También veo por aquí a muchos de mis antiguos alumnos... ¿O acaso creíais que me había olvidado del aspecto que tenéis cuando os sentáis en esa grada? - ahora las risas fueron menos venerables, aunque más numerosas -. Algunos, como el señor Burton, se siguen sentando en el mismo asiento en el que tomaban mis apuntes. - El aludido era ahora presidente de tres institutos de Astrofísica, pero eso no le impidió ruborizarse -. Y estoy viendo también muchas caras que son nuevas para mí... A todos; compañeros o alumnos, conocidos o desconocidos... os doy las gracias por haber acudido a esta... conferencia.
El orador hizo una pausa, y los asistentes la aprovecharon para renovar su murmullo. “Parece que sigue en pleno uso de sus facultades mentales”, comentó más de uno a más de otro que se sentaba junto a él. En efecto, así lo parecía... o al menos lo había parecido hasta aquél momento. Ninguno de los allí sentados estaría dispuesto a admitir que un hombre en plena posesión de sus facultades dijese en serio lo que Darius Klotsny se disponía a contarles en los minutos siguientes.
Los que se habían sentado en las primeras filas, en un intento de adivinar cuál iba a ser el contenido de esas futuras palabras, observaban los ideogramas kanji dibujados en la pizarra, tratando en vano de encontrarles algún sentido... buscando en vano el misterio... el hallazgo que acaso concedería a Darius Klotsny ese premio Nóbel que ya habían estado a punto de concederle en siete ocasiones.
Este detalle no pasó inadvertido para Klotsny.
- Sí - dijo -. El estudio de la cultura japonesa es la clave para alcanzar lo que llevamos persiguiendo desde hace tantas décadas... - la frase fue pronunciada con energía apasionada. La apariencia de sensatez de aquél viejo científico se tambaleó durante unos instantes, y los asistentes más cercanos creyeron vislumbrar un brillo de locura en los ojos del gran Darius. Aunque tal vez “locura” no sea la palabra adecuada para describir ese brillo. Era más bien un brillo de obsesión... era ese brillo que se decanta en los ojos de aquellos hombres que han perseguido una quimera durante toda su vida. Y allí estaba el profesor Klotsny, con la certeza de haber atrapado a esa quimera entre las redes de sus teorías científicas.
El murmullo de desconcierto que habían producido sus últimas palabras acabó materializándose en una sola pregunta. El hombre que la pronunció en voz alta no era otro que Niccolas Zann, el mismísimo director del Centro de Investigaciones Espaciales. El doctor Zann era un hombre chupado y de pelo blanco, con una chaqueta de color granate, con una mirada penetrante de color negro... Y la pregunta que pronunció, fue la siguiente:
- Discúlpanos, Darius... tal vez hemos entendido mal... ¿estás diciendo que la clave para encontrar vida en otros planetas se encuentra... en la cultura japonesa?
- Habéis entendido perfectamente, Niccolas - respondió el profesor - y en cuanto os explique el porqué entenderéis con la misma perfección los motivos que me llevan a hacer esa afirmación... y os daréis tortas en las mejillas, preguntándoos por qué a nadie se le había ocurrido antes lo que voy a contaros.
Todos le devolvieron una mirada de estupefacción, incluidos los cinco japoneses. El profesor no pareció darse cuenta de ello, y continuó con su discurso:
- No me avergüenza reconocer que me topé con la cultura japonesa por pura casualidad. No será ésta la primera vez que la casualidad es la semilla de los grandes descubrimientos... - se detuvo un momento para soltar un par de toses -. En realidad sólo nos interesa un aspecto concreto de la cultura japonesa...
Al tiempo que lo decía, se acercó a uno de los pocos trozos vacíos que quedaban en la pizarra y, esgrimiendo una tiza, dibujó más caracteres japoneses.
- ¡El fenómeno ninja! - exclamó un exaltado profesor Klotsny.
Los cinco japoneses intercambiaron miradas a cuál más atónita. Esta vez ninguno fue capaz de murmurar nada.
- ¡Los ninjas! - prosiguió el gran Darius -. Los más terribles mercenarios en la historia del pueblo japonés. Se confundían con las sombras, asesinaban en silencio... y se regían por códigos morales que poco tenían que ver con la moral humana... La existencia del... fenómeno ninja... está más que comprobada. Aún en nuestros días existen maestros que practican y enseñan las artes ninjas... ... ... Y sin embargo los ninjas de los tiempos recientes no tienen nada que ver con los ninjas de la antigüedad.
- ¿Qué pretende usted insinuar? - preguntó uno de los científicos más jóvenes, levantándose de su asiento y sacando las manos de los bolsillos de su chaqueta beige.
- ¡Siéntese y déjeme que se lo explique! - rugió el profesor, señalando al arrogante joven con un dedo que poco tenía que envidiar al del mismísimo dios Zeus.
Los más veteranos miraban al joven del mismo modo en que se mira a un blasfemo que ha levantado la voz hacia el santo de una ermita. Así que, finalmente, el joven decidió callarse y sentarse, por este orden.
- Durante los últimos años me he entrevistado con numerosos maestros del arte ninja, y he aprendido muchos de los secretos de esas disciplinas. Los ninjas actuales son capaces de hacer cosas ciertamente increíbles, no lo niego... pero se trata de trucos baratos, en comparación con lo que relatan las más antiguas crónicas...
El profesor Kotsny se quedó un rato parado junto a su mesa, con la mirada perdida, meditando, tal vez recordando, tal vez intentando predecir...
- ¿Y qué es lo que esas crónicas relatan, profesor? - decidió preguntar uno de sus antiguos alumnos, antes de que el conferenciante se perdiese dentro de sí mismo y se olvidase de sus oyentes.
Darius Klotsny respondió sin mirarles, poseído su rostro por los rasgos de una expresión evocadora:
- Caminaban por las paredes, andaban sobre las aguas, como el mismísimo Jesucristo... eran capaces de desaparecer y aparecer por voluntad propia... Eran capaces, según dicen, de transformarse en distintos animales...
- ¿Y no habían tomado demasiado sake esos cronistas, quizá? - bromeó uno de los científicos.
Todos los demás le rieron la gracia. Todos, menos los cinco japoneses, que se mostraron indignados, y a punto estuvieron de retar a duelo al bromista científico.
Darius Klotsny se limitó a esbozar media sonrisa, y luego respondió:
- Lo dudo mucho, Larry. He estudiado personalmente más de seiscientas crónicas del Japón antiguo. Las he comparado entre sí... y he llegado a la conclusión de que son absolutamente fiables.
Uno de los científicos más ancianos se levantó y, mesándose la barba, esperó a que los murmullos de rigor se desvaneciesen, para poder hablar:
- Pero en ese caso, Darius... ¿qué explicación encuentras para que se relaten semejantes barbaridades en una crónica?
- La verdadera explicación, querido Fletcher, es la más obvia: Los ninjas del Japón antiguo no eran humanos.
Muchos de los asistentes lucharon por contener sus risas. Los restantes lucharon por contener su indignación. Ninguno de los cientos que poblaban esas gradas permaneció indiferente ante la sentencia del profesor.
- ¿A dónde quiere llegar con esto, profesor Klotsny? - inquirió Niccolas Zann.
- Quiero llegar a lo siguiente: Los actuales practicantes del arte ninja, y cuando digo actuales me refiero a los de los últimos siglos, son seres humanos que han heredado las técnicas ninjas, pero no las capacidades que permiten llevarlas hasta su máximo esplendor. Ello nos lleva a una conclusión inevitable: Los seres humanos aprendieron el ninjitsu de seres que sí poseían tales poderes.
- ¿Está usted insinuando...
- Que los ninjas humanos son los herederos de una civilización extraterrestre más evolucionada que la nuestra. Una civilización que visitó nuestro planeta en épocas pasadas y que habitó en los territorios japoneses durante varios siglos, conviviendo con los hombres de aquellas tierras, y dominándolos desde las sombras. - el profesor hizo una breve pausa, y luego continuó -. Las razones que les indujeron a venir y a marcharse cientos de años más tarde continúan siendo un misterio para mí.
Entonces nada pudo evitar que la gran mayoría riese a carcajada limpia. El anciano científico de la barba blanca también emitía una risa cascada mientras comentaba:
- Oh, viejo Darius... cómo me agrada que no hayas perdido tu antiguo sentido de humor...
- ¡No estoy bromeando!- gritó el profesor Klotsny con los ojos encendidos por alguna luz insana.
La expresión sonriente se desvaneció del rostro del anciano. Las risas se extinguieron como cachorros de koala.
El profesor cogió algunas de las hojas que permanecían repartidas por la superficie de la mesa. Las cogió con tanta energía que empezó a arrugarlas sin darse cuenta:
- ¡Mirad! ¡Aquí están todas las pruebas! ¿Nunca os habéis preguntado por qué los japoneses se vanaglorian de pertenecer a la raza aina que, según ellos, es descendiente directa de los dioses? ¡Sí! ¡En su tradición, desfigurada por el paso de los siglos, aun sigue reflejado el hecho de que los extraterrestres ninjas fecundaron a las mujeres y dieron lugar a una nueva raza, que sólo era medio-humana! - los cinco japoneses chillaban, indignados, una letanía de insultos ininteligibles para un oído occidental. - Toda la cultura de Japón está impregnada de los síntomas de esa colonización extraterrestre. ¡Tal es la causa de que la cultura japonesa sea tan sustancialmente distinta a las restantes culturas del planeta!
- ¡Por todos los demonios, profesor Klotsny! ¡No estoy dispuesto a permitir que en mi Centro de Investigaciones Espaciales se expongan teorías tan pueriles! - advirtió el doctor Zann.
Darius Klotsny tiró al suelo de un manotazo todos los papeles e instrumentos que había en el tablero de la mesa. Todos, incluido Niccolas Zann y los alterados japoneses, soltaron un “ooohhhh”.
En el tablero de la mesa había quedado al descubierto una tabla rectangular de brillante platino. Recordaba a las tablas que lucía Moisés en las pinturas bíblicas, y en ella el profesor había grabado una serie de números y figuras geométricas.
El dedo amenazador de Darius Klotsny volvió a remontar el vuelo.
- No vuelvas a calificar mis teorías de pueriles, Niccolas. ¡No te lo permito! - empezó a pasearse a lo largo de la tarima de madera que tenía bajo sus pies -. No se trata de simples suposiciones ciegas. Todo está estudiado; todo está científicamente corroborado... He pasado más de siete años siguiendo la pista a esos seres. En un principio me dejé guiar por la fisionomía de la raza japonesa. Ya sabéis a qué me refiero: Todos los avistamientos y los testimonios de abducciones describen algo similar: Piel blanca, ojos almendrados, carencia de pelo, tamaño insignificante...
Los cinco japoneses se levantaron, similares a samurais de una película de Kurosawa. Los occidentales que se sentaban cerca de ellos tuvieron que hacer verdaderos esfuerzos para volverlos a sentar.
- Pero esa suposición no parecía llevarme a ningún sitio - prosiguió el profesor -. Tardé bastante tiempo en darme cuenta de que el físico de los alienígenas que buscaba consistía, inexplicablemente, en todo lo contrario. Era lógico suponer que los ninjas actuales se empeñarían en disfrazarse de lo que habían sido los verdaderos ninjas. Por ello mismo, las vestimentas de un ninja han de estar basadas en el físico real de los verdaderos ninjas. - el profesor Klotsny hizo un gesto hacia una pequeña puerta entreabierta que tenía a su derecha -. Puede usted pasar, señor Smith.
El señor Smith era el conserje del Centro de Investigaciones Espaciales. Antes dijimos que en ese edificio sólo podían entrar científicos y chimpancés. Pues bien... el señor Smith era la excepción que confirmaba la regla.
Sin perdonar al profesor Darius el haber pronunciado en voz alta su nombre, el malhumorado conserje entró ataviado de los pies a la cabeza con un uniforme ninja: Iba vestido totalmente de negro, con una capucha igual de negra en la cabeza y un trozo de tela que le tapaba todo el rostro, salvo una franja que dejaba los ojos al aire libre. Los pies estaban calzados por un par de botas bastante extrañas, que parecían hechas para albergar dos dedos enormes en cada pie.
- He aquí - dijo Darius - el verdadero aspecto de un extraterrestre ninja.
Los científicos más jóvenes estallaron una vez más en carcajadas, y esto fue algo que molestó bastante al profesor, y molestó más todavía al conserje Smith, que hubiese dado su mano derecha por encontrar un lugar en el que esconderse.
Alzando la voz para superar el volumen de las risas, el profesor Klotsny retomó su discurso:
- Piel completamente negra; dos dedos en cada pie; cabeza desprovista de rasgos faciales: no hay nariz, no hay boca, no hay orejas... tan solo dos ojos brillando en un rostro completamente negro. Así es un alienígena ninja. A esto tenemos que sumarle una fuerza considerable, una agilidad increíble y unos reflejos inauditos.
Los más veteranos escuchaban la explicación con el gesto de quien está escuchando su propio funeral.
- Mi siguiente paso fue averiguar qué clase de ambiente era necesario para generar, según las teorías de Darwin y Lamarc, un ser de semejantes características. Disgregué todos los elementos básicos y los estudié por separado. Mi objetivo inmediato era determinar el planeta de procedencia de los ninjas. ¿Qué condiciones de oxigenación y presión atmosféricas eran necesarias para conducir a la gestación de una estructura física como ésta? - señaló al incómodo conserje Smith - ¿Qué condiciones gravitatorias permiten la génesis de tan asombrosas capacidades? ¿Qué composición química podría dar lugar a una dermis tan intensamente negra, y en qué planeta encontrar las bases de una química semejante? Durante varios años trabajé sin cesar para establecer todos estos parámetros, y cuando los hube reunido todos, advertí con asombro que existía en nuestro propio sistema solar un planeta que cumplía todas las condiciones necesarias.
El anciano Fletcher se retorcía en la silla como si le estuviesen contando un chiste sin gracia. Niccolas Zann tenía colgando en la comisura de la boca una sonrisa de incredulidad.
- ¿En nuestro propio sistema solar? ¿De qué demonios habla, profesor? ¿A qué se refiere?
Darius Klotsny avanzó con zancadas decididas hacia el lateral izquierdo de la pizarra. Una vez allí, desplegó un mapa estelar que había colgado en la pared, mientras decía:
- Me refiero... ¡a Urano!
Y su dedo amenazador no se dirigió esta vez hacia ningún lugar de las gradas, sino hacia un pequeño punto que aparecía dibujado en el mapa, entre el centenar de constelaciones.
- ¡Inaceptable! - rugían los científicos más viejos - ¡Totalmente inaceptable!
- ¿Es que no lo entendéis? - la mirada de Klotsny tenía algo propio de la locura de los visionarios -. ¡Lo hemos tenido siempre ante nuestras narices, y no nos hemos percatado!
- ¡Deje de proferir insensateces, profesor! - rugía el doctor Niccolas Zann -. ¡No me haga perderle el enorme respeto que le tengo!
El profesor Klotsny se abalanzó hacia la mesa y alzó entre sus manos la misteriosa tabla de platino, portadora de números y figuras geométricas.
- ¿Acaso no os dais cuenta de la gran oportunidad que se nos presenta? ¡Podemos comunicarnos con ellos! ¡Podemos aprender de ellos! ¡Mirad esta tabla! Su nombre es Rosetta 2. ¿Veis estas figuras geométricas que la adornan? Son la base de su lenguaje... ¡Yo, Darius Klotsny, he descubierto la forma de traducir y transmitir a través del espacio el idioma de los uranitas! ¡Con las instrucciones de mi Rosetta 2, podremos convertir en realidad nuestro sueño más antiguo: comunicarnos con otra civilización inteligente, con una civilización superior a la nuestra!
El sudor de la frente del profesor brillaba casi tanto como sus ojos febriles.
- Tantos años de aislamiento te han atrofiado el cerebro, Darius - sentenció el anciano Fletcher.
- No me queda más remedio que dar por terminada esta reunión - declaró Niccolas Zann. - Pueden todos marcharse cuando quieran.
El primero en hacerlo fue el conserje Smith, que se dirigió hacia la puerta entreabierta con pasos apresurados, arrancándose de cuajo la negra capucha, que dejó al descubierto su expresión malhumorada.
Los científicos de las gradas siguieron su ejemplo. Uno tras otro, se fueron incorporando, se pusieron sus abrigos, y abandonaron la habitación por las puertas traseras, dando la espalda a un anonadado profesor Klotsny, que seguía clavado en medio de la tarima, en silencio, con la tabla de platino todavía entre las manos y la mirada perdida en un remolino de ideas aún más caótico que el contenido de la pizarra que había a sus espaldas.
* *
Kristina Klotsny volvía a su casa después de dar un concierto de piano, como todos los sábados. Se había sentado en una butaca, frente al mencionado instrumento musical, en el escenario del teatro Octopus, como todos los sábados... Se había equivocado un par de veces en un par de teclas, como todos los sábados... A pesar de ello, lo había hecho lo suficientemente bien para recaudar un buen número de aplausos, como todos los sábados... Había huido, incapaz de soportar los aplausos y las miradas fijas en ella, por la puerta trasera del escenario, como todos los sábados... Y como todos los sábados, su padre, el ilustre profesor Darius Klotsny no estaba entre el público, pues tenía que hacer algo más importante que escuchar los conciertos de su hija. Así que la pianista no encontraba muchos motivos para quedarse allí, y sí muchas razones para largarse... Por eso había abandonado discretamente el teatro, consciente de que le esperaba otro domingo en soledad, y de que tras ese domingo solitario le tocaría volver al teatro Octopus, y esa vez no para dar un concierto, sino para ejercer su función de taquillera... como todos los lunes.
Había tomado (como todos los sábados) el camino de la avenida marítima, ya que a esas horas era un camino solitario. A Kristina Klotsny no le gustaba que la mirasen... y cuando andaba entre la multitud siempre había más de un hombre (y más de dos) que la miraban.
Porque Kristina era una de esas mujeres que los hombres miran cuando se la cruzan por la calle. No es que sus ropas llamasen la atención... siempre vestía con las ropas más discretas que encontraba en las tiendas. Su pelo era de un normalísimo color castaño, y solía llevarlo recogido en una coleta mal hecha, cual si intentase esconderlo del resto de los mortales. Sus ojos, también marrones, tampoco estaban hechos para llamar la atención... Pero la señorita Klotsny era bonita, y eso es algo que ella no lograba evitar de manera satisfactoria.
Su casa podía adivinarse en la lejanía, recortada contra el cielo del anochecer, erguida en el acantilado de la costa, con una terraza que daba directamente a la brisa marina, y a la profunda fosa abisal de San Lewis, que se hundía a pocos metros de la casa, hasta alcanzar (según decían los panfletos turísticos) los 24.000 metros de profundidad.
Sí... aquella era la casa que había visto crecer a la señorita Kristina Klotsny. Sus paredes habían sido mudos testigos de una infancia sembrada de una tristeza más profunda que la fosa de San Lewis. Con una madre de carácter depresivo, fallecida en un hospital psiquiátrico mediante una sobredosis de lejía, y con un padre que pasaba más de cuatro días seguidos encerrado en su laboratorio... que rara vez dedicaba a su hija más de tres palabras, ni más de tres minutos de atención, salió lo que tenía que salir: Un “bicho raro”. Así la llamaban las demás niñas en el colegio y más tarde, durante esos estudios universitarios que nunca pudo llegar a terminar, nadie tenía la desconsideración de llamárselo a la cara, pero podía leerlo en las miradas de sus compañeros. Era un bicho raro, y continuaba siéndolo... aunque los años le habían enseñado que incluso las personas más extrañas e infelices podían acostumbrarse al mundo y llevar una vida medianamente soportable. Y cuando algún indicio parecía querer convencerla de lo contrario, se decía a sí misma: “Mejor tocar mal el piano que morir de sobredosis de lejía”.
Como todos los sábados, la avenida la depositó en la cancela de su casa. Como todos los sábados, atravesó el jardín que las malas hierbas reclamaban para sí... Pero en el interior de la casa le esperaba algo que no sucedía todos los sábados.
Tuvo un raro presentimiento nada más atravesar la puerta. Había algo en el interior que no presagiaba nada bueno. El salón estaba poblado por todas aquellas reliquias japonesas que su padre había empezado a coleccionar años atrás: Las espadas denominadas katanas, los puñales denominados tantos, aquellas estrellas metálicas y puntiagudas, que recibían nombres como shuriken, o mitsubishi... aquellos biombos de papel de arroz...
Kristina dejó atrás todo eso y subió las escaleras que comunicaban con el piso de arriba. La puerta del laboratorio mostraba, a través de la rendija inferior, que la habitación del otro lado no estaba encendida. Eso le extrañó. Si algo había aprendido durante los diez últimos años (además de a tocar mal el piano) era que su padre siempre estaba trabajando a esas horas de la noche.
Llevó sus nudillos a la madera de la puerta y llamó discretamente. Nadie respondió.
- ¿Padre?
Pero lo único que se escuchaba, en la lejanía, era el lamento de las olas que se estrellaban contra el acantilado.
La mano temblorosa se dispuso a golpear la puerta una segunda vez. Luego, al ver que no obtenía respuesta, descendió hasta el picaporte... y lo giró.
La puerta se abrió, y los mechones de pelo castaño que habían quedado fuera de la informal coleta se estremecieron ante el soplo de una bocanada de aire frío. La puerta de la terraza estaba abierta, y una agitada brisa marina se colaba en el interior del laboratorio, haciendo vibrar todas las probetas, todos los tubos de ensayo, todos los frascos de cristal, que filtraban la luz de la luna a través de los líquidos fantasmagóricos que contenían.
Kristina recorrió la estancia, buscando entre las mesas a su padre. Tal vez el científico estaba realizando algún experimento que requería oscuridad... o tal vez, agotado tras horas de experimentación, se había quedado dormido con la cabeza apoyada en una de las mesas.
El viento acariciaba los tubos de vidrio, produciendo sonidos aflautados, siniestros... Pero había en la sala un sonido más llamativo todavía. Era difícil de describir, y aún más difícil de soportar. Provenía de uno de los rincones del laboratorio. Era una especie de pitido, y en ocasiones se transformaba en algo más similar a un zumbido de abeja.
Kristina, sin dejar de caminar, paseó su mirada por el rincón del que procedía el molesto ruido. En ese rincón, semienterrada bajo una maraña de cables de todos los colores, había una caja metálica, con luces verdes y naranjas que parpadeaban, iluminando de forma intermitente unos indicadores, similares a los cuenta quilómetros de los coches, cuyas agujas se movían violentamente, al ritmo de los pitidos. Y conectado a esa extraña caja, se adivinaba lo que parecía un teclado en cuyas grandes teclas había dibujadas peculiares figuras geométricas.
No pudo seguir contemplando la máquina la señorita Klotsny, ya que en ese momento se tropezó con una figura humana, y cuando giró la cabeza en dirección a la figura, no pudo reprimir un grito de horror. Siniestramente alumbrado por la luz lunar, un esqueleto humano colgaba de una barra de hierro, balanceando sus delgados brazos en el aire.
Necesitó varios segundos para darse cuenta de que se trataba de la imitación del esqueleto humano que tenía su padre en el laboratorio, para los estudios de anatomía. A pesar de ello, su corazón galopaba más rápido que sus pensamientos.
Intentó calmarse, pero el ambiente del laboratorio no ayudaba demasiado, y cuando sus ojos vieron lo que había más allá de la puerta abierta de la terraza, las esperanzas de recuperar la calma desaparecieron por completo.
Kristina Klotsny corrió hacia la puerta de la terraza. Allí, subido a la barandilla del balcón, estaba su padre, el gran Darius Klotsny, con los pliegues de su bata blanca agitados por el viento, y abrazando con ambos brazos aquella tabla de platino que respondía al nombre de Rosetta 2.
- ¡¡Padre!!
Pero el profesor Klotsny no parecía escuchar a su hija. La expresión de su rostro era la expresión de un demente. A través de los cabellos que el viento distribuía por la cara, se divisaban dos ojos bañados en lágrimas, que presentaban la misma mirada extraviada que habían adquirido en el aula vacía.
- ¡Padre!, baje de ahí en seguida. ¡Se va usted a caer!
El profesor temblaba, pero no parecía su temblor debido al frío, sino a la cólera.
- Insensatos... Reírse de Darius Klotsny... tomarse mis palabras a la ligera... Tomarse diez años de investigación a la ligera... - hablaba el profesor con un balbuceo que poco tenía que ver con la voz imponente que había sonado en el aula del Centro de Investigaciones Espaciales -. No queréis creer... no os atrevéis a creer... ¡¡Pues yo os obligaré a creer!! - esto último lo dijo mirando hacia los cielos, como si quisiera que el viento llevase sus palabras a los interesados.
- ¡¡Padre!! ¡Deje ya de decir locuras, padre!
Los gritos de Kristina parecieron surtir algún efecto en su padre. Éste la miró, con un movimiento brusco de la cabeza, como si no hubiese reparado en su presencia hasta aquel momento.
- Tú también, hija mía... - masculló con una pena desgarradora escrita en la cara -. Tampoco tú crees en mis palabras... tampoco tú... que llevas mi sangre... que compartes mis genes... Pero no me importa... porque yo os castigaré... ¡Estáis todos castigados! Y es tarde ya para arrepentimientos. - su mirada atravesó el cristal de las puertas de la terraza y desfiló lentamente por el interior del laboratorio, hasta detenerse en la extraña máquina que emitía los zumbidos.
Kristina siguió la mirada de su padre, y un fatal presentimiento se posó en las ramas de su mente como una bandada de cuervos.
- ¿Qué es lo que has hecho, padre? ¿Qué es esa cosa?
Darius Klotsny dejó escapar una risa enfermiza, que hizo saltar dos lágrimas silenciosas en los ojos de su hija.
- Es un transmisor-Alfa, configurado para enviar a los habitantes de Urano un mensaje codificado en su propio idioma - el profesor volvió a convulsionarse a causa de la risa -. Un mensaje de desafío... una declaración de guerra... - las risas del profesor Klotsny eran cada vez más inhumanas -. Ya nada puede detenerlo. Vendrán... es solo cuestión de horas... Vendrán y os destruirán a todos... ¡Os destruirán a todos!
Y una vez dicho eso, el gran Darius Klotsny se arrojó por el balcón, sin dejar de reír, y sin soltar de sus brazos la Rosetta 2, que se hundiría con él en las profundidades de la fosa abisal.
- ¡¡Paadreeee!! - chilló Kristina, mientras sus piernas corrían hacia el borde del balcón, en un intento de agarrar a su padre antes de la caída.
Pero Kristina Klotsny, como sucede en todas las novelas baratas de serie-B, llegó tarde, y con el estómago revuelto apoyado en la barandilla del balcón, sólo pudo aumentar el contenido de aquel mar embravecido con el agua salada de sus lágrimas.
martes 23 de octubre de 2007
CAPÍTULO 1
Sentado en el catre mugriento, apoyada la espalda en una pared con olor a orina, Roc Stormer permanecía en la celda de la comisaría 5 del distrito 651, midiéndose cara a cara con el vacío.
El vigilante pasaba de vez en cuando por allí y le apuntaba con la linterna directamente a los ojos. Roc Stormer no los cerraba. Ni siquiera parecía darse cuenta de que más allá del vacío de la pared de en frente había un mundo en el que existían centinelas gordos armados con linternas, sonidos de sirenas policiales, y el lejano traqueteo de las máquinas de escribir, bailando en la atmósfera cargada de humo con el olor de la grasa de los donuts.
Roc Stormer. Estatura: 1’79. Color de pelo: Negro y rasurado el viejo estilo militar. Indumentaria: Pantalones vaqueros desgastados y una camiseta blanca con un par de agujeros y algunas manchas de sangre. Hora de entrada: 18:04. Delito: Asesinar a 26 inocentes con una llave inglesa, incluidos tres niños, una niña, dos madres y cuatro guardias de seguridad.
No era de extrañar que los agentes sintiesen antipatía hacia él. El policía que le había esposado estampó su cabeza contra el techo del coche policial. Roc Stormer encajó el golpe con resignación, y digirió los insultos del agente durante todo el trayecto, sin decir una palabra, mientras la sangre se deslizaba lentamente por la pequeña brecha de su frente.
Cuando el coche frenó en la entrada de la comisaría, el reguero de sangre ya había llegado hasta esa mejilla oscurecida por la sombra de una barba de tres días.
Lo sacaron del coche. Junto a la puerta del edificio se había reunido un corro de cinco o seis agentes que no tuvieron ningún reparo en escupirle a la cara. Roc Stormer no hizo nada por impedirlo. Ni siquiera cerró los ojos cuando uno de los escupitajos aterrizó a pocos milímetros de su párpado. En el fondo comprendía lo que sentían aquellos hombres de uniforme... y aunque no lo hubiese comprendido, habría reaccionado de la misma manera, porque ya no le quedaban fuerzas para seguir luchando.
Ya no merecía la pena seguir luchando.
Uno de los polis lo empujó hacia la mesa número 7. Roc Stormer recordaba bien el número de la mesa, ya que su mejilla manchada de sangre seca aterrizó a escasos centímetros del cartel que contenía el numerito.
Sintió cómo unas manos masculinas inspeccionaban su trasero, registrando los bolsillos del pantalón en busca de objetos personales. Extrajeron del bolsillo derecho una cartera de cuero cuarteado.
- Anota el contenido de la cartera, Goose - ordenó un policía que llevaba un pequeño bigote y el pelo peinado hacia atrás, impregnado de grasienta gomina. Abrió la cartera y miró en el interior, como si se estuviese asomando a través de la mirilla de un microscopio -. A ver... cincuenta centavos en monedas, un calendario de las fuerzas armadas, identificación personal... y un escupitajo del agente Ritchie. - El agente del bigote escupió en el interior de la cartera y, acto seguido, la arrojó al interior de un cajón metálico. Todos los presentes le rieron la gracia. Todos menos Roc Stormer, que no tenía ganas de reír.
El agente Goose, un rubio uniformado con barriga cervecera, terminó de teclear en su máquina de escribir, con el rostro colorado a causa de la risa.
A continuación sacaron de su bolsillo un billete de metro usado y un paquete de chicle con sabor a eucalipto.
El agente Ritchie arrojó el billete de metro al cajón metálico y se metió en la boca el chicle de eucalipto. A Roc Stormer no pareció importarle demasiado, y tampoco reaccionó de ninguna manera cuando el policía, tras masticar durante cuatro o cinco segundos, le escupió el chicle a la cara.
Tras asestarle una sonora bofetada en la mejilla ensangrentada, llegó el turno de registrar el bolsillo izquierdo. Allí encontraron las llaves de su casa, metidas en un llavero de color cobrizo y forma rectangular, en el que sólo se podían leer las siglas “R.S”.
- Oh, qué conmovedor - se burló el agente Ritchie -. Qué llaverito más mono... ¿Te lo quieres quedar tú, Goose, o me lo quedo yo?
Por primera vez desde que fuera detenido, la furia se asomó en los ojos de Stormer. Se incorporó bruscamente, derribando a los dos agentes que lo mantenían pegado al tablero de la mesa, y gritó con una voz igual de áspera que el amago de barba de sus mejillas:
- ¡Aparta tus manos de ese llavero, gilipollas!
El golpe de dos agentes chocando contra el suelo sirvió de punto y final a la frase. La expresión del agente Ritchie parecía sacada de alguna viñeta humorística. Sin saber cómo reaccionar, paralizado por lo imprevisto de la situación, miraba al prisionero con cara de idiota, mientras el llavero se balanceaba en su mano, como el cadáver de una lagartija.
Los agentes tardaron unos segundos en reaccionar, pero al fin lo hicieron, sacando sus porras y dirigiéndolas a los riñones del preso subversivo.
- ¡Basta ya! - ordenó una voz autoritaria que surgía de una de las puertas del fondo.
Era la voz del comisario, que acababa de asomarse por la puerta de su despacho, con su camisa blanca manchada de café y sus tirantes negros.
- Deja ese llavero en la mesa, Ritchie - ordenó el comisario con un tono de voz que nunca le habían oído en todos los años que llevaban a su servicio.
- Pero...
- Haz lo que te digo, Ritchie, es una orden.
El agente Ritchie dejó el llavero en la mesa y se pasó una mano por el pelo engominado.
Roc Stormer dirigió sus ojos apagados hacia los ojos del comisario y le dijo:
- Gracias, Irvin.
El comisario contestó con un gesto de asentimiento, y algunos habrían jurado que en sus labios se formaba un amago de sonrisa. Luego se acercó a la mesa, cogió el llavero y lo guardó en uno de los bolsillos de su camisa.
- No te preocupes por el llavero, Roc. Lo guardaré personalmente. No le pasará nada. - Los policías observaban la escena desconcertados. - Llevadle a la sala de interrogatorios - ordenó el comisario -. Y si encuentro en este hombre algún otro síntoma de maltrato, me encargaré de que el responsable termine patrullando en el barrio de los chaperos.
- Señor... ¿no habría que tomarle primero los datos personales? Es el procedimiento... - hizo saber un agente pecoso que había entrado en servicio ese mismo día (lo cual era bastante fácil de deducir, porque llevaba la gorra puesta).
- A la mierda el procedimiento - respondió el comisario -. Yo rellenaré sus datos personales. Me los conozco de memoria.
Los agentes obedecieron como suelen obedecer los títeres: sin saber por qué hacen lo que están haciendo. Para ellos el comportamiento del comisario era un auténtico misterio. No sabían que Irvin Dymitric y Roc Stormer habían sido compañeros en el ejército. Y cuando dos hombres han vivido juntos las atrocidades de una guerra, surge una amistad que 26 muertos en un centro comercial no pueden romper de un solo golpe.
Tampoco conocían el inmenso valor que tenía para Stormer aquél llavero viejo. Era un recuerdo que se remontaba a su infancia, y ni siquiera el comisario Irvin Dymitric sabía a qué se debía exactamente. Lo único que el comisario sabía era que más de una vez, cumpliendo misiones en los territorios enemigos, Roc se había negado a huir en las maniobras de retirada porque el llavero se le había caído al suelo... Siempre volvía a buscarlo, jugándose la vida bajo la metralla de aquellos malditos orientales. A punto estuvo de perder la vida en su intento de fuga del campo de concentración, porque se empeñó en ir a buscar el llavero, que había enterrado al pie de las murallas para evitar que los japos lo encontrasen.
Y cada vez que alguien le preguntaba por qué valoraba tanto aquél viejo pedazo de hojalata, se mantenía reservado, y respondía que había sido un regalo de la única persona que le había apreciado de verdad.
Tal vez fuese cierto. Lo que era indudable, desde luego, es que Roc Stormer nunca fue lo que se dice una persona apreciada. La dureza de su carácter y la drástica manera que tenía de solucionar los problemas lo habían convertido en un ser solitario al que sus propios superiores contemplaban con cierto temor.
Los que lo conocían lo sabían a ciencia cierta: Roc Stormer había nacido para destruir. El campo de batalla era el mejor ecosistema para un tipo como él. Hacía de la destrucción un arte. Pero finalmente la guerra terminó, los enemigos se disiparon como un espejismo inconsistente... Roc Stormer regresó a la vida de los ciudadanos normales, y como ya no encontraba cosas que destruir, terminó destruyéndose a sí mismo, en un camino de degradación nihilista que le había conducido a una vida automática, a una pesadilla sin sentido, a una existencia sin ilusiones, sin metas, sin alicientes... y en última instancia, a un centro comercial, a una llave inglesa incrustada en el cráneo de una niña de ocho años, y a la sala de interrogatorios de la comisaría número 5 del distrito 651.
Y algo en su interior le decía que había llegado la hora de arrepentirse. Pero ni siquiera tenía fuerzas para hacerlo.
- Quítale las esposas - dijo la voz del comisario, en algún lugar que estaba más allá de sus pensamientos.
Ese lugar se llamaba sala de interrogatorios, y estaba presidido por una larga mesa metálica y un gigantesco espejo.
- ¿Está seguro, comisario? Este cabrón mata mujeres y niños.
- Tú limítate a quitarle las esposas y lárgate a comer donuts.
El agente obedeció. Roc sintió cómo las esposas dejaban de morderle las manos y a continuación escuchó el ruido de una puerta que se abría para volverse a cerrar.
Irvin Dymitric se acercó a la silla en la que habían dejado al prisionero. Durante el primer minuto ninguno de los dos dijo una palabra. El comisario contemplaba a Stormer con un atisbo de compasión. Roc mantenía los ojos clavados en la mesa.
- Cuando estábamos en el frente sólo matabas a los que se lo merecían - recordó Dymitric, modulando las palabras con un susurro triste.
Roc Stormer no contestó.
- ¿Te importa que fume? - preguntó el comisario.
El prisionero hizo un gesto con la cabeza, dando a entender que no le importaba.
No le importaba haber visto la llave inglesa incrustada en el cráneo de aquella niña, así que no iba a poner el grito en el cielo por un simple cigarrillo.
Irvin Dymitric sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de su camisa y encendió uno de ellos con una cerilla.
- Veo que los sigues encendiendo con cerillas - comentó Stormer con un tono de voz inexpresivo, y sin haber levantado los ojos de la mesa.
El comisario asintió, con una sonrisa triste en el semblante. Un nuevo silencio volvió a adueñarse del ambiente, obligado a convivir con el humo del cigarrillo.
- ¿Por qué mataste a esas personas, Roc?
- Porque ya estaban muertas - contestó Roc Stormer, con su voz enajenada, y con esa mirada apagada que no sentía la necesidad de aspirar a algo mejor que el tablero de la mesa.
El comisario Irvin se llevó una mano a la frente. Se sacó el cigarro de la boca, y volvió a tomar la palabra:
- Este mundo es una mierda, Roc. Los dos lo sabemos. No se trata de ningún secreto, ¿verdad? Cada día resulta suficientemente jodido por sí mismo. No me lo jodas más todavía... Explícame los motivos de tu crimen, Roc. Inventa una excusa para justificar tus actos, y te prometo que me la tragaré como un imbécil, por absurda que sea. Necesito tragármela...
Roc Stormer levantó por primera ver los ojos y miró cara a cara a su interlocutor.
- No hay ninguna excusa, Irvin.
La cara del comisario se puso roja de repente. Se levantó, derribando la silla, y dando un puñetazo en la mesa.
- ¡Maldita sea! ¡Me niego a creer que el hombre que me salvó la vida en Sin-hong es el mismo que ha privado de ella a 26 inocentes! Roc, por el amor de Dios... algún motivo habrá...
- El hombre que te salvó la vida en Sin-hong está muerto - fue la contestación de Stormer -. Todos estamos muertos.
- Entonces supongo que no te importará que te condenen a muerte por lo que has hecho. Porque eso será lo más probable si insistes en comportarte de esta manera.
- Tú lo has dicho.
Irvin Dymitric parecía haber envejecido diez años en dos minutos. Con pasos lentos, apesadumbrados... abrió la puerta de la sala y dijo a los agentes que aguardaban en el exterior:
- Llevadlo a la celda.
En su voz no se reflejaba el rencor, sino la derrota.
Y ahora Roc Stormer estaba allí, sentado en el catre de su celda, aguardando a que los verdugos del Estado hiciesen con él lo que él ya no tenía energías para hacer consigo mismo.
En otro lugar de ese mismo edificio, el comisario Dymitric cerraba la puerta de su despacho, con la vaga esperanza de encontrar en su café de las ocho un pequeño consuelo que suavizase el sabor de esa mierda de día.
El negro líquido se tambaleaba en el interior del vaso de plástico, haciendo bailar el reflejo de los fluorescentes del techo. Irvin empezó a echar cucharadas de azucar en el vaso. La negrura del café se las tragaba, las absorbía... y el azúcar terminaba contaminándose de la amarga oscuridad, como una blanca gaviota sumergida en un charco de brea.
Echó en el café cinco cucharadas, tan inútiles como necesarias, y acercó el borde del vaso hacia sus labios, para compartir el calor de algo acogedor en una noche fría como aquélla.
Uno de los agentes novatos abrió la puerta del despacho de golpe.
- ¡Mierda! - chilló el comisario, pues el sobresalto le había hecho derramar el café hirviendo por la pechera de la camisa.
Descargó una mirada de odio hacia el novato, que seguía allí mirándole con su cara de imbécil, con su uniforme planchadito, y con la maldita gorra encasquetada en la cabeza.
- Qué coño pasa - quiso saber Dymitric, mientras aplicaba servilletas de papel al turbio pantano que se había generado en su camisa.
- Acaba de... llegar una señorita que quiere hablar con usted - dijo el novato con voz temblorosa.
- ¡Pues hágala pasar! - vociferó el comisario - ¡Y la próxima vez llame a la puerta antes de entrar!
Un instante más tarde entró tímidamente en el despacho una mujer joven, que llevaba el pelo recogido a medias en una coleta imperfecta, y que lo miraba con unos ojos temblorosos que tenían el mismo color que las recientes manchas de su camisa. Parecía asustada, y llevaba los brazos cruzados a la altura del pecho, como si se quisiese proteger con ese inútil gesto del mundo exterior.
Su nombre era Kristina Klotsny, y los surcos húmedos de sus mejillas daban a entender que había llorado.
Irvin Dymitric tiró a la papelera las servilletas mojadas e hizo un ademán a la recién llegada.
- Pase y siéntese, señorita...
- Klotsny - contestó ella, mientras se sentaba frente a Dymitric, en una de las sillas del despacho.
- ¿A qué se debe su... visita, señorita... Klonchi?
- Ésta era la comisaría más cercana... y... tengo que decirles algo urgente...
- Tranquilícese, señorita - se apresuró a decir el comisario, al ver que Kristina se mostraba cada vez más alterada -. ¿Qué es eso tan urgente que me tiene que decir?
- Va a suceder algo horrible. Esta misma noche, posiblemente... - anunció la señorita Klotsny con un temblor en la voz.
- ¿De qué se trata?
- No lo sé exactamente - reconoció Kristina.
- No lo sabe...
- Tengo razones para sospechar que mi padre ha hecho algo malo - añadió con una voz tímida y atormentada.
- Algo malo... - Irvin Dymitric estaba empezando a experimentar otro arranque de mal humor. Si algo necesitaba para echar un poco más de mierda a la jornada era el testimonio sin sentido de una chiflada.
- Mi padre... es astrofísico... en el laboratorio de nuestra casa hay una máquina que hace... ruidos raros... - aclaró ella, con los ojos húmedos todavía.
- Ruidos raros... Mira, bonita, en esta sociedad hay muchas cosas que hacen ruidos raros. Mi microondas hace ruidos raros, los juguetes de mis hijos hacen ruidos raros, incluso las cañerías del cuarto de baño de esta comisaría hacen ruidos raros... Y a pesar de ello, el mundo sigue girando, día tras día...
Kristina había empezado a llorar de nuevo. El comisario le alargó una servilleta para que se enjugase el llanto.
- Esto es distinto - prosiguió ella -. Mi padre habló de castigarnos, y dijo cosas muy raras sobre el sistema solar, y sobre guerra...
Decididamente, estaba chalada... pensó el comisario. Pero él, tras tantos años de servicio, conocía bien la forma de tratar con los chiflados.
- No se preocupe, señorita... Voy a avisar a una patrulla para que pase por su casa y compruebe lo que me acaba de decir. Ya verá como se trata de una falsa alarma. ¿Me dice su dirección, por favor?
La señorita Klotsny empezó a deletrear su dirección. El comisario alargó la mano hacia el teléfono. Justo cuando estaba a punto de levantar el auricular, el teléfono sonó.
Extrañado, se lo llevó a la oreja y contestó con voz cansada.
- Comisario Dymitric al habla.
Una voz habló al otro lado de la línea. La expresión del comisario cambió por completo. Fue como si un rayo lo hubiese fulminado y convertido en piedra. Sólo tenía neuronas suficientes para decir de vez en cuando: “Emmmmm... sí... sí... sí...”. Al cabo de un rato, la voz del otro lado dejó de hablar.
- Muchas gracias, chicos. Mantenedme informado - dijo y acto seguido volvió a colgar el auricular.
Luego miró a la mujer que tenía en frente, con cara de preocupación, y le preguntó:
- ¿El nombre de su padre es Darius Klotsny, por casualidad?
La señorita Klotsny asintió en silencio.
- Según mis hombres, un vecino suyo asegura haberla visto a usted arrojando a su padre por un acantilado. ¿Tiene algo que decir al respecto, señorita Klonchi?
- ¡Yo no le empujé! ¡Se arrojó él solo! Yo intenté evitarlo, pero llegué tarde... - los ojos de Kristina volvieron a llenarse de lágrimas -. Llegué tarde...
Irvin Dymitric se llevó la mano a la frente, y la encontró más arrugada que hacía tan sólo unos minutos.
- Es la palabra del vecino contra la suya, señorita Klonchi...
- ¡Es Klotsny! ¡Y le aseguro que yo lo ví mejor que el vecino de al lado, señor comisario! - respondió una indignada Kristina, esforzándose por contener la nueva riada de lágrimas.
- Mi trabajo consiste en considerarla inocente hasta que se demuestre lo contrario, señorita comosellame - fue la contestación de un hastiado Irvin Dymitric - pero me temo que de momento tendrá que permanecer aquí...
- ¿Es que no ha escuchado nada de lo que le he dicho? ¡Estamos en peligro! Y a usted sólo se le ocurre...
- Tranquilícese señorita. No hay razón alguna para creer que...
- Conozco bien a mi padre, ¡y sé que hablaba en serio! ¡No pude entender bien sus palabras, pero sí tengo motivos para creer que...
- ¿Entonces habló con su padre antes del... suceso?
La señorita Kristina se llevó las manos a la cara. Su voz no pudo contestar, porque los sollozos la ahogaron sin contemplaciones.
Emitiendo un suspiro de resignación, ofreció otra servilleta a su interlocutora.
Fue entonces cuando sucedió. Un gran estruendo se escuchó en el exterior, y los cimientos de la comisaría se tambalearon como un castillo de naipes.
Irvin se levantó sobresaltado y miró a través de las persianas que cubrían la cristalera. Pudo ver cómo sus hombres desenfundaban las pistolas y corrían hacia las ventanas de la fachada delantera. Él no tardó en hacer lo mismo. La señorita Klotsny había desaparecido de sus pensamientos.
- ¡Qué coño es eso! - chillaba el agente Goose, y la pistola le temblaba entre las manos.
Cuando el comisario llegó a las ventanas, tuvo que formularse exactamente esa misma pregunta. Más allá del césped descuidado que alfombraba la entrada de la comisaría; más allá de los columpios del parque infantil, y de los patos que chillaban aterrorizados en el estanque, media docena de platillos volantes descargaba potentes rayos sobre los edificios de la ciudad.
Los edificios no tardaban en arder, y se desplomaban como bolos recién derribados, provocando los estruendos que hacían bailar los cimientos de la comisaría.
De pronto, uno de los platillos volantes empezó a acercarse lentamente hacia el barrio de la comisaría.
- ¡Vienen hacia aquí! - hizo notar el agente Ritchie, arrancándose los pelos de su bigotito.
- Está bien, chicos. No vamos a quedarnos de brazos cruzados. Sacad el armamento pesado. Yo voy a soltar a los presos de las celdas.
- ¿Piensa dejar libres a esos mamones? - protestó uno de los agentes.
- No pienso dejarles atrapados en una situación como ésta - respondió Irvin Dymitric -. ¡Todos en marcha! Me reuniré con vosotros en cuanto acabe con las celdas. - Se acercó a un armario de metal, hizo girar una llave y extrajo del interior una ametralladora uzi cargada de munición.
Los demás lo imitaron al instante. El agente Ritchie repartió uzis para todos. Tan sólo los dos agentes novatos se quedaron sin ametralladora. Estaban agazapados detrás de un escritorio, con sus rostros pecosos y las gorras puestas en la cabeza.
- Diantres, Jim. Menuda suerte tenemos en nuestro primer día...
El platillo se detuvo a unos cincuenta metros del edificio. Se abrieron dos compuertas en sus laterales y unas figuras negras y estilizadas saltaron hacia el césped. Dos ojos brillantes y fríos chispeaban en sus caras completamente negras, y llevaban una espada colgada en sus espaldas.
- ¿Habéis visto cómo saltan los cabrones? - comentó un policía.
Los ninjas, como si le hubiesen oído, empezaron a caminar hacia la comisaria.
Espiando a través de las persianas del despacho del comisario, la señorita Klotsny había sustituido la pena por el miedo.
- Vamos a freír a esos comunistas - propuso el agente Ritchie, y en menos de lo que tarda en decirse, él y sus compañeros salieron hacia el exterior, disparando sus ametralladoras contra las negras siluetas.
Ni siquiera las balas fueron tan rápidas como los terribles ninjas. Desenvainaron sus espadas katanas en menos tiempo del que puede ser medido, y lograron desviar con ellas todas las balas que los policías les enviaban.
- ¡Mierda! - exclamó el agente Ritchie.
No tuvo tiempo de decir mucho más. Uno de los ninjas llegó hasta él, haciendo gala de una vistosa y eficaz colección de piruetas, y antes de que nadie pudiese decir “E...” los pedacitos ensangrentados y la gomina del agente Ritchie regaban el césped.
El agente Goose fue el segundo en caer. Lo descuartizaron tan rápido que nadie habría sabido decir cuál de los trocitos fue cercenado primero. Los demás intentaron retroceder hacia el edificio, pero ya era demasiado tarde para eso. Todos acabaron padeciendo la más horrenda de las muertes. Los ninjas desgajaban sus miembros corporales con aquellas katanas tan extrañas. Sus hojas eran de color negro. No reflejaban ningún tipo de luz, y cortaban los huesos y la carne como si fuesen gelatina.
Un coche policial llegó a la comisaría a toda velocidad. Traía las sirenas puestas, y se detuvo junto a un árbol, a pocos metros de uno de los ninjas. Los dos polis que iban dentro sacaron el arma y se dispusieron a salir del coche, pero el ninja no les dejó tiempo de hacerlo. Empezó a sacar de su solapa cientos de estrellas arrojadizas, fabricadas con el mismo material negro de las espadas, y las lanzó contra el coche a una velocidad digna de la ametralladora más potente. Los negros shurikens atravesaron el capó, los cristales, los asientos, los cuerpos de los policías... En cinco segundos, el coche se desmoronó con más agujeros que un colador. En el interior había dos pulpas sanguinolentas y agujereadas, que segundos antes habían recibido los nombres de John y Terry. Las plumas de los asientos flotaban en el aire y se quedaban adheridas en la sangre pegajosa de los cadáveres.
Los dos agentes novatos observaban el espectáculo desde la puerta de la comisaría, apuntando hacia el frente de la ridícula manera que les habían enseñado en la academia.
- Cielos, Johnny. Estos tipos tienen un nin-jitsu muy depurado.
- Tienes razón, Jim. Larguémonos de aquí[1].
Y los dos agentes novatos dieron media vuelta y corrieron a resguardarse en el interior del edificio.
Mas tal vez os preguntéis: ¿Qué había sido de Roc Stormer?
Pues seguía en la misma posición en que le habíamos dejado. Con la espalda apoyada en la pared de la celda, con la mirada clavada en el vacío...
Había escuchado los estruendos del exterior, pero no había movido ni una pestaña a causa de ellos. Había sentido el temblor del edificio, y también eso le traía sin cuidado.
Y ahora escuchaba con igual falta de interés cómo el comisario Dymitric habría las puertas de las demás celdas y dejaba salir a los presos, que escapaban lanzando alaridos de terror.
Volvió a sonar el ruido de una cerradura, y la puerta de su celda también se abrió.
- Puedes salir, Roc. Circunstancias inusuales - dijo a su derecha una voz conocida.
- No voy a salir - respondió Roc Stormer.
- ¡Joder, Roc! ¡No me lo pongas tan difícil!
- He cometido un crimen, y quiero mi castigo.
Se escuchó en el exterior un estruendo más sonoro que los anteriores. Los barrotes de la celda vibraron.
- Pues al menos ayúdanos a salir de ésta - le pidió el comisario.
- No quiero ayudar a nadie a salir de nada.
- ¡Qué coño te han hecho, Roc! ¡Ese no eres tú!
- No, Irvin. Ya no ayudo a salvar vidas, ahora me dedico a matar niños con una llave inglesa. Vete de aquí y déjame morir tranquilo.
El comisario tragó saliva, se ajustó los tirantes y limpió el sudor que bañaba la uzi con la manga de su camisa.
- Si lo que quieres es morir, te recomiendo que salgas ahí fuera - dijo, y volvió a tomar el rumbo de la fachada delantera.
Stormer digirió las últimas palabras de Irvin Dymitric y decidió que tal vez llevaban algo de razón. No tenía sentido retrasar el momento de la sentencia. Como el reo que no necesita verdugos que le arrastren, se levantó del catre y caminó con pasos torpes hacia la fachada delantera, con la esperanza de que la amenaza del exterior (fuese la que fuese) le arrancase la vida.
Se acercaba a la puerta que conectaba con el campo de batalla. Al otro lado de esa puerta se escuchaban los sonidos de las ametralladoras y los alaridos de dolor que salían de las gargantas de los policías.
Atravesó la puerta sin intentar cubrirse. Lo primero que salió al encuentro de sus ojos fue una pareja de cadáveres. Eran los cadáveres de los agentes novatos, tirados en el suelo, con los ojos atravesados por las estrellas ninjas, y con las gorras encasquetadas en la cabeza.
La comisaría se había transformado en una auténtica carnicería. Los donuts de las mesas no eran lo único que tenía agujeros en el recinto. Unos cuatro o cinco ninjas, letales como un brote de sífilis, iban destrozando a los agentes, uno por uno, al par que esquivaban las balas, saltando, agachándose, corriendo por las paredes y los techos...
Roc Stormer permanecía inmóvil en medio de toda aquella masacre e, inexplicablemente, ninguno de los ninjas había reparado todavía en él.
Oculta bajo una de las mesas, una mujer joven, de unos veintitantos años de edad, le miraba con una expresión de terror y preocupación en los ojos.
Un shuriken negro atravesó la mesa y pasó a pocos centímetros de ella, haciendo bailar uno de sus mechones de cabello marrón.
El comisario también estaba por allí. Había volcado una mesa a modo de trinchera e intentaba alcanzar a los ninjas con sus disparos. Finalmente pasó lo que tenía que pasar: Uno de los ninjas descubrió el escondrijo del comisario y lanzó hacia él una andanada de estrellas ninjas. Las arrojadizas sentencias de muerte atravesaron el tablero de la mesa y antes de que las astillas llegasen a la cara de Dymitric, ya estaba éste escupiendo sangre con más de cien heridas pintando de rojo las manchas de café de su camisa.
Uno de los pocos agentes que todavía vivían aprovechó la situación para acribillar al ninja. Pero... ¡maldición! el cargador se había quedado sin balas. El ninja se dio la vuelta, torció la cabeza en un gesto de interés... y corrió hacia el horrorizado agente.
- ¡¡No!! ¡¡Noooo!! - chillaba este -. ¡Era una broma! ¡Era una broma!
Pero los ninjas de Urano no tenían sentido del humor.
Irvin Dymitric exhalaba sus últimos alientos con la mirada fija en el techo. Y Roc Stormer, tal vez obedeciendo a un eco de los tiempos perdidos, se acercó al moribundo compañero para despedirse de él, antes de acompañarle a los terrenos del Infierno.
El comisario le dedicó una mirada desesperada. Abrió su boca ensangrentada y dijo:
- Esto es peor que Sin-hong, ¿verdad?
Acto seguido, un par de toses terminaron de apagar su vida.
Roc Stormer cerró con sus dedos los párpados de su amigo. A sus espaldas se escuchaba todavía el fragor de la matanza.
Entonces, los ojos de Stormer se fijaron en algo que destacaba en el torso del comisario. El bolsillo de la camisa había sido desgarrado por uno de los shurikens, despedazando el paquete de cigarrillos y dejando a la vista su amado llavero.
También el llavero había sido rozado por la estrella arrojadiza, y tenía ahora un arañazo que desfiguraba la “R” y la “S”.
Era un simple rasguño, un arañazo insignificante, pero en la mente de Roc Stormer ese arañazo tenía la misma profundidad que el Cañón del Colorado. En la mente de Roc Stormer, aquella grieta era más honda que la fosa abisal de San Lewis y allí, en medio de aquella carnicería, la furia hizo redoblar el corazón de Stormer con renovadas fuerzas. Las aletas de su nariz empezaron a latir de cólera, en su interior tuvo lugar una erupción volcánica... Decidió que los cabrones que habían hecho eso merecían la más sangrienta de las muertes. Decidió que los cabrones que habían jodido su llavero RECIBIRÍAN la más sangrienta de las muertes... Y decidió que mientras le quedase un soplo de vida, lo dedicaría a castigar a aquellos seres sin escrúpulos. Aquel llavero había contenido durante mucho tiempo las llaves de su casa, pero ahora, después de aquél arañazo, contenía también las llaves invisibles que liberarían su venganza... la más terrible de las venganzas.
Y así, similar a un ave fénix de metralla y fuego, un Roc Stormer recién venido al mundo, revestido con el poder de la sagrada ira, empuñó en su mano derecha la uzi de su compañero caído, agarró con la izquierda otra ametralladora que yacía olvidada a sus pies... y, alzándose por encima de la mesa como un arcángel mal afeitado, apuntando a las negras siluetas sedientas de sangre, exclamó con acento justiciero:
- ¡¡Tomad ninjas de mierda!!
Aquello cogió a los uranitas por sorpresa. Intentaron esquivar la agresión, pero esta vez las balas sí fueron más rápidas que ellos, porque Roc Stormer sabía predecir sus movimientos, y cuando los ninjas intentaban apartarse, tan sólo conseguían saltar de la sartén para caer en las brasas.
Escondida debajo de la mesa, Kristina Klotsny parpadeaba al son de los disparos y contemplaba atónita (entre parpadeo y parpadeo) cómo los ninjas se retorcían en el suelo... cómo las balas de Roc chapoteaban en sus oscuros cuerpos...
Los malparados ninjas llegaron a las baldosas antes que los casquillos de la munición. Sus espadas negras también fueron a parar al suelo frío, golpeándolo con un lamento de metales helados.
Los cuerpos de los alienígenas chorreaban sangre por todos sus agujeros, y la sangre de los ninjas era del mismo color que aquellos cafés devoradores de azúcar que el comisario Irvin Dymitric ya nunca más volvería a tomar.
Desde su escondite, la señorita Klotsny presenció cómo aquel hombre sembrador de castigos recogía de los cadáveres toda la munición que podía. Cuando no quedaba más munición que rescatar, el desconocido miró a través de los cristales y salió resuelto, en busca de los platillos volantes.
Kristina Klotsny se vio asaltada por un pensamiento repentino. El peso de la responsabilidad la hizo temblar, porque de pronto, una vez desvanecido el peligro, se había dado cuenta de qué era lo que tenía que hacer... y su corazón le decía que si había alguien que le podía ayudar a hacerlo, ese “alguien” acababa de salir por la puerta de la comisaría con una uzi en cada mano.
Decidió que no convenía arriesgarse a perderle de vista y, armándose de valor, salió de la comisaría, dispuesta a alcanzarle, pasando por encima de un ninja agonizante que murmuraba, en perfecto uranita, una última frase antes de morir:
- ubuzi ca utaqefouq poa kur ulasqukkuciqur rim calureuci ñicaqirur ñuqu moarsqi mem-hosro.
[1]Léanse ambas frases con acento de doblaje sudamericano.
El vigilante pasaba de vez en cuando por allí y le apuntaba con la linterna directamente a los ojos. Roc Stormer no los cerraba. Ni siquiera parecía darse cuenta de que más allá del vacío de la pared de en frente había un mundo en el que existían centinelas gordos armados con linternas, sonidos de sirenas policiales, y el lejano traqueteo de las máquinas de escribir, bailando en la atmósfera cargada de humo con el olor de la grasa de los donuts.
Roc Stormer. Estatura: 1’79. Color de pelo: Negro y rasurado el viejo estilo militar. Indumentaria: Pantalones vaqueros desgastados y una camiseta blanca con un par de agujeros y algunas manchas de sangre. Hora de entrada: 18:04. Delito: Asesinar a 26 inocentes con una llave inglesa, incluidos tres niños, una niña, dos madres y cuatro guardias de seguridad.
No era de extrañar que los agentes sintiesen antipatía hacia él. El policía que le había esposado estampó su cabeza contra el techo del coche policial. Roc Stormer encajó el golpe con resignación, y digirió los insultos del agente durante todo el trayecto, sin decir una palabra, mientras la sangre se deslizaba lentamente por la pequeña brecha de su frente.
Cuando el coche frenó en la entrada de la comisaría, el reguero de sangre ya había llegado hasta esa mejilla oscurecida por la sombra de una barba de tres días.
Lo sacaron del coche. Junto a la puerta del edificio se había reunido un corro de cinco o seis agentes que no tuvieron ningún reparo en escupirle a la cara. Roc Stormer no hizo nada por impedirlo. Ni siquiera cerró los ojos cuando uno de los escupitajos aterrizó a pocos milímetros de su párpado. En el fondo comprendía lo que sentían aquellos hombres de uniforme... y aunque no lo hubiese comprendido, habría reaccionado de la misma manera, porque ya no le quedaban fuerzas para seguir luchando.
Ya no merecía la pena seguir luchando.
Uno de los polis lo empujó hacia la mesa número 7. Roc Stormer recordaba bien el número de la mesa, ya que su mejilla manchada de sangre seca aterrizó a escasos centímetros del cartel que contenía el numerito.
Sintió cómo unas manos masculinas inspeccionaban su trasero, registrando los bolsillos del pantalón en busca de objetos personales. Extrajeron del bolsillo derecho una cartera de cuero cuarteado.
- Anota el contenido de la cartera, Goose - ordenó un policía que llevaba un pequeño bigote y el pelo peinado hacia atrás, impregnado de grasienta gomina. Abrió la cartera y miró en el interior, como si se estuviese asomando a través de la mirilla de un microscopio -. A ver... cincuenta centavos en monedas, un calendario de las fuerzas armadas, identificación personal... y un escupitajo del agente Ritchie. - El agente del bigote escupió en el interior de la cartera y, acto seguido, la arrojó al interior de un cajón metálico. Todos los presentes le rieron la gracia. Todos menos Roc Stormer, que no tenía ganas de reír.
El agente Goose, un rubio uniformado con barriga cervecera, terminó de teclear en su máquina de escribir, con el rostro colorado a causa de la risa.
A continuación sacaron de su bolsillo un billete de metro usado y un paquete de chicle con sabor a eucalipto.
El agente Ritchie arrojó el billete de metro al cajón metálico y se metió en la boca el chicle de eucalipto. A Roc Stormer no pareció importarle demasiado, y tampoco reaccionó de ninguna manera cuando el policía, tras masticar durante cuatro o cinco segundos, le escupió el chicle a la cara.
Tras asestarle una sonora bofetada en la mejilla ensangrentada, llegó el turno de registrar el bolsillo izquierdo. Allí encontraron las llaves de su casa, metidas en un llavero de color cobrizo y forma rectangular, en el que sólo se podían leer las siglas “R.S”.
- Oh, qué conmovedor - se burló el agente Ritchie -. Qué llaverito más mono... ¿Te lo quieres quedar tú, Goose, o me lo quedo yo?
Por primera vez desde que fuera detenido, la furia se asomó en los ojos de Stormer. Se incorporó bruscamente, derribando a los dos agentes que lo mantenían pegado al tablero de la mesa, y gritó con una voz igual de áspera que el amago de barba de sus mejillas:
- ¡Aparta tus manos de ese llavero, gilipollas!
El golpe de dos agentes chocando contra el suelo sirvió de punto y final a la frase. La expresión del agente Ritchie parecía sacada de alguna viñeta humorística. Sin saber cómo reaccionar, paralizado por lo imprevisto de la situación, miraba al prisionero con cara de idiota, mientras el llavero se balanceaba en su mano, como el cadáver de una lagartija.
Los agentes tardaron unos segundos en reaccionar, pero al fin lo hicieron, sacando sus porras y dirigiéndolas a los riñones del preso subversivo.
- ¡Basta ya! - ordenó una voz autoritaria que surgía de una de las puertas del fondo.
Era la voz del comisario, que acababa de asomarse por la puerta de su despacho, con su camisa blanca manchada de café y sus tirantes negros.
- Deja ese llavero en la mesa, Ritchie - ordenó el comisario con un tono de voz que nunca le habían oído en todos los años que llevaban a su servicio.
- Pero...
- Haz lo que te digo, Ritchie, es una orden.
El agente Ritchie dejó el llavero en la mesa y se pasó una mano por el pelo engominado.
Roc Stormer dirigió sus ojos apagados hacia los ojos del comisario y le dijo:
- Gracias, Irvin.
El comisario contestó con un gesto de asentimiento, y algunos habrían jurado que en sus labios se formaba un amago de sonrisa. Luego se acercó a la mesa, cogió el llavero y lo guardó en uno de los bolsillos de su camisa.
- No te preocupes por el llavero, Roc. Lo guardaré personalmente. No le pasará nada. - Los policías observaban la escena desconcertados. - Llevadle a la sala de interrogatorios - ordenó el comisario -. Y si encuentro en este hombre algún otro síntoma de maltrato, me encargaré de que el responsable termine patrullando en el barrio de los chaperos.
- Señor... ¿no habría que tomarle primero los datos personales? Es el procedimiento... - hizo saber un agente pecoso que había entrado en servicio ese mismo día (lo cual era bastante fácil de deducir, porque llevaba la gorra puesta).
- A la mierda el procedimiento - respondió el comisario -. Yo rellenaré sus datos personales. Me los conozco de memoria.
Los agentes obedecieron como suelen obedecer los títeres: sin saber por qué hacen lo que están haciendo. Para ellos el comportamiento del comisario era un auténtico misterio. No sabían que Irvin Dymitric y Roc Stormer habían sido compañeros en el ejército. Y cuando dos hombres han vivido juntos las atrocidades de una guerra, surge una amistad que 26 muertos en un centro comercial no pueden romper de un solo golpe.
Tampoco conocían el inmenso valor que tenía para Stormer aquél llavero viejo. Era un recuerdo que se remontaba a su infancia, y ni siquiera el comisario Irvin Dymitric sabía a qué se debía exactamente. Lo único que el comisario sabía era que más de una vez, cumpliendo misiones en los territorios enemigos, Roc se había negado a huir en las maniobras de retirada porque el llavero se le había caído al suelo... Siempre volvía a buscarlo, jugándose la vida bajo la metralla de aquellos malditos orientales. A punto estuvo de perder la vida en su intento de fuga del campo de concentración, porque se empeñó en ir a buscar el llavero, que había enterrado al pie de las murallas para evitar que los japos lo encontrasen.
Y cada vez que alguien le preguntaba por qué valoraba tanto aquél viejo pedazo de hojalata, se mantenía reservado, y respondía que había sido un regalo de la única persona que le había apreciado de verdad.
Tal vez fuese cierto. Lo que era indudable, desde luego, es que Roc Stormer nunca fue lo que se dice una persona apreciada. La dureza de su carácter y la drástica manera que tenía de solucionar los problemas lo habían convertido en un ser solitario al que sus propios superiores contemplaban con cierto temor.
Los que lo conocían lo sabían a ciencia cierta: Roc Stormer había nacido para destruir. El campo de batalla era el mejor ecosistema para un tipo como él. Hacía de la destrucción un arte. Pero finalmente la guerra terminó, los enemigos se disiparon como un espejismo inconsistente... Roc Stormer regresó a la vida de los ciudadanos normales, y como ya no encontraba cosas que destruir, terminó destruyéndose a sí mismo, en un camino de degradación nihilista que le había conducido a una vida automática, a una pesadilla sin sentido, a una existencia sin ilusiones, sin metas, sin alicientes... y en última instancia, a un centro comercial, a una llave inglesa incrustada en el cráneo de una niña de ocho años, y a la sala de interrogatorios de la comisaría número 5 del distrito 651.
Y algo en su interior le decía que había llegado la hora de arrepentirse. Pero ni siquiera tenía fuerzas para hacerlo.
- Quítale las esposas - dijo la voz del comisario, en algún lugar que estaba más allá de sus pensamientos.
Ese lugar se llamaba sala de interrogatorios, y estaba presidido por una larga mesa metálica y un gigantesco espejo.
- ¿Está seguro, comisario? Este cabrón mata mujeres y niños.
- Tú limítate a quitarle las esposas y lárgate a comer donuts.
El agente obedeció. Roc sintió cómo las esposas dejaban de morderle las manos y a continuación escuchó el ruido de una puerta que se abría para volverse a cerrar.
Irvin Dymitric se acercó a la silla en la que habían dejado al prisionero. Durante el primer minuto ninguno de los dos dijo una palabra. El comisario contemplaba a Stormer con un atisbo de compasión. Roc mantenía los ojos clavados en la mesa.
- Cuando estábamos en el frente sólo matabas a los que se lo merecían - recordó Dymitric, modulando las palabras con un susurro triste.
Roc Stormer no contestó.
- ¿Te importa que fume? - preguntó el comisario.
El prisionero hizo un gesto con la cabeza, dando a entender que no le importaba.
No le importaba haber visto la llave inglesa incrustada en el cráneo de aquella niña, así que no iba a poner el grito en el cielo por un simple cigarrillo.
Irvin Dymitric sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de su camisa y encendió uno de ellos con una cerilla.
- Veo que los sigues encendiendo con cerillas - comentó Stormer con un tono de voz inexpresivo, y sin haber levantado los ojos de la mesa.
El comisario asintió, con una sonrisa triste en el semblante. Un nuevo silencio volvió a adueñarse del ambiente, obligado a convivir con el humo del cigarrillo.
- ¿Por qué mataste a esas personas, Roc?
- Porque ya estaban muertas - contestó Roc Stormer, con su voz enajenada, y con esa mirada apagada que no sentía la necesidad de aspirar a algo mejor que el tablero de la mesa.
El comisario Irvin se llevó una mano a la frente. Se sacó el cigarro de la boca, y volvió a tomar la palabra:
- Este mundo es una mierda, Roc. Los dos lo sabemos. No se trata de ningún secreto, ¿verdad? Cada día resulta suficientemente jodido por sí mismo. No me lo jodas más todavía... Explícame los motivos de tu crimen, Roc. Inventa una excusa para justificar tus actos, y te prometo que me la tragaré como un imbécil, por absurda que sea. Necesito tragármela...
Roc Stormer levantó por primera ver los ojos y miró cara a cara a su interlocutor.
- No hay ninguna excusa, Irvin.
La cara del comisario se puso roja de repente. Se levantó, derribando la silla, y dando un puñetazo en la mesa.
- ¡Maldita sea! ¡Me niego a creer que el hombre que me salvó la vida en Sin-hong es el mismo que ha privado de ella a 26 inocentes! Roc, por el amor de Dios... algún motivo habrá...
- El hombre que te salvó la vida en Sin-hong está muerto - fue la contestación de Stormer -. Todos estamos muertos.
- Entonces supongo que no te importará que te condenen a muerte por lo que has hecho. Porque eso será lo más probable si insistes en comportarte de esta manera.
- Tú lo has dicho.
Irvin Dymitric parecía haber envejecido diez años en dos minutos. Con pasos lentos, apesadumbrados... abrió la puerta de la sala y dijo a los agentes que aguardaban en el exterior:
- Llevadlo a la celda.
En su voz no se reflejaba el rencor, sino la derrota.
Y ahora Roc Stormer estaba allí, sentado en el catre de su celda, aguardando a que los verdugos del Estado hiciesen con él lo que él ya no tenía energías para hacer consigo mismo.
En otro lugar de ese mismo edificio, el comisario Dymitric cerraba la puerta de su despacho, con la vaga esperanza de encontrar en su café de las ocho un pequeño consuelo que suavizase el sabor de esa mierda de día.
El negro líquido se tambaleaba en el interior del vaso de plástico, haciendo bailar el reflejo de los fluorescentes del techo. Irvin empezó a echar cucharadas de azucar en el vaso. La negrura del café se las tragaba, las absorbía... y el azúcar terminaba contaminándose de la amarga oscuridad, como una blanca gaviota sumergida en un charco de brea.
Echó en el café cinco cucharadas, tan inútiles como necesarias, y acercó el borde del vaso hacia sus labios, para compartir el calor de algo acogedor en una noche fría como aquélla.
Uno de los agentes novatos abrió la puerta del despacho de golpe.
- ¡Mierda! - chilló el comisario, pues el sobresalto le había hecho derramar el café hirviendo por la pechera de la camisa.
Descargó una mirada de odio hacia el novato, que seguía allí mirándole con su cara de imbécil, con su uniforme planchadito, y con la maldita gorra encasquetada en la cabeza.
- Qué coño pasa - quiso saber Dymitric, mientras aplicaba servilletas de papel al turbio pantano que se había generado en su camisa.
- Acaba de... llegar una señorita que quiere hablar con usted - dijo el novato con voz temblorosa.
- ¡Pues hágala pasar! - vociferó el comisario - ¡Y la próxima vez llame a la puerta antes de entrar!
Un instante más tarde entró tímidamente en el despacho una mujer joven, que llevaba el pelo recogido a medias en una coleta imperfecta, y que lo miraba con unos ojos temblorosos que tenían el mismo color que las recientes manchas de su camisa. Parecía asustada, y llevaba los brazos cruzados a la altura del pecho, como si se quisiese proteger con ese inútil gesto del mundo exterior.
Su nombre era Kristina Klotsny, y los surcos húmedos de sus mejillas daban a entender que había llorado.
Irvin Dymitric tiró a la papelera las servilletas mojadas e hizo un ademán a la recién llegada.
- Pase y siéntese, señorita...
- Klotsny - contestó ella, mientras se sentaba frente a Dymitric, en una de las sillas del despacho.
- ¿A qué se debe su... visita, señorita... Klonchi?
- Ésta era la comisaría más cercana... y... tengo que decirles algo urgente...
- Tranquilícese, señorita - se apresuró a decir el comisario, al ver que Kristina se mostraba cada vez más alterada -. ¿Qué es eso tan urgente que me tiene que decir?
- Va a suceder algo horrible. Esta misma noche, posiblemente... - anunció la señorita Klotsny con un temblor en la voz.
- ¿De qué se trata?
- No lo sé exactamente - reconoció Kristina.
- No lo sabe...
- Tengo razones para sospechar que mi padre ha hecho algo malo - añadió con una voz tímida y atormentada.
- Algo malo... - Irvin Dymitric estaba empezando a experimentar otro arranque de mal humor. Si algo necesitaba para echar un poco más de mierda a la jornada era el testimonio sin sentido de una chiflada.
- Mi padre... es astrofísico... en el laboratorio de nuestra casa hay una máquina que hace... ruidos raros... - aclaró ella, con los ojos húmedos todavía.
- Ruidos raros... Mira, bonita, en esta sociedad hay muchas cosas que hacen ruidos raros. Mi microondas hace ruidos raros, los juguetes de mis hijos hacen ruidos raros, incluso las cañerías del cuarto de baño de esta comisaría hacen ruidos raros... Y a pesar de ello, el mundo sigue girando, día tras día...
Kristina había empezado a llorar de nuevo. El comisario le alargó una servilleta para que se enjugase el llanto.
- Esto es distinto - prosiguió ella -. Mi padre habló de castigarnos, y dijo cosas muy raras sobre el sistema solar, y sobre guerra...
Decididamente, estaba chalada... pensó el comisario. Pero él, tras tantos años de servicio, conocía bien la forma de tratar con los chiflados.
- No se preocupe, señorita... Voy a avisar a una patrulla para que pase por su casa y compruebe lo que me acaba de decir. Ya verá como se trata de una falsa alarma. ¿Me dice su dirección, por favor?
La señorita Klotsny empezó a deletrear su dirección. El comisario alargó la mano hacia el teléfono. Justo cuando estaba a punto de levantar el auricular, el teléfono sonó.
Extrañado, se lo llevó a la oreja y contestó con voz cansada.
- Comisario Dymitric al habla.
Una voz habló al otro lado de la línea. La expresión del comisario cambió por completo. Fue como si un rayo lo hubiese fulminado y convertido en piedra. Sólo tenía neuronas suficientes para decir de vez en cuando: “Emmmmm... sí... sí... sí...”. Al cabo de un rato, la voz del otro lado dejó de hablar.
- Muchas gracias, chicos. Mantenedme informado - dijo y acto seguido volvió a colgar el auricular.
Luego miró a la mujer que tenía en frente, con cara de preocupación, y le preguntó:
- ¿El nombre de su padre es Darius Klotsny, por casualidad?
La señorita Klotsny asintió en silencio.
- Según mis hombres, un vecino suyo asegura haberla visto a usted arrojando a su padre por un acantilado. ¿Tiene algo que decir al respecto, señorita Klonchi?
- ¡Yo no le empujé! ¡Se arrojó él solo! Yo intenté evitarlo, pero llegué tarde... - los ojos de Kristina volvieron a llenarse de lágrimas -. Llegué tarde...
Irvin Dymitric se llevó la mano a la frente, y la encontró más arrugada que hacía tan sólo unos minutos.
- Es la palabra del vecino contra la suya, señorita Klonchi...
- ¡Es Klotsny! ¡Y le aseguro que yo lo ví mejor que el vecino de al lado, señor comisario! - respondió una indignada Kristina, esforzándose por contener la nueva riada de lágrimas.
- Mi trabajo consiste en considerarla inocente hasta que se demuestre lo contrario, señorita comosellame - fue la contestación de un hastiado Irvin Dymitric - pero me temo que de momento tendrá que permanecer aquí...
- ¿Es que no ha escuchado nada de lo que le he dicho? ¡Estamos en peligro! Y a usted sólo se le ocurre...
- Tranquilícese señorita. No hay razón alguna para creer que...
- Conozco bien a mi padre, ¡y sé que hablaba en serio! ¡No pude entender bien sus palabras, pero sí tengo motivos para creer que...
- ¿Entonces habló con su padre antes del... suceso?
La señorita Kristina se llevó las manos a la cara. Su voz no pudo contestar, porque los sollozos la ahogaron sin contemplaciones.
Emitiendo un suspiro de resignación, ofreció otra servilleta a su interlocutora.
Fue entonces cuando sucedió. Un gran estruendo se escuchó en el exterior, y los cimientos de la comisaría se tambalearon como un castillo de naipes.
Irvin se levantó sobresaltado y miró a través de las persianas que cubrían la cristalera. Pudo ver cómo sus hombres desenfundaban las pistolas y corrían hacia las ventanas de la fachada delantera. Él no tardó en hacer lo mismo. La señorita Klotsny había desaparecido de sus pensamientos.
- ¡Qué coño es eso! - chillaba el agente Goose, y la pistola le temblaba entre las manos.
Cuando el comisario llegó a las ventanas, tuvo que formularse exactamente esa misma pregunta. Más allá del césped descuidado que alfombraba la entrada de la comisaría; más allá de los columpios del parque infantil, y de los patos que chillaban aterrorizados en el estanque, media docena de platillos volantes descargaba potentes rayos sobre los edificios de la ciudad.
Los edificios no tardaban en arder, y se desplomaban como bolos recién derribados, provocando los estruendos que hacían bailar los cimientos de la comisaría.
De pronto, uno de los platillos volantes empezó a acercarse lentamente hacia el barrio de la comisaría.
- ¡Vienen hacia aquí! - hizo notar el agente Ritchie, arrancándose los pelos de su bigotito.
- Está bien, chicos. No vamos a quedarnos de brazos cruzados. Sacad el armamento pesado. Yo voy a soltar a los presos de las celdas.
- ¿Piensa dejar libres a esos mamones? - protestó uno de los agentes.
- No pienso dejarles atrapados en una situación como ésta - respondió Irvin Dymitric -. ¡Todos en marcha! Me reuniré con vosotros en cuanto acabe con las celdas. - Se acercó a un armario de metal, hizo girar una llave y extrajo del interior una ametralladora uzi cargada de munición.
Los demás lo imitaron al instante. El agente Ritchie repartió uzis para todos. Tan sólo los dos agentes novatos se quedaron sin ametralladora. Estaban agazapados detrás de un escritorio, con sus rostros pecosos y las gorras puestas en la cabeza.
- Diantres, Jim. Menuda suerte tenemos en nuestro primer día...
El platillo se detuvo a unos cincuenta metros del edificio. Se abrieron dos compuertas en sus laterales y unas figuras negras y estilizadas saltaron hacia el césped. Dos ojos brillantes y fríos chispeaban en sus caras completamente negras, y llevaban una espada colgada en sus espaldas.
- ¿Habéis visto cómo saltan los cabrones? - comentó un policía.
Los ninjas, como si le hubiesen oído, empezaron a caminar hacia la comisaria.
Espiando a través de las persianas del despacho del comisario, la señorita Klotsny había sustituido la pena por el miedo.
- Vamos a freír a esos comunistas - propuso el agente Ritchie, y en menos de lo que tarda en decirse, él y sus compañeros salieron hacia el exterior, disparando sus ametralladoras contra las negras siluetas.
Ni siquiera las balas fueron tan rápidas como los terribles ninjas. Desenvainaron sus espadas katanas en menos tiempo del que puede ser medido, y lograron desviar con ellas todas las balas que los policías les enviaban.
- ¡Mierda! - exclamó el agente Ritchie.
No tuvo tiempo de decir mucho más. Uno de los ninjas llegó hasta él, haciendo gala de una vistosa y eficaz colección de piruetas, y antes de que nadie pudiese decir “E...” los pedacitos ensangrentados y la gomina del agente Ritchie regaban el césped.
El agente Goose fue el segundo en caer. Lo descuartizaron tan rápido que nadie habría sabido decir cuál de los trocitos fue cercenado primero. Los demás intentaron retroceder hacia el edificio, pero ya era demasiado tarde para eso. Todos acabaron padeciendo la más horrenda de las muertes. Los ninjas desgajaban sus miembros corporales con aquellas katanas tan extrañas. Sus hojas eran de color negro. No reflejaban ningún tipo de luz, y cortaban los huesos y la carne como si fuesen gelatina.
Un coche policial llegó a la comisaría a toda velocidad. Traía las sirenas puestas, y se detuvo junto a un árbol, a pocos metros de uno de los ninjas. Los dos polis que iban dentro sacaron el arma y se dispusieron a salir del coche, pero el ninja no les dejó tiempo de hacerlo. Empezó a sacar de su solapa cientos de estrellas arrojadizas, fabricadas con el mismo material negro de las espadas, y las lanzó contra el coche a una velocidad digna de la ametralladora más potente. Los negros shurikens atravesaron el capó, los cristales, los asientos, los cuerpos de los policías... En cinco segundos, el coche se desmoronó con más agujeros que un colador. En el interior había dos pulpas sanguinolentas y agujereadas, que segundos antes habían recibido los nombres de John y Terry. Las plumas de los asientos flotaban en el aire y se quedaban adheridas en la sangre pegajosa de los cadáveres.
Los dos agentes novatos observaban el espectáculo desde la puerta de la comisaría, apuntando hacia el frente de la ridícula manera que les habían enseñado en la academia.
- Cielos, Johnny. Estos tipos tienen un nin-jitsu muy depurado.
- Tienes razón, Jim. Larguémonos de aquí[1].
Y los dos agentes novatos dieron media vuelta y corrieron a resguardarse en el interior del edificio.
Mas tal vez os preguntéis: ¿Qué había sido de Roc Stormer?
Pues seguía en la misma posición en que le habíamos dejado. Con la espalda apoyada en la pared de la celda, con la mirada clavada en el vacío...
Había escuchado los estruendos del exterior, pero no había movido ni una pestaña a causa de ellos. Había sentido el temblor del edificio, y también eso le traía sin cuidado.
Y ahora escuchaba con igual falta de interés cómo el comisario Dymitric habría las puertas de las demás celdas y dejaba salir a los presos, que escapaban lanzando alaridos de terror.
Volvió a sonar el ruido de una cerradura, y la puerta de su celda también se abrió.
- Puedes salir, Roc. Circunstancias inusuales - dijo a su derecha una voz conocida.
- No voy a salir - respondió Roc Stormer.
- ¡Joder, Roc! ¡No me lo pongas tan difícil!
- He cometido un crimen, y quiero mi castigo.
Se escuchó en el exterior un estruendo más sonoro que los anteriores. Los barrotes de la celda vibraron.
- Pues al menos ayúdanos a salir de ésta - le pidió el comisario.
- No quiero ayudar a nadie a salir de nada.
- ¡Qué coño te han hecho, Roc! ¡Ese no eres tú!
- No, Irvin. Ya no ayudo a salvar vidas, ahora me dedico a matar niños con una llave inglesa. Vete de aquí y déjame morir tranquilo.
El comisario tragó saliva, se ajustó los tirantes y limpió el sudor que bañaba la uzi con la manga de su camisa.
- Si lo que quieres es morir, te recomiendo que salgas ahí fuera - dijo, y volvió a tomar el rumbo de la fachada delantera.
Stormer digirió las últimas palabras de Irvin Dymitric y decidió que tal vez llevaban algo de razón. No tenía sentido retrasar el momento de la sentencia. Como el reo que no necesita verdugos que le arrastren, se levantó del catre y caminó con pasos torpes hacia la fachada delantera, con la esperanza de que la amenaza del exterior (fuese la que fuese) le arrancase la vida.
Se acercaba a la puerta que conectaba con el campo de batalla. Al otro lado de esa puerta se escuchaban los sonidos de las ametralladoras y los alaridos de dolor que salían de las gargantas de los policías.
Atravesó la puerta sin intentar cubrirse. Lo primero que salió al encuentro de sus ojos fue una pareja de cadáveres. Eran los cadáveres de los agentes novatos, tirados en el suelo, con los ojos atravesados por las estrellas ninjas, y con las gorras encasquetadas en la cabeza.
La comisaría se había transformado en una auténtica carnicería. Los donuts de las mesas no eran lo único que tenía agujeros en el recinto. Unos cuatro o cinco ninjas, letales como un brote de sífilis, iban destrozando a los agentes, uno por uno, al par que esquivaban las balas, saltando, agachándose, corriendo por las paredes y los techos...
Roc Stormer permanecía inmóvil en medio de toda aquella masacre e, inexplicablemente, ninguno de los ninjas había reparado todavía en él.
Oculta bajo una de las mesas, una mujer joven, de unos veintitantos años de edad, le miraba con una expresión de terror y preocupación en los ojos.
Un shuriken negro atravesó la mesa y pasó a pocos centímetros de ella, haciendo bailar uno de sus mechones de cabello marrón.
El comisario también estaba por allí. Había volcado una mesa a modo de trinchera e intentaba alcanzar a los ninjas con sus disparos. Finalmente pasó lo que tenía que pasar: Uno de los ninjas descubrió el escondrijo del comisario y lanzó hacia él una andanada de estrellas ninjas. Las arrojadizas sentencias de muerte atravesaron el tablero de la mesa y antes de que las astillas llegasen a la cara de Dymitric, ya estaba éste escupiendo sangre con más de cien heridas pintando de rojo las manchas de café de su camisa.
Uno de los pocos agentes que todavía vivían aprovechó la situación para acribillar al ninja. Pero... ¡maldición! el cargador se había quedado sin balas. El ninja se dio la vuelta, torció la cabeza en un gesto de interés... y corrió hacia el horrorizado agente.
- ¡¡No!! ¡¡Noooo!! - chillaba este -. ¡Era una broma! ¡Era una broma!
Pero los ninjas de Urano no tenían sentido del humor.
Irvin Dymitric exhalaba sus últimos alientos con la mirada fija en el techo. Y Roc Stormer, tal vez obedeciendo a un eco de los tiempos perdidos, se acercó al moribundo compañero para despedirse de él, antes de acompañarle a los terrenos del Infierno.
El comisario le dedicó una mirada desesperada. Abrió su boca ensangrentada y dijo:
- Esto es peor que Sin-hong, ¿verdad?
Acto seguido, un par de toses terminaron de apagar su vida.
Roc Stormer cerró con sus dedos los párpados de su amigo. A sus espaldas se escuchaba todavía el fragor de la matanza.
Entonces, los ojos de Stormer se fijaron en algo que destacaba en el torso del comisario. El bolsillo de la camisa había sido desgarrado por uno de los shurikens, despedazando el paquete de cigarrillos y dejando a la vista su amado llavero.
También el llavero había sido rozado por la estrella arrojadiza, y tenía ahora un arañazo que desfiguraba la “R” y la “S”.
Era un simple rasguño, un arañazo insignificante, pero en la mente de Roc Stormer ese arañazo tenía la misma profundidad que el Cañón del Colorado. En la mente de Roc Stormer, aquella grieta era más honda que la fosa abisal de San Lewis y allí, en medio de aquella carnicería, la furia hizo redoblar el corazón de Stormer con renovadas fuerzas. Las aletas de su nariz empezaron a latir de cólera, en su interior tuvo lugar una erupción volcánica... Decidió que los cabrones que habían hecho eso merecían la más sangrienta de las muertes. Decidió que los cabrones que habían jodido su llavero RECIBIRÍAN la más sangrienta de las muertes... Y decidió que mientras le quedase un soplo de vida, lo dedicaría a castigar a aquellos seres sin escrúpulos. Aquel llavero había contenido durante mucho tiempo las llaves de su casa, pero ahora, después de aquél arañazo, contenía también las llaves invisibles que liberarían su venganza... la más terrible de las venganzas.
Y así, similar a un ave fénix de metralla y fuego, un Roc Stormer recién venido al mundo, revestido con el poder de la sagrada ira, empuñó en su mano derecha la uzi de su compañero caído, agarró con la izquierda otra ametralladora que yacía olvidada a sus pies... y, alzándose por encima de la mesa como un arcángel mal afeitado, apuntando a las negras siluetas sedientas de sangre, exclamó con acento justiciero:
- ¡¡Tomad ninjas de mierda!!
Aquello cogió a los uranitas por sorpresa. Intentaron esquivar la agresión, pero esta vez las balas sí fueron más rápidas que ellos, porque Roc Stormer sabía predecir sus movimientos, y cuando los ninjas intentaban apartarse, tan sólo conseguían saltar de la sartén para caer en las brasas.
Escondida debajo de la mesa, Kristina Klotsny parpadeaba al son de los disparos y contemplaba atónita (entre parpadeo y parpadeo) cómo los ninjas se retorcían en el suelo... cómo las balas de Roc chapoteaban en sus oscuros cuerpos...
Los malparados ninjas llegaron a las baldosas antes que los casquillos de la munición. Sus espadas negras también fueron a parar al suelo frío, golpeándolo con un lamento de metales helados.
Los cuerpos de los alienígenas chorreaban sangre por todos sus agujeros, y la sangre de los ninjas era del mismo color que aquellos cafés devoradores de azúcar que el comisario Irvin Dymitric ya nunca más volvería a tomar.
Desde su escondite, la señorita Klotsny presenció cómo aquel hombre sembrador de castigos recogía de los cadáveres toda la munición que podía. Cuando no quedaba más munición que rescatar, el desconocido miró a través de los cristales y salió resuelto, en busca de los platillos volantes.
Kristina Klotsny se vio asaltada por un pensamiento repentino. El peso de la responsabilidad la hizo temblar, porque de pronto, una vez desvanecido el peligro, se había dado cuenta de qué era lo que tenía que hacer... y su corazón le decía que si había alguien que le podía ayudar a hacerlo, ese “alguien” acababa de salir por la puerta de la comisaría con una uzi en cada mano.
Decidió que no convenía arriesgarse a perderle de vista y, armándose de valor, salió de la comisaría, dispuesta a alcanzarle, pasando por encima de un ninja agonizante que murmuraba, en perfecto uranita, una última frase antes de morir:
- ubuzi ca utaqefouq poa kur ulasqukkuciqur rim calureuci ñicaqirur ñuqu moarsqi mem-hosro.
[1]Léanse ambas frases con acento de doblaje sudamericano.
CAPÍTULO 2
Los patos carbonizados flotaban en las aguas polvorientas del estanque. Ya no tenían miedo. Ya no podían aletear cada vez que los platillos volantes provocaban la caída de otra casa. Sus ojos vidriosos reflejaban las rojas llamas que consumían el césped.
Una mujer atravesaba el parque, con pasos apresurados e inseguros, persiguiendo a un Roc Stormer sediento de venganza.
Los ojos de Stormer también reflejaban el brillo de las llamas. Pero las llamas de Roc Stormer surgían de su propio interior. Las ametralladoras, erguidas como prolongaciones de sus propios brazos, buscaban con sus cañones alguna figura negra a la que cubrir de balas.
Se detuvo unos instantes a contemplar lo que quedaba de la ciudad. Los rascacielos que aún permanecían en pie parecían antorchas, y las naves espaciales, que ahora eran más de seis, se paseaban entre ellos, rematando de vez en cuando a algún insensato que gritaba en las ventanas, con la misma meticulosidad de esos pintores que observan detenidamente el cuadro que han pintado y, de repente, aplican una pequeña pincelada en la ramita de un árbol.
El aire cálido de la destrucción se estrelló contra la cara de Roc Stormer. Quedaba mucho trabajo por hacer, pero por algún sitio había que empezar. “El camino más largo se empieza con un solo paso”. Eso era lo que decían aquellos condenados orientales en el campo de concentración, cuando los obligaban a cavar su propia fosa común.
De pronto Roc reanudó la marcha. Había decidido cuál iba a ser el punto de partida de su venganza. Había averiguado cuál tenía que ser necesariamente ese punto de partida. Sus botas militares hicieron crujir las ramas carbonizadas y se encaminaron sin perder un minuto hacia el centro comercial que habían pisado aquella misma tarde.
Kristina Klotsny perseguía al justiciero todo lo rápido que podía. Le dolía el estómago a causa del flato. Roc Stormer caminaba demasiado rápido, y ella no se atrevía a llamar su atención con un grito, por miedo a que ese grito llamase también la atención de los asesinos de las espadas negras.
De todos modos, no encontraron en su camino ningún ninja, aunque todo parecía indicar que habían pasado por allí: Los cadáveres de perros y personas en las aceras, las farolas rotas, los semáforos ardiendo...
Las luces de neón del centro comercial agonizaban con un persistente tic nervioso. Kristina llegó a él justo en el momento en que Roc Stormer atravesaba las puertas automáticas que, milagrosamente, todavía funcionaban.
Kristina se detuvo para recuperar el aliento. Apoyó su mano en uno de los escaparates del edificio, y sintió un agudo dolor. Advirtió así que el cristal del escaparate estaba roto. El pequeño corte de su mano manchó el cristal de sangre, y a través del filtro rojo de la sangre, la señorita Klotsny pudo ver el interior del escaparate. Numerosos televisores, desordenados y rotos a causa de los temblores... Algunos todavía funcionaban, y en sus pantallas, las noticias de los telediarios luchaban contra las interferencias.
“El planeta se encuentra en alerta roja”, decía la locutora del noticiario. “Los misteriosos invasores han ocupado todas las capitales de los cinco continentes, sembrando el caos y la destrucción por motivos que desconocemos todavía. Las autoridades mundiales están en vilo. A continuación, retransmitimos en directo las palabras que está a punto de pronunciar Arthur McKensy, nuestro presidente de origen mahorí.”
Precedida por una interferencia, apareció en las pantallas de todos los televisores que seguían con vida la figura del viejo Arthur McKensy. Vestía con su habitual traje azul, pero la corbata estaba peor atada que de costumbre. Su cara estaba cubierta por grotescas rayas de colores que parecían pinturas de guerra mahoríes.
“Estimados ciudadanos”, saludó el presidente con su cálido tono de voz. “La parte más dura de ser el presidente de una nación no es tener que asistir a esa gilipollez de cenas benéficas en pro de los niños tercermundistas. No... La parte más dura es tener que dar las malas noticias. Y hoy no tengo más remedio que darlas... Según los informes de la N.A.S.A y el Pentágono, los objetos volantes no identificados que atravesaron nuestra atmósfera a las 20:14 del día de hoy han despegado... del planeta Urano. Según las interpretaciones de nuestros expertos, el ataque que estamos sufriendo es tan sólo una avanzadilla. Nuestros radio-telescopios detectan una flota numerosa de platillos volantes que se aproxima a la Tierra con velocidad de crucero. Dentro de unas horas no habrá un solo rincón del planeta que no esté ensombrecido por las naves espaciales del enemigo.” El presidente McKensy metió las manos bajo su escritorio y sacó una lata de gasolina. Abrió el tapón de la lata y empezó a rociar su cuerpo con el inflamable contenido. “Estamos todos condenados”, fue lo último que dijo, y se prendió fuego con un zippo de plata. Los altavoces de los televisores retransmitían los gritos de los asesores de imagen, que contemplaban con horror cómo su presidente corría por el despacho oval, envuelto en llamas.
Medio minuto después, la agotada señorita Klotsny vio cómo se abría una puerta en una de las casas cercanas. Un hombre calvo y barrigudo salió al exterior, con una camisa a cuadros y una lata del gasolina en la mano.
- ¡Sigamos el ejemplo de nuestro presidente! - gritó el ciudadano - ¡El fuego es la única salvación!
A continuación se prendió fuego y empezó a correr calle abajo, envuelto en llamas.
En el interior de los edificios del barrio empezaron a escucharse cosas tales como:
- ¡Tiene razón! ¡No dejaremos que esos cabrones nos cojan vivos! ¡Bertha, tráete la lata de gasolina del garaje!
- Vamos, niños, vamos a seguir el ejemplo del presidente McKensy - se oía a través de otra de las ventanas.
- Pero papá... yo no quiero quemarme... - decía la voz de una pequeña niña.
- ¡Dónde está tu patriotismo, maldita desagradecida! - gruñía su padre.
En poco más de un minuto la calle estaba salpicada de cuerpos ardiendo que corrían hacia el fondo de la calle gritando el nombre del presidente suicida.
Al otro lado de las puertas automáticas del centro comercial, Roc Stormer se abría paso entre los cristales rotos del suelo. Había una dependienta destripada en el mostrador de cada tienda. Los probadores tenían cortinas agujereadas por los shurikens, y más allá de las cortinas, un espejo roto, manchado, teñido de rojo... y un cliente más insatisfecho que nunca.
Llegó al patio central del edificio. Unos precintos policiales amarillos se interpusieron en su camino. Él los pasó por debajo y accedió al lamentable espectáculo del interior. El resplandor rojo de una máquina de refrescos de cola iluminaba los cadáveres repartidos por el suelo.
Veintiséis de aquellos cadáveres habían sido cosa suya. Estaban encerrados en bolsas de plástico, y una tiza había marcado en el suelo sus patéticas siluetas. El resto de los cadáveres testimoniaba una forma de morir mucho más desagradable. Eran cadáveres de agentes, enfermeros, médicos forenses...
En medio de aquella matanza, un musculoso ninja alienígena permanecía de pie, observando un objeto que había cogido del suelo: una llave inglesa, con una etiqueta en el mango, que estaba encerrada también en una bolsita de plástico.
Roc Stormer avanzó hacia el uranita, alzando los cañones de sus ametralladoras. Cuando estuvo lo suficientemente cerca de él, le dijo:
- Eh, tú, gilipollas...
El ninja levantó la cabeza, sorprendido.
- Existen dos clases de ninjas en este mundo: Los que se cruzan en el camino de Roc Stormer y los que no se cruzan en el camino de Roc Stormer. Dentro de dos segundos vas a tener la oportunidad de averiguar cuáles son los más afortunados.
El ninja se llevó la mano a la solapa, en busca de una de sus estrellas afiladas, pero Stormer fue más rápido en apretar el gatillo.
- Ratatatatatatatá - dijeron las dos uzis al unísono.
El derrotado ninja bailó el vals de la epilepsia y se desmoronó, aumentando el número de cadáveres del patio del centro comercial.
La llave inglesa también chocó en el suelo con un sonoro CLINK, y Roc Stormer paseó la mirada por el local, con los cañones de las ametralladoras humeando como tazas de chocolate hirviendo.
Sonó de repente un silbido a sus espaldas. Roc Stormer tuvo el tiempo justo para apartarse unos centímetros. Un shuriken pasó girando por el lugar en el que él había estado un décima de segundo antes, y se clavó en el suelo.
Roc se dio la vuelta con brusquedad. En el piso de arriba, detrás de las barandillas, una figura negra e imprecisa se movía con rapidez hacia el extremo opuesto del recinto. Roc intentó apuntarle con sus cañones, pero había desaparecido... Llegó hasta él un ruido sordo que se generaba a sus espaldas. Se volvió con rapidez, pero la silueta se deslizaba a considerable velocidad entre las barandillas del piso superior. Trató de seguir al escurridizo rival con sus disparos, pero sólo logró romper aún más los cristales de los escaparates, que se derramaron por las barandillas hasta la planta baja.
Roc dedicó una milésima de segundo de atención a los cristales rotos, y durante esa milésima sucedió todo: Un shuriken surgió de entre las sombras, cercenando los dos cañones de sus armas. Y al mismo tiempo, comenzó a escucharse un ruido metálico en los peldaños de las escaleras mecánicas. El ninja bajaba por ellas dando veloces volteretas, y antes de que Stormer pudiese reaccionar, saltó el ninja hacia él y le dio una fuerte patada en el pecho con sus pies de dos dedos.
Roc Stormer salió disparado hacia atrás, tropezó con una de sus propias víctimas y cayó al suelo. Se levantó rápido, pero mientras lo hacía el ninja ya le lanzaba un segundo golpe, y Roc sólo lo pudo detener a medias. El sonido de una espada desenvainándose lo hizo retroceder instintivamente hacia atrás. El ninja comenzó a asestar certeros espadazos. Roc los esquivaba como podía, retrocediendo hacia la pared del fondo. Los ojos del uranita brillaban con sadismo. Había conseguido acorralar a su presa.
Pero lo que el ninja no sabía era que a Roc Stormer le interesaba llegar hasta aquella pared. Cuando estuvieron a pocos pasos de la misma, fueron los ojos de Roc los que resplandecieron con sadismo. Mientras el uranita le atacaba con su espada, Stormer lo rodeó, le agarró su negro brazo con una mano, lo cogió por la nuca con la otra... y lo estampó con fuerza contra la máquina de refrescos de cola.
El ninja chocó violentamente contra la máquina, atravesando el caparazón de la misma. Unas chispas eléctricas se encendieron en el interior, y el cuerpo del alienígena empezó a sacudirse debido a las descargas. Unos gorjeos inhumanos reverberaban en el interior de la máquina, entre un concierto de chispas y de humo.
Roc Stormer se acercó a la máquina, tiró del enchufe que la mantenía conectada a la corriente eléctrica... y se acercó al cuerpo inconsciente del ninja. Con una fuerza brutal, empezó a estampar la cabeza negra contra el interior de la máquina. Las latas de cola y el cráneo extraterrestre se destrozaban mutuamente, y la sangre del bicho se confundía con el contenido de los refrescos de cola, pues ambos eran del mismo color.
Cuando la señorita Klotsny llegó al patio del centro comercial, estuvo a punto de vomitar ante el dantesco panorama. El suelo alfombrado de cadáveres, los cuerpos sembrados de cristales rotos... y un ex-combatiente perturbado que estampaba una y otra vez los restos de un uranita contra las latas de refresco de una máquina apagada.
Por si aquello fuera poco, Kristina advirtió cómo un nuevo ingrediente se sumaba al espectáculo. Se trataba de otro ninja, que descendía con una cuerda negra, aterrizando a pocos metros de Roc Stormer, con la intención de atacarle por la espalda.
Kristina Klotsny supo que tenía que hacer algo, y tenía que hacerlo rápido.
El ninja desenvainaba silenciosamente su katana, mientras avanzaba lentamente hacia la máquina de refrescos. La señorita Klotsny registró el suelo en busca de algún arma, y su mirada se topó con una llave inglesa ensangrentada y etiquetada, que alguien había guardado en el interior de una bolsa de plástico transparente.
Sólo tenía un segundo para alzar la llave inglesa, rezar por que su puntería estuviese a la altura y lanzar la llave inglesa hacia el ninja, invirtiendo en ello todas las fuerzas que le quedaban.
Logró hacerlo en medio segundo. La llave inglesa se clavó en el cráneo del uranita, produciendo un ruido similar al que se oye cuando alguien aplasta a una cucaracha, y el tercer ninja cayó al suelo de inmediato.
Roc Stormer se dio la vuelta alarmado. Reparó primero en la joven que se tambaleaba a sus espaldas. Era la misma que había visto bajo la mesa de la comisaría. Luego encontró, derribado a pocos metros de él, al ninja con la llave inglesa clavada en la cabeza. Comprendió por tanto lo que había sucedido.
Kristina Klotsny palidecía por momentos. Stormer la pasó de largo, serpenteando entre los cadáveres del suelo.
- Gracias - fue lo único que le dijo, mientras registraba a los policías muertos en busca de una pistola cargada de munición.
- De nada - fue lo único que pudo responder una lívida Kristina.
Roc Stormer se agachó junto al cadáver de uno de los ninjas y se apropió de su katana.
- Me llamo Kristina... Kristina Klotsny - dijo ella con voz insegura.
- Pues muchas gracias por su ayuda, Kristina Klotsny - respondió Roc con una voz dura, al tiempo que se metía en el interior de un bar destrozado para tomar prestado un palillo de dientes.
- Ahora soy yo la que necesito su ayuda... - se atrevió a decir la señorita Klotsny.
- Tengo cosas que hacer - contestó Stormer, llevándose el palillo de dientes a la boca, y dándole una patada a una lata de refresco que había escapado de la malparada máquina.
- Si me ayuda... creo que conozco una manera de intentar arreglar... todo esto... - musitó Kristina.
Roc Stormer la miró por el rabillo del ojo, mientras cargaba la pistola automática que había sustraído del cuerpo de un agente.
- Yo arreglo las cosas a mi manera - dijo, y empezó a caminar lentamente hacia la salida del centro comercial, con la katana colgada en la espalda.
Kristina le siguió, tropezándose con las bolsas de los cadáveres.
- ¿Cuál es su nombre? - preguntó al desconocido.
- Roc Stormer - respondió éste, sin volver la cabeza.
- Todo esto ha sido un malentendido, señor Stormer... Y creo que todavía queda una esperanza de solucionarlo. Tengo que ir al Centro de Investigaciones Espaciales, y yo sola no voy a ser capaz de llegar hasta allí.
Roc se detuvo junto a los precintos amarillos. Aquello era una interferencia en sus planes, pero esa mujer le había salvado la vida, y eso genera una especie de deuda de honor entre combatientes.
- Eso está en el otro extremo de la ciudad - comentó con voz áspera el señor Stormer.
La señorita Klotsny asintió con nerviosismo.
Roc Stormer se detuvo a pensar durante un minuto.
- Está bien - dijo al final -. La llevaré hasta el Centro de Investigaciones Espaciales, y allí nos separaremos, ¿entendido?- Entendido -respondió Kristina con una sonrisa un poco estúpida, pero bastante bonita.
Una mujer atravesaba el parque, con pasos apresurados e inseguros, persiguiendo a un Roc Stormer sediento de venganza.
Los ojos de Stormer también reflejaban el brillo de las llamas. Pero las llamas de Roc Stormer surgían de su propio interior. Las ametralladoras, erguidas como prolongaciones de sus propios brazos, buscaban con sus cañones alguna figura negra a la que cubrir de balas.
Se detuvo unos instantes a contemplar lo que quedaba de la ciudad. Los rascacielos que aún permanecían en pie parecían antorchas, y las naves espaciales, que ahora eran más de seis, se paseaban entre ellos, rematando de vez en cuando a algún insensato que gritaba en las ventanas, con la misma meticulosidad de esos pintores que observan detenidamente el cuadro que han pintado y, de repente, aplican una pequeña pincelada en la ramita de un árbol.
El aire cálido de la destrucción se estrelló contra la cara de Roc Stormer. Quedaba mucho trabajo por hacer, pero por algún sitio había que empezar. “El camino más largo se empieza con un solo paso”. Eso era lo que decían aquellos condenados orientales en el campo de concentración, cuando los obligaban a cavar su propia fosa común.
De pronto Roc reanudó la marcha. Había decidido cuál iba a ser el punto de partida de su venganza. Había averiguado cuál tenía que ser necesariamente ese punto de partida. Sus botas militares hicieron crujir las ramas carbonizadas y se encaminaron sin perder un minuto hacia el centro comercial que habían pisado aquella misma tarde.
Kristina Klotsny perseguía al justiciero todo lo rápido que podía. Le dolía el estómago a causa del flato. Roc Stormer caminaba demasiado rápido, y ella no se atrevía a llamar su atención con un grito, por miedo a que ese grito llamase también la atención de los asesinos de las espadas negras.
De todos modos, no encontraron en su camino ningún ninja, aunque todo parecía indicar que habían pasado por allí: Los cadáveres de perros y personas en las aceras, las farolas rotas, los semáforos ardiendo...
Las luces de neón del centro comercial agonizaban con un persistente tic nervioso. Kristina llegó a él justo en el momento en que Roc Stormer atravesaba las puertas automáticas que, milagrosamente, todavía funcionaban.
Kristina se detuvo para recuperar el aliento. Apoyó su mano en uno de los escaparates del edificio, y sintió un agudo dolor. Advirtió así que el cristal del escaparate estaba roto. El pequeño corte de su mano manchó el cristal de sangre, y a través del filtro rojo de la sangre, la señorita Klotsny pudo ver el interior del escaparate. Numerosos televisores, desordenados y rotos a causa de los temblores... Algunos todavía funcionaban, y en sus pantallas, las noticias de los telediarios luchaban contra las interferencias.
“El planeta se encuentra en alerta roja”, decía la locutora del noticiario. “Los misteriosos invasores han ocupado todas las capitales de los cinco continentes, sembrando el caos y la destrucción por motivos que desconocemos todavía. Las autoridades mundiales están en vilo. A continuación, retransmitimos en directo las palabras que está a punto de pronunciar Arthur McKensy, nuestro presidente de origen mahorí.”
Precedida por una interferencia, apareció en las pantallas de todos los televisores que seguían con vida la figura del viejo Arthur McKensy. Vestía con su habitual traje azul, pero la corbata estaba peor atada que de costumbre. Su cara estaba cubierta por grotescas rayas de colores que parecían pinturas de guerra mahoríes.
“Estimados ciudadanos”, saludó el presidente con su cálido tono de voz. “La parte más dura de ser el presidente de una nación no es tener que asistir a esa gilipollez de cenas benéficas en pro de los niños tercermundistas. No... La parte más dura es tener que dar las malas noticias. Y hoy no tengo más remedio que darlas... Según los informes de la N.A.S.A y el Pentágono, los objetos volantes no identificados que atravesaron nuestra atmósfera a las 20:14 del día de hoy han despegado... del planeta Urano. Según las interpretaciones de nuestros expertos, el ataque que estamos sufriendo es tan sólo una avanzadilla. Nuestros radio-telescopios detectan una flota numerosa de platillos volantes que se aproxima a la Tierra con velocidad de crucero. Dentro de unas horas no habrá un solo rincón del planeta que no esté ensombrecido por las naves espaciales del enemigo.” El presidente McKensy metió las manos bajo su escritorio y sacó una lata de gasolina. Abrió el tapón de la lata y empezó a rociar su cuerpo con el inflamable contenido. “Estamos todos condenados”, fue lo último que dijo, y se prendió fuego con un zippo de plata. Los altavoces de los televisores retransmitían los gritos de los asesores de imagen, que contemplaban con horror cómo su presidente corría por el despacho oval, envuelto en llamas.
Medio minuto después, la agotada señorita Klotsny vio cómo se abría una puerta en una de las casas cercanas. Un hombre calvo y barrigudo salió al exterior, con una camisa a cuadros y una lata del gasolina en la mano.
- ¡Sigamos el ejemplo de nuestro presidente! - gritó el ciudadano - ¡El fuego es la única salvación!
A continuación se prendió fuego y empezó a correr calle abajo, envuelto en llamas.
En el interior de los edificios del barrio empezaron a escucharse cosas tales como:
- ¡Tiene razón! ¡No dejaremos que esos cabrones nos cojan vivos! ¡Bertha, tráete la lata de gasolina del garaje!
- Vamos, niños, vamos a seguir el ejemplo del presidente McKensy - se oía a través de otra de las ventanas.
- Pero papá... yo no quiero quemarme... - decía la voz de una pequeña niña.
- ¡Dónde está tu patriotismo, maldita desagradecida! - gruñía su padre.
En poco más de un minuto la calle estaba salpicada de cuerpos ardiendo que corrían hacia el fondo de la calle gritando el nombre del presidente suicida.
Al otro lado de las puertas automáticas del centro comercial, Roc Stormer se abría paso entre los cristales rotos del suelo. Había una dependienta destripada en el mostrador de cada tienda. Los probadores tenían cortinas agujereadas por los shurikens, y más allá de las cortinas, un espejo roto, manchado, teñido de rojo... y un cliente más insatisfecho que nunca.
Llegó al patio central del edificio. Unos precintos policiales amarillos se interpusieron en su camino. Él los pasó por debajo y accedió al lamentable espectáculo del interior. El resplandor rojo de una máquina de refrescos de cola iluminaba los cadáveres repartidos por el suelo.
Veintiséis de aquellos cadáveres habían sido cosa suya. Estaban encerrados en bolsas de plástico, y una tiza había marcado en el suelo sus patéticas siluetas. El resto de los cadáveres testimoniaba una forma de morir mucho más desagradable. Eran cadáveres de agentes, enfermeros, médicos forenses...
En medio de aquella matanza, un musculoso ninja alienígena permanecía de pie, observando un objeto que había cogido del suelo: una llave inglesa, con una etiqueta en el mango, que estaba encerrada también en una bolsita de plástico.
Roc Stormer avanzó hacia el uranita, alzando los cañones de sus ametralladoras. Cuando estuvo lo suficientemente cerca de él, le dijo:
- Eh, tú, gilipollas...
El ninja levantó la cabeza, sorprendido.
- Existen dos clases de ninjas en este mundo: Los que se cruzan en el camino de Roc Stormer y los que no se cruzan en el camino de Roc Stormer. Dentro de dos segundos vas a tener la oportunidad de averiguar cuáles son los más afortunados.
El ninja se llevó la mano a la solapa, en busca de una de sus estrellas afiladas, pero Stormer fue más rápido en apretar el gatillo.
- Ratatatatatatatá - dijeron las dos uzis al unísono.
El derrotado ninja bailó el vals de la epilepsia y se desmoronó, aumentando el número de cadáveres del patio del centro comercial.
La llave inglesa también chocó en el suelo con un sonoro CLINK, y Roc Stormer paseó la mirada por el local, con los cañones de las ametralladoras humeando como tazas de chocolate hirviendo.
Sonó de repente un silbido a sus espaldas. Roc Stormer tuvo el tiempo justo para apartarse unos centímetros. Un shuriken pasó girando por el lugar en el que él había estado un décima de segundo antes, y se clavó en el suelo.
Roc se dio la vuelta con brusquedad. En el piso de arriba, detrás de las barandillas, una figura negra e imprecisa se movía con rapidez hacia el extremo opuesto del recinto. Roc intentó apuntarle con sus cañones, pero había desaparecido... Llegó hasta él un ruido sordo que se generaba a sus espaldas. Se volvió con rapidez, pero la silueta se deslizaba a considerable velocidad entre las barandillas del piso superior. Trató de seguir al escurridizo rival con sus disparos, pero sólo logró romper aún más los cristales de los escaparates, que se derramaron por las barandillas hasta la planta baja.
Roc dedicó una milésima de segundo de atención a los cristales rotos, y durante esa milésima sucedió todo: Un shuriken surgió de entre las sombras, cercenando los dos cañones de sus armas. Y al mismo tiempo, comenzó a escucharse un ruido metálico en los peldaños de las escaleras mecánicas. El ninja bajaba por ellas dando veloces volteretas, y antes de que Stormer pudiese reaccionar, saltó el ninja hacia él y le dio una fuerte patada en el pecho con sus pies de dos dedos.
Roc Stormer salió disparado hacia atrás, tropezó con una de sus propias víctimas y cayó al suelo. Se levantó rápido, pero mientras lo hacía el ninja ya le lanzaba un segundo golpe, y Roc sólo lo pudo detener a medias. El sonido de una espada desenvainándose lo hizo retroceder instintivamente hacia atrás. El ninja comenzó a asestar certeros espadazos. Roc los esquivaba como podía, retrocediendo hacia la pared del fondo. Los ojos del uranita brillaban con sadismo. Había conseguido acorralar a su presa.
Pero lo que el ninja no sabía era que a Roc Stormer le interesaba llegar hasta aquella pared. Cuando estuvieron a pocos pasos de la misma, fueron los ojos de Roc los que resplandecieron con sadismo. Mientras el uranita le atacaba con su espada, Stormer lo rodeó, le agarró su negro brazo con una mano, lo cogió por la nuca con la otra... y lo estampó con fuerza contra la máquina de refrescos de cola.
El ninja chocó violentamente contra la máquina, atravesando el caparazón de la misma. Unas chispas eléctricas se encendieron en el interior, y el cuerpo del alienígena empezó a sacudirse debido a las descargas. Unos gorjeos inhumanos reverberaban en el interior de la máquina, entre un concierto de chispas y de humo.
Roc Stormer se acercó a la máquina, tiró del enchufe que la mantenía conectada a la corriente eléctrica... y se acercó al cuerpo inconsciente del ninja. Con una fuerza brutal, empezó a estampar la cabeza negra contra el interior de la máquina. Las latas de cola y el cráneo extraterrestre se destrozaban mutuamente, y la sangre del bicho se confundía con el contenido de los refrescos de cola, pues ambos eran del mismo color.
Cuando la señorita Klotsny llegó al patio del centro comercial, estuvo a punto de vomitar ante el dantesco panorama. El suelo alfombrado de cadáveres, los cuerpos sembrados de cristales rotos... y un ex-combatiente perturbado que estampaba una y otra vez los restos de un uranita contra las latas de refresco de una máquina apagada.
Por si aquello fuera poco, Kristina advirtió cómo un nuevo ingrediente se sumaba al espectáculo. Se trataba de otro ninja, que descendía con una cuerda negra, aterrizando a pocos metros de Roc Stormer, con la intención de atacarle por la espalda.
Kristina Klotsny supo que tenía que hacer algo, y tenía que hacerlo rápido.
El ninja desenvainaba silenciosamente su katana, mientras avanzaba lentamente hacia la máquina de refrescos. La señorita Klotsny registró el suelo en busca de algún arma, y su mirada se topó con una llave inglesa ensangrentada y etiquetada, que alguien había guardado en el interior de una bolsa de plástico transparente.
Sólo tenía un segundo para alzar la llave inglesa, rezar por que su puntería estuviese a la altura y lanzar la llave inglesa hacia el ninja, invirtiendo en ello todas las fuerzas que le quedaban.
Logró hacerlo en medio segundo. La llave inglesa se clavó en el cráneo del uranita, produciendo un ruido similar al que se oye cuando alguien aplasta a una cucaracha, y el tercer ninja cayó al suelo de inmediato.
Roc Stormer se dio la vuelta alarmado. Reparó primero en la joven que se tambaleaba a sus espaldas. Era la misma que había visto bajo la mesa de la comisaría. Luego encontró, derribado a pocos metros de él, al ninja con la llave inglesa clavada en la cabeza. Comprendió por tanto lo que había sucedido.
Kristina Klotsny palidecía por momentos. Stormer la pasó de largo, serpenteando entre los cadáveres del suelo.
- Gracias - fue lo único que le dijo, mientras registraba a los policías muertos en busca de una pistola cargada de munición.
- De nada - fue lo único que pudo responder una lívida Kristina.
Roc Stormer se agachó junto al cadáver de uno de los ninjas y se apropió de su katana.
- Me llamo Kristina... Kristina Klotsny - dijo ella con voz insegura.
- Pues muchas gracias por su ayuda, Kristina Klotsny - respondió Roc con una voz dura, al tiempo que se metía en el interior de un bar destrozado para tomar prestado un palillo de dientes.
- Ahora soy yo la que necesito su ayuda... - se atrevió a decir la señorita Klotsny.
- Tengo cosas que hacer - contestó Stormer, llevándose el palillo de dientes a la boca, y dándole una patada a una lata de refresco que había escapado de la malparada máquina.
- Si me ayuda... creo que conozco una manera de intentar arreglar... todo esto... - musitó Kristina.
Roc Stormer la miró por el rabillo del ojo, mientras cargaba la pistola automática que había sustraído del cuerpo de un agente.
- Yo arreglo las cosas a mi manera - dijo, y empezó a caminar lentamente hacia la salida del centro comercial, con la katana colgada en la espalda.
Kristina le siguió, tropezándose con las bolsas de los cadáveres.
- ¿Cuál es su nombre? - preguntó al desconocido.
- Roc Stormer - respondió éste, sin volver la cabeza.
- Todo esto ha sido un malentendido, señor Stormer... Y creo que todavía queda una esperanza de solucionarlo. Tengo que ir al Centro de Investigaciones Espaciales, y yo sola no voy a ser capaz de llegar hasta allí.
Roc se detuvo junto a los precintos amarillos. Aquello era una interferencia en sus planes, pero esa mujer le había salvado la vida, y eso genera una especie de deuda de honor entre combatientes.
- Eso está en el otro extremo de la ciudad - comentó con voz áspera el señor Stormer.
La señorita Klotsny asintió con nerviosismo.
Roc Stormer se detuvo a pensar durante un minuto.
- Está bien - dijo al final -. La llevaré hasta el Centro de Investigaciones Espaciales, y allí nos separaremos, ¿entendido?- Entendido -respondió Kristina con una sonrisa un poco estúpida, pero bastante bonita.
CAPÍTULO 3
- Iremos en moto - anunció Roc Stormer, mientras sus brazos fornidos levantaban del suelo una motocicleta que había quedado derribada en medio de la calzada.
El tubo de escape se pronunció con un rugido, y el vehículo partió, con Roc al manillar y la señorita Klotsny abrazada al conductor.
Los platillos volantes seguían ensañándose con lo que quedaba de los rascacielos. De vez en cuando, un trozo de edificio que colisionaba con la calzada ponía a prueba los reflejos de Stormer.
Aunque Roc evitaba la calzada siempre que podía. Era más seguro conducir por las aceras e incluso en algunas ocasiones, por el interior de los edificios. Todo era preferible a llamar la atención de los platillos destructores.
Había hecho un pacto con la señorita Klotsny, y no quedaba más remedio que cumplirlo. Ya tendría tiempo de arriesgarse con los uranitas una vez hubiese dejado a su acompañante sana y salva en el Centro de Investigaciones Espaciales.
Y lo cierto es que ella, mientras la moto recorría el asfalto a velocidad de vértigo, no imaginaba un lugar en el que pudiese sentirse más segura que abrazada a la camiseta manchada de sangre de aquel hombre.
Los semáforos se habían vuelto locos, pero de todos modos nadie parecía dispuesto a respetarlos. Los pocos ciudadanos que aún estaban vivos corrían como ratas en un barco que se hunde. Las calles principales estaban colapsadas, pero eso nunca ha sido un serio problema para un buen motorista.
Y Roc Stormer ya había conducido motocicletas en el frente.
Los ninjas no habían reparado en ellos por el momento. La moto corría demasiado. Y yo diría que los uranitas estaban más interesados en asaltar guarderías, examinar los extraños artículos de los sex-shops, y llenar de shurikens a los cientos de infelices que, imitando el ejemplo de su presidente, salían a las calles con un vestido de rojizas llamas.
- ¡Cuidado! - chilló Kristina Klotsny cuando corrían por el pavimento deteriorado de una acera.
A pocos metros de ellos, un ninja uranita se interponía en la trayectoria de la moto. Estaba sentado en el suelo de rodillas, con los ojos cerrados, la espalda recta y las manos descansando junto al abdomen con las palmas colocadas una sobre la otra y los dos pulgares unidos, apuntando hacia arriba.
La postura recordaba bastante a los retratos de los budas. Pero en principio no fue eso lo que pasó por la cabeza de los dos pasajeros de la moto. Lo que pasó por sus cabezas fue: “Mierda”.
Stormer dio un volantazo justo a tiempo. La moto pasó rozando al ninja con una ráfaga de viento. El absorto uranita, que hasta aquel momento no había reparado en la presencia de nuestros amigos, abrió los ojos y se incorporó con rapidez.
Sí... “Mierda” era sin duda el pensamiento adecuado.
Los shurikens empezaron a volar hacia ellos. Roc daba bandazos con la moto para intentar esquivarlos, mientras, con una de sus manos, sacaba la pistola y apuntaba hacia la cabeza del ninja, guiándose por la imagen reflejada en el retrovisor.
Sonó un disparo. La bala de Roc Stormer se abrió paso entre la lluvia de estrellas y acertó al ninja entre los ojos (aquella había sido la última vez que los había abierto).
A partir de entonces, los dos motoristas tuvieron los ojos más abiertos, y eso les ayudó a darse cuenta de que había más ninjas en esa curiosa postura de los budas. Normalmente lo hacían en los lugares más escondidos, en los rincones más discretos... Otros lo hacían en las ramas de los árboles... Y algunos, los más temerarios, se arrodillaban, cerrados ambos ojos, en plena acera, como el que habían dejado atrás con una bala entre los sesos.
El Centro de Investigaciones Espaciales ya no estaba muy lejos. Se distinguía en la lejanía, con sus llamativas antenas parabólicas y sus paredes ofensivamente blancas. Por ello mismo resultaba inexplicable que todavía no lo hubiese atacado ningún platillo. Los científicos que deliberaban entre aquellas blancas paredes sólo encontraban una posible explicación: Tal vez los uranitas percibían la realidad de una forma diferente. Tal vez según sus cánones perceptivos el Centro de Investigaciones Espaciales era un edificio discreto.
De todos modos, un regimiento del ejército se había aposentado en los alrededores para intentar proteger el edificio, ya que en su interior se refugiaban las mentes más brillantes que había dado el siglo.
Aquel día, sin embargo, por brillantes que fueran, se mostraban incapaces de salir de su asombro.
Todos habían sido congregados en uno de los laboratorios principales. Escuchaban con desmedido interés la ponencia del doctor Wilhelm Heisennhöffer. Cabeza cuadrada, anteojos cuadrados, peinado a raya. Su mandíbula prominente soltaba las palabras arrastrando las “erres”.
- Y ahorra, querridos compañieros, desearría mostrrarrles algo.
Extrajo del bolsillo de su bata una cajita blindada y unas pinzas. Abrió la caja y sacó de ella, con las pinzas, uno de los shurikens negros de los alienígenas.
- Este ejemplarr arrojadisa ha sido recogida porr los hombrres del corronel Casey - informó el doctor Heisennhöffer mientras alzaba la metálica estrella por encima de su cabeza. Los demás científicos seguían el artilugio con la “mirrada”. - Perrmitanme haserr ante ustedes un pequeño demostrrasión. ¿Me prresta su cafeterra, señorr Smitzh?
El conserje Smith, con su eterna expresión de mal humor, depositó su cafetera metálica sobre la mesa de trabajo.
- Obserrven - dijo el doctor Heisennhöffer. A continuación, lanzó las estrella hacia la cafetera con muchísima suavidad, sin imprimirle fuerza alguna.
La estrella giró lentamente en el aire, como una hoja desprendida de la rama de un árbol, y al llegar al armazón metálico de la cafetera, lo atravesó sin problema alguno, dejando tras de sí un corte limpísimo por el que se empezó a escapar el café del recipiente.
- Ohhhhhhhhh!! - exclamaron todos visiblemente impresionados. Todos menos el conserje Smith, que se acababa de quedar sin “cafeterra”.
Stanley Whitman, becario informático de veintidós años de edad, interrumpió su trabajo con el software de las antenas parabólicas y expresó su admiración con un vocablo que generó más de una mirada de reprobación dirigida hacia su persona. Sintiéndose un genio incomprendido de las palabras necias, volvió a refugiarse en el monitor del ordenador mientras la estrella ninja aterrizaba en la mesa de trabajo.
- Cerrcena cualquierr cosa como si fuerra de papel - hizo saber el doctor alemán. - Es el materria prrima de sus arrmas. Prrobablemente algún tipo de minerral desconosida extrraída de las canterras de Urrano. Sus prropiedades son asombrrosas, al parr que letales. He desidido bautisarrla con el nombrre de URRANINA.
- Uranina... - masculló el esquelético Niccolas Zann, acariciando su huesudo mentón con una mano igual de huesuda.
- ¿Y eso qué significa? - preguntó levantándose de la silla el joven científico de la chaqueta beige.
- Significa que el bueno de Darius estaba en lo cierto - respondió el veterano Fletcher Adams, mesándose la barba (cosa que sólo hacía cuando no entendía algo o cuando algo le tenía preocupado).
Todos callaron. Todos agacharon la cabeza. Todos miraban de reojo el mapa estelar colgado en la pared; aquel mapa estelar que habían rescatado del aula del profesor Klotsny, en el que un pequeño punto les devolvía la mirada con gesto desafiante.
Un pitido desagradable interrumpió sus cavilaciones. Era el altavoz del interfono.
- ¡¡Unos desconocidos piden entrar al edificio, señor!! - gritó la voz de un soldado al otro lado de la línea - ¡¡El visitante hembra afirma ser hija de un tal Darius Klotsny!!
Todos se miraron con cara de idiota. Alguna taza de café se cayó de la mano que la sostenía.
- Hágala pasar - ordenó Niccolas Zann -. Inmediatamente.
Los soldados abrieron las verjas del edificio y dejaron pasar a nuestros dos amigos[1]. La katana de uranina y la pistola de Roc Stormer fueron temporalmente confiscadas.
Veinte minutos más tarde, Roc Stormer se tomaba una taza de café caliente mientras la señorita Klotsny terminaba de contar a los científicos lo que había sucedido con su incomprendido padre.
Todos se llevaban las manos a la boca.
- Espero que esto nos sirva la próxima vez para escuchar con una mentalidad más abierta - fue lo único que pudo decir Zann cuando Kristina terminó su relato.
- No habrá próxima vez - añadía la voz amarga del viejo Fletcher Adams.
Entonces fue Kristina la que dio un paso adelante e hizo sonar su voz tímida en el laboratorio.
- La máquina de la que les he hablado debe estar todavía en el laboratorio de mi padre. ¿No podían ustedes utilizarla para mandar un mensaje al planeta Urano y... arreglar las cosas?
- ¿Arreglar las cosas? - repitió con impotencia el doctor Zann -. En primer lugar, necesitaríamos años para averiguar los códigos lingüísticos de los uranitas. Rosetta 2 sería el único medio de descifrar con rapidez el lenguaje de esos asesinos... y esa tabla ha ido a parar con su padre al fondo de la fosa de San Lewis. Eso la sitúa a unos...
- 24 quilómetros de profundidad - dijo el becario informático desde su terminal de ordenador.
Niccolas Zann recompensó al becario con una mirada de aversión.
- Sí... 24 quilómetros de aguas repletas de peligros - continuó Zann -. No existe forma humana de llegar hasta allí abajo...
- Sí que existe - volvió a interrumpir Stanley Whitman (Stan para los amigos) recaudando con ello, una vez más, las miradas de antipatía de todos aquellos científicos. Con sus batas blancas curtidas tras años de investigación, no podían soportar que un informático novato vestido con un polo de color verde les intentase corregir.
Todas las miradas se clavaron en Whitman. Todas menos la de Roc Stormer, que sólo pensaba en terminarse su café y largarse de allí para impartir justicia a su manera.
Esta vez Stanley Whitman no se dio por vencido.
- Hay un submarino en esta ciudad capaz de descender hasta el fondo de San Lewis. ¿Es que no leen ustedes los panfletos?
Aquellos hombres de ciencias se encendieron de indignación. ¿Ellos, autores de tantos gruesos libros científicos, leer panfletos?
- ¿Y cuál es ese submarrino, señorr Whittmann? - prrreguntó el doctorrr Wilhelm Heissenhöffer.
- El Winona II - contestó el becario con una sonrisa que mostraba impúdicamente un descuidado aparato dental. Sus dedos entrenados golpearon un par de teclas, y en el monitor de los ordenadores apareció la imagen, sacada de internet, de un pequeño submarino militar, que venía acompañada de un texto explicatorio:
“Mide tan sólo cinco metros de punta a punta, y tiene capacidad para albergar a dos personas en su interior. El submarino experimental Winona II, desarrollado por el departamento de investigación y desarrollo de las fuerzas armadas, está diseñado con materiales que le permiten alcanzar en su inmersión los 25.000 metros de profundidad. Actualmente se encuentra en fase de experimentación, refugiado en las dársenas de la base militar de Ratstone, junto a la fosa abisal de San Lewis, que reúne en su ecosistema todas las condiciones necesarias para bla, bla, bla, bla...”
- ¡Por todos los demonios! Y lo tenemos aquí... en la mismísima base de Ratstone - masculló el doctor Zann. A continuación apretó un botón del interfono y habló con el soldado del otro lado de la línea - Dígale al coronel Casey que se presente inmediatamente en el laboratorio.
Roc Stormer apuró el café de su vaso de plástico, y empezó a pasearse por el laboratorio, en busca de una papelera en el que arrojarlo antes de irse.
- Sí... podría funcionar. ¿Por qué no? - aventuraba uno de los científicos.
No había ninguna papelera a la vista. Roc dejó el vaso en una de las mesas y empezó a caminar hacia la salida. La señorita Klotsny lo seguía con la mirada. Por alguna extraña razón, no quería verle marchar. Sabía que se iba a empezar a sentir desamparada en el mismo momento en que saliese por la puerta.
En su cabeza de “bicho raro” se asomó la idea de abandonar a los colegas de su padre y perseguir a Roc Stormer, fuese a donde fuese.
- Miren el mapa de la bahía - decía un joven científico -. La casa de Darius Klotsny está a menos de mil metros de la base de Ratstone. Simplemente hay que pasar a recoger el transmisor-Alfa y luego, en el viaje de vuelta, la base militar nos pillaría de camino. Si el doctor Zann redacta una petición, Ratstone pondrá en funcionamiento el Winona II, y podremos buscar con él la tabla del profesor Klotsny. ¿Por qué me miran todos así? Ya sé que no es precisamente fácil, pero ciertamente podría ser más complicado de lo que es...
- ¿Es que no ha escuchado usted el último boletín de noticias? - le preguntó Niccolas Zann.
- No. ¿Qué sucede?
- Los ninjas han conquistado la base militar de Ratstone. Debe de haber cientos de ellos allí.
Roc Stormer se detuvo en seco a pocos pasos del umbral de la puerta. Lentamente, comenzó a girar la cabeza hacia los que hablaban.
- Oh, vaya... - se lamentó el joven científico -. En ese caso no es difícil... es imposible...
- Tenemos que entrar en la base y quitarles el submarino - dijo la voz áspera de Roc Stormer.
Todos los hombres de aquella habitación contemplaron con curiosidad a aquel individuo que no había pronunciado una sola palabra desde su entrada.
- ¿Quién demonios es usted? - interrogó el doctor Zann.
- Stormer - contestó el justiciero mientras avanzaba hacia ellos -. Roc Stormer.
La señorita Klotsny experimentó una extraña alegría al comprobar que Roc Stormer se alejaba de la puerta de salida.
- ¡Intentar entrar en la base, con todos esos... bichos dentro! ¡Sería un suicidio! - hizo notar el joven científico.
- Entraremos por la puerta principal - anunció Stormer -. Eso nos dará ventaja.
- ¿Atacar la puerta principal? Es la mayor insensatez que he oído en muchos años. - dijo una voz autoritaria a las espaldas de Roc. Acababa de entrar en la habitación un militar maduro, de barbilla cuadrada y sonrisa similar a una mueca de estreñimiento. Las medallas acribillaban la chaqueta de su uniforme verde. - Atacaremos por el conducto de ventilación. Hay que pillarles de improviso.
- Con el debido respeto, señor. - fueron las siguientes palabras de Stormer -. Esos condenados piensan de forma totalmente distinta a como pensamos usted y yo. Atáqueles por la espalda, y su mente traicionera ya lo habrá previsto. En cambio, jamás podrán sospechar que alguien pueda entrar por la puerta principal. Son así de jodidamente retorcidos, señor.
- La estrategia no es un juego de niños, muchacho - dijo el recién llegado -. Yo llevo más de treinta años ganando guerras, así que no necesito que nadie me aconseje con ideas absurdas.
- El coronel Casey tiene razón, señor Stormer - intercedió el doctor Zann -. Tiene sobrada experiencia en este tipo de operaciones.
- Yo también la tengo - aseguró Roc -. Conozco bien a esos malnacidos. Estuve cuatro meses en un campo de concentración japonés. Me sé de memoria todas las costumbres de esos cabrones...
- Señor Stormer, le agradeceríamos que cuidase su lengua - le pidió Fletcher Adams.
- Cuatro meses observándolos, estudiándolos, sufriéndolos... Me obligaban a comer ostras oligofrénicas. Solamente un retorcido hijo de puta obliga a alguien a comer ostras oligofrénicas. Sé muy bien de lo que hablo...
- Según parece, señor Stormer, lo único que no aprendió usted con los japoneses es la disciplina - señaló el coronel Casey -. Yo soy el oficial al mando, y si usted quiere participar en esta operación, tendrá que someterse a mis órdenes.
- Sí, señor... - respondió con su voz áspera Roc Stormer mientras arrojaba sobre el coronel una mirada de despecho.
El coronel Casey se acercó al monitor que mostraba la imagen del submarino.
- Asaltaremos la base y tomaremos el submarino - dijo -. Tras ello, dos de mis hombres descenderán a la fosa abisal en busca de la tabla, mientras el resto del comando recupera el transmisor. Usted, muestre el mapa de la bahía en la pantalla - añadió dirigiéndose a Stanley Whitman.
- Yo soy informático, no topógrafo. No se me permite extralimitarme en mis funciones.
Niccolas Zann dirigió al joven una mirada severa. Finalmente, el informático aporreó el teclado y el mapa de la bahía apareció en el monitor.
El coronel Casey sacó una especie de batuta de uno de los múltiples bolsillos de su pantalón de campaña.
- La base de Ratstone está aquí - empezó a decir el coronel -. Nos introduciremos por la red de metro y nos adueñaremos de uno de los trenes de la línea 7. Nos detendremos en esta estación. - la señaló en el monitor con su batuta -. A la izquierda de las vías existe una rejilla que comunica directamente con los conductos de ventilación de la base.
- ¿A quién se le ocurre construir una base militar que conecta directamente con las vías del metro? - fue la inoportuna pregunta del becario informático.
- El metro no estaba allí cuando se construyó la base - contestó el coronel con voz resentida y un tic nervioso en el ojo -. Y esto que les estoy contando es información reservada. No debe salir de esta habitación. El enemigo no vigilará los conductos de ventilación. Eso es seguro. Nos arrastraremos hasta las dársenas y allí escaparemos con el Winona II y con los equipos de submarinismo de Ratstone.
- Sigo pensando que deberíamos entrar por la puerta delantera - interrumpió Stormer.
- ¡Nadie le ha pedido su opinión! - contestó, irritado, el coronel Casey.
Roc Stormer decidió retornar a su mutismo. El coronel Casey continuó con su discurso.
- Las compuertas de las dársenas están cerradas mediante un mecanismo controlado por sistemas computerizados.
- ¿Y cómo piensan abrirlas? - quiso saber el doctor Zann.
- Nos llevaremos al informático - fue la respuesta del coronel.
- ¡¿Qué!?
La vocecilla que hizo esa última pregunta pertenecía al becario Stanley Whitman.
- No, no, no, no, no... yo no soy informático... Yo soy sólo un becario... Es más, ¡odio la maldita informática! ¡Detesto los ordenadores! M-me metí en esto porque decían que se encontraba trabajo... y mire el trabajo de mierda que tengo...
- Pero, ¿se considera capaz de abrir las compuertas de las dársenas? - le preguntó el coronel.
Con una vocecilla de ratón asustado, el becario Stanley Whitman tuvo que reconocer que:
- Sí.
- Entonces no se hable más, muchacho. Su país le necesita. La señorita también vendrá con nosotros.
- ¿Yo? - Kristina Klotsny alzó la cabeza, sorprendida.
- Sí, usted - contestó Walter Casey -. Necesitaremos a alguien que tenga tetas y que chille en los momentos de peligro para entretener al público. Y, por lo que parece, usted es la única mujer presente en esta sala. A no ser, señor Zann, que exista alguna mujer entre su equipo científico...
- Por supuesto que no - respondió el doctor Zann indignado -. Éste es un centro eminentemente machista.
En ese momento, el científico de la chaqueta beige exclamó:
- ¡Eh, que alguien suba el volumen de la tele!
En un rincón del laboratorio había una televisión encendida a la que nadie hacía demasiado caso.
El conserje Smith subió el volumen con el mando a distancia.
“Los invasores han sitiado todas las escuelas de nin-jutsu del país. Los maestros ninjas terrícolas han sido salvajemente torturados ante las puertas de sus escuelas. Una horrible forma de morir, sin duda alguna. Igualmente horrible es el dolor de los casi 1600 ciudadanos que han decidido inmolarse, imitando con este comportamiento a nuestro difunto presidente Arthur McKensy, y bla, bla, bla...”
Mientras la locutora hablaba, la pantalla mostraba una imagen en la que un grupo de personas corría por un parque, envueltas en llamas, pasando a pocos metros de un ninja que permanecía indiferente a todo, en esa posición de ojos cerrados y espalda erguida que Roc y Kristina ya habían presenciado.
- ¡Nosotros vimos a varios como ése! - dijo la señorita Klotsny señalando al ninja arrodillado en el suelo.
- Mokuso - comentaban entre sí los cinco científicos japoneses.
- ¿Por qué adoptarán tan peculiar comportamiento? - se preguntaba el anciano Fletcher, mesándose la barba de manera compulsiva.
Nadie parecía capaz de contestar a la pregunta. Todos, desde el más reputado premio Nobel hasta el malhumorado conserje Smith; desde el director Niccolas Zann hasta el coronel Walter Casey, observaban el fenómeno con el mismo gesto de incomprensión grabado en la cara.
- ¡Un momento! - exclamó el joven de la chaqueta beige -. Observen lo que sucede cada vez que los inmolados pasan cerca del uranita.
- ¿A qué se refiere? - preguntó el doctor Zann.
- Las llamas aumentan de tamaño cuando se acercan al ninja - señaló chaqueta-beige con una sonrisa en la cara -. ¿No lo comprenden? El fuego se alimenta por el aumento de oxígeno. Eso quiere decir que el uranita está desprendiendo oxígeno hacia la atmósfera.
- ¿Y a dónde nos lleva eso? - inquirió Fletcher Adams.
- ¡Está clarísimo! - respondió chaqueta-beige -. ¡El ninja está haciendo la fotosíntesis!
Todos comprendieron al instante, de forma repentina.
- ¡De modo que así es como se alimentan! - exclamó para sí mismo el veterano Fletcher Adams.
- La fotosíntesis... realizan la fotosíntesis...
- ¿Tendrá un origen vegetal la vida inteligente de Urano?
- Hay una cosa clara - concluyó el coronel Casey -. Si el enemigo come, eso quiere decir que tiene debilidades. Las aprovecharemos, y venceremos - aseguró con su amplia sonrisa de estreñimiento.
Kristina Fletcher digirió esas palabras sin estar completamente segura de que contuviesen la verdad.Instintivamente, sus ojos se desviaron hacia los de Roc Stormer. Él también la miraba a ella. No habían intercambiado muchas palabras durante el tiempo que llevaban juntos, pero allí, con una sola mirada, los dos supieron que estaban pensando lo mismo.
El tubo de escape se pronunció con un rugido, y el vehículo partió, con Roc al manillar y la señorita Klotsny abrazada al conductor.
Los platillos volantes seguían ensañándose con lo que quedaba de los rascacielos. De vez en cuando, un trozo de edificio que colisionaba con la calzada ponía a prueba los reflejos de Stormer.
Aunque Roc evitaba la calzada siempre que podía. Era más seguro conducir por las aceras e incluso en algunas ocasiones, por el interior de los edificios. Todo era preferible a llamar la atención de los platillos destructores.
Había hecho un pacto con la señorita Klotsny, y no quedaba más remedio que cumplirlo. Ya tendría tiempo de arriesgarse con los uranitas una vez hubiese dejado a su acompañante sana y salva en el Centro de Investigaciones Espaciales.
Y lo cierto es que ella, mientras la moto recorría el asfalto a velocidad de vértigo, no imaginaba un lugar en el que pudiese sentirse más segura que abrazada a la camiseta manchada de sangre de aquel hombre.
Los semáforos se habían vuelto locos, pero de todos modos nadie parecía dispuesto a respetarlos. Los pocos ciudadanos que aún estaban vivos corrían como ratas en un barco que se hunde. Las calles principales estaban colapsadas, pero eso nunca ha sido un serio problema para un buen motorista.
Y Roc Stormer ya había conducido motocicletas en el frente.
Los ninjas no habían reparado en ellos por el momento. La moto corría demasiado. Y yo diría que los uranitas estaban más interesados en asaltar guarderías, examinar los extraños artículos de los sex-shops, y llenar de shurikens a los cientos de infelices que, imitando el ejemplo de su presidente, salían a las calles con un vestido de rojizas llamas.
- ¡Cuidado! - chilló Kristina Klotsny cuando corrían por el pavimento deteriorado de una acera.
A pocos metros de ellos, un ninja uranita se interponía en la trayectoria de la moto. Estaba sentado en el suelo de rodillas, con los ojos cerrados, la espalda recta y las manos descansando junto al abdomen con las palmas colocadas una sobre la otra y los dos pulgares unidos, apuntando hacia arriba.
La postura recordaba bastante a los retratos de los budas. Pero en principio no fue eso lo que pasó por la cabeza de los dos pasajeros de la moto. Lo que pasó por sus cabezas fue: “Mierda”.
Stormer dio un volantazo justo a tiempo. La moto pasó rozando al ninja con una ráfaga de viento. El absorto uranita, que hasta aquel momento no había reparado en la presencia de nuestros amigos, abrió los ojos y se incorporó con rapidez.
Sí... “Mierda” era sin duda el pensamiento adecuado.
Los shurikens empezaron a volar hacia ellos. Roc daba bandazos con la moto para intentar esquivarlos, mientras, con una de sus manos, sacaba la pistola y apuntaba hacia la cabeza del ninja, guiándose por la imagen reflejada en el retrovisor.
Sonó un disparo. La bala de Roc Stormer se abrió paso entre la lluvia de estrellas y acertó al ninja entre los ojos (aquella había sido la última vez que los había abierto).
A partir de entonces, los dos motoristas tuvieron los ojos más abiertos, y eso les ayudó a darse cuenta de que había más ninjas en esa curiosa postura de los budas. Normalmente lo hacían en los lugares más escondidos, en los rincones más discretos... Otros lo hacían en las ramas de los árboles... Y algunos, los más temerarios, se arrodillaban, cerrados ambos ojos, en plena acera, como el que habían dejado atrás con una bala entre los sesos.
El Centro de Investigaciones Espaciales ya no estaba muy lejos. Se distinguía en la lejanía, con sus llamativas antenas parabólicas y sus paredes ofensivamente blancas. Por ello mismo resultaba inexplicable que todavía no lo hubiese atacado ningún platillo. Los científicos que deliberaban entre aquellas blancas paredes sólo encontraban una posible explicación: Tal vez los uranitas percibían la realidad de una forma diferente. Tal vez según sus cánones perceptivos el Centro de Investigaciones Espaciales era un edificio discreto.
De todos modos, un regimiento del ejército se había aposentado en los alrededores para intentar proteger el edificio, ya que en su interior se refugiaban las mentes más brillantes que había dado el siglo.
Aquel día, sin embargo, por brillantes que fueran, se mostraban incapaces de salir de su asombro.
Todos habían sido congregados en uno de los laboratorios principales. Escuchaban con desmedido interés la ponencia del doctor Wilhelm Heisennhöffer. Cabeza cuadrada, anteojos cuadrados, peinado a raya. Su mandíbula prominente soltaba las palabras arrastrando las “erres”.
- Y ahorra, querridos compañieros, desearría mostrrarrles algo.
Extrajo del bolsillo de su bata una cajita blindada y unas pinzas. Abrió la caja y sacó de ella, con las pinzas, uno de los shurikens negros de los alienígenas.
- Este ejemplarr arrojadisa ha sido recogida porr los hombrres del corronel Casey - informó el doctor Heisennhöffer mientras alzaba la metálica estrella por encima de su cabeza. Los demás científicos seguían el artilugio con la “mirrada”. - Perrmitanme haserr ante ustedes un pequeño demostrrasión. ¿Me prresta su cafeterra, señorr Smitzh?
El conserje Smith, con su eterna expresión de mal humor, depositó su cafetera metálica sobre la mesa de trabajo.
- Obserrven - dijo el doctor Heisennhöffer. A continuación, lanzó las estrella hacia la cafetera con muchísima suavidad, sin imprimirle fuerza alguna.
La estrella giró lentamente en el aire, como una hoja desprendida de la rama de un árbol, y al llegar al armazón metálico de la cafetera, lo atravesó sin problema alguno, dejando tras de sí un corte limpísimo por el que se empezó a escapar el café del recipiente.
- Ohhhhhhhhh!! - exclamaron todos visiblemente impresionados. Todos menos el conserje Smith, que se acababa de quedar sin “cafeterra”.
Stanley Whitman, becario informático de veintidós años de edad, interrumpió su trabajo con el software de las antenas parabólicas y expresó su admiración con un vocablo que generó más de una mirada de reprobación dirigida hacia su persona. Sintiéndose un genio incomprendido de las palabras necias, volvió a refugiarse en el monitor del ordenador mientras la estrella ninja aterrizaba en la mesa de trabajo.
- Cerrcena cualquierr cosa como si fuerra de papel - hizo saber el doctor alemán. - Es el materria prrima de sus arrmas. Prrobablemente algún tipo de minerral desconosida extrraída de las canterras de Urrano. Sus prropiedades son asombrrosas, al parr que letales. He desidido bautisarrla con el nombrre de URRANINA.
- Uranina... - masculló el esquelético Niccolas Zann, acariciando su huesudo mentón con una mano igual de huesuda.
- ¿Y eso qué significa? - preguntó levantándose de la silla el joven científico de la chaqueta beige.
- Significa que el bueno de Darius estaba en lo cierto - respondió el veterano Fletcher Adams, mesándose la barba (cosa que sólo hacía cuando no entendía algo o cuando algo le tenía preocupado).
Todos callaron. Todos agacharon la cabeza. Todos miraban de reojo el mapa estelar colgado en la pared; aquel mapa estelar que habían rescatado del aula del profesor Klotsny, en el que un pequeño punto les devolvía la mirada con gesto desafiante.
Un pitido desagradable interrumpió sus cavilaciones. Era el altavoz del interfono.
- ¡¡Unos desconocidos piden entrar al edificio, señor!! - gritó la voz de un soldado al otro lado de la línea - ¡¡El visitante hembra afirma ser hija de un tal Darius Klotsny!!
Todos se miraron con cara de idiota. Alguna taza de café se cayó de la mano que la sostenía.
- Hágala pasar - ordenó Niccolas Zann -. Inmediatamente.
Los soldados abrieron las verjas del edificio y dejaron pasar a nuestros dos amigos[1]. La katana de uranina y la pistola de Roc Stormer fueron temporalmente confiscadas.
Veinte minutos más tarde, Roc Stormer se tomaba una taza de café caliente mientras la señorita Klotsny terminaba de contar a los científicos lo que había sucedido con su incomprendido padre.
Todos se llevaban las manos a la boca.
- Espero que esto nos sirva la próxima vez para escuchar con una mentalidad más abierta - fue lo único que pudo decir Zann cuando Kristina terminó su relato.
- No habrá próxima vez - añadía la voz amarga del viejo Fletcher Adams.
Entonces fue Kristina la que dio un paso adelante e hizo sonar su voz tímida en el laboratorio.
- La máquina de la que les he hablado debe estar todavía en el laboratorio de mi padre. ¿No podían ustedes utilizarla para mandar un mensaje al planeta Urano y... arreglar las cosas?
- ¿Arreglar las cosas? - repitió con impotencia el doctor Zann -. En primer lugar, necesitaríamos años para averiguar los códigos lingüísticos de los uranitas. Rosetta 2 sería el único medio de descifrar con rapidez el lenguaje de esos asesinos... y esa tabla ha ido a parar con su padre al fondo de la fosa de San Lewis. Eso la sitúa a unos...
- 24 quilómetros de profundidad - dijo el becario informático desde su terminal de ordenador.
Niccolas Zann recompensó al becario con una mirada de aversión.
- Sí... 24 quilómetros de aguas repletas de peligros - continuó Zann -. No existe forma humana de llegar hasta allí abajo...
- Sí que existe - volvió a interrumpir Stanley Whitman (Stan para los amigos) recaudando con ello, una vez más, las miradas de antipatía de todos aquellos científicos. Con sus batas blancas curtidas tras años de investigación, no podían soportar que un informático novato vestido con un polo de color verde les intentase corregir.
Todas las miradas se clavaron en Whitman. Todas menos la de Roc Stormer, que sólo pensaba en terminarse su café y largarse de allí para impartir justicia a su manera.
Esta vez Stanley Whitman no se dio por vencido.
- Hay un submarino en esta ciudad capaz de descender hasta el fondo de San Lewis. ¿Es que no leen ustedes los panfletos?
Aquellos hombres de ciencias se encendieron de indignación. ¿Ellos, autores de tantos gruesos libros científicos, leer panfletos?
- ¿Y cuál es ese submarrino, señorr Whittmann? - prrreguntó el doctorrr Wilhelm Heissenhöffer.
- El Winona II - contestó el becario con una sonrisa que mostraba impúdicamente un descuidado aparato dental. Sus dedos entrenados golpearon un par de teclas, y en el monitor de los ordenadores apareció la imagen, sacada de internet, de un pequeño submarino militar, que venía acompañada de un texto explicatorio:
“Mide tan sólo cinco metros de punta a punta, y tiene capacidad para albergar a dos personas en su interior. El submarino experimental Winona II, desarrollado por el departamento de investigación y desarrollo de las fuerzas armadas, está diseñado con materiales que le permiten alcanzar en su inmersión los 25.000 metros de profundidad. Actualmente se encuentra en fase de experimentación, refugiado en las dársenas de la base militar de Ratstone, junto a la fosa abisal de San Lewis, que reúne en su ecosistema todas las condiciones necesarias para bla, bla, bla, bla...”
- ¡Por todos los demonios! Y lo tenemos aquí... en la mismísima base de Ratstone - masculló el doctor Zann. A continuación apretó un botón del interfono y habló con el soldado del otro lado de la línea - Dígale al coronel Casey que se presente inmediatamente en el laboratorio.
Roc Stormer apuró el café de su vaso de plástico, y empezó a pasearse por el laboratorio, en busca de una papelera en el que arrojarlo antes de irse.
- Sí... podría funcionar. ¿Por qué no? - aventuraba uno de los científicos.
No había ninguna papelera a la vista. Roc dejó el vaso en una de las mesas y empezó a caminar hacia la salida. La señorita Klotsny lo seguía con la mirada. Por alguna extraña razón, no quería verle marchar. Sabía que se iba a empezar a sentir desamparada en el mismo momento en que saliese por la puerta.
En su cabeza de “bicho raro” se asomó la idea de abandonar a los colegas de su padre y perseguir a Roc Stormer, fuese a donde fuese.
- Miren el mapa de la bahía - decía un joven científico -. La casa de Darius Klotsny está a menos de mil metros de la base de Ratstone. Simplemente hay que pasar a recoger el transmisor-Alfa y luego, en el viaje de vuelta, la base militar nos pillaría de camino. Si el doctor Zann redacta una petición, Ratstone pondrá en funcionamiento el Winona II, y podremos buscar con él la tabla del profesor Klotsny. ¿Por qué me miran todos así? Ya sé que no es precisamente fácil, pero ciertamente podría ser más complicado de lo que es...
- ¿Es que no ha escuchado usted el último boletín de noticias? - le preguntó Niccolas Zann.
- No. ¿Qué sucede?
- Los ninjas han conquistado la base militar de Ratstone. Debe de haber cientos de ellos allí.
Roc Stormer se detuvo en seco a pocos pasos del umbral de la puerta. Lentamente, comenzó a girar la cabeza hacia los que hablaban.
- Oh, vaya... - se lamentó el joven científico -. En ese caso no es difícil... es imposible...
- Tenemos que entrar en la base y quitarles el submarino - dijo la voz áspera de Roc Stormer.
Todos los hombres de aquella habitación contemplaron con curiosidad a aquel individuo que no había pronunciado una sola palabra desde su entrada.
- ¿Quién demonios es usted? - interrogó el doctor Zann.
- Stormer - contestó el justiciero mientras avanzaba hacia ellos -. Roc Stormer.
La señorita Klotsny experimentó una extraña alegría al comprobar que Roc Stormer se alejaba de la puerta de salida.
- ¡Intentar entrar en la base, con todos esos... bichos dentro! ¡Sería un suicidio! - hizo notar el joven científico.
- Entraremos por la puerta principal - anunció Stormer -. Eso nos dará ventaja.
- ¿Atacar la puerta principal? Es la mayor insensatez que he oído en muchos años. - dijo una voz autoritaria a las espaldas de Roc. Acababa de entrar en la habitación un militar maduro, de barbilla cuadrada y sonrisa similar a una mueca de estreñimiento. Las medallas acribillaban la chaqueta de su uniforme verde. - Atacaremos por el conducto de ventilación. Hay que pillarles de improviso.
- Con el debido respeto, señor. - fueron las siguientes palabras de Stormer -. Esos condenados piensan de forma totalmente distinta a como pensamos usted y yo. Atáqueles por la espalda, y su mente traicionera ya lo habrá previsto. En cambio, jamás podrán sospechar que alguien pueda entrar por la puerta principal. Son así de jodidamente retorcidos, señor.
- La estrategia no es un juego de niños, muchacho - dijo el recién llegado -. Yo llevo más de treinta años ganando guerras, así que no necesito que nadie me aconseje con ideas absurdas.
- El coronel Casey tiene razón, señor Stormer - intercedió el doctor Zann -. Tiene sobrada experiencia en este tipo de operaciones.
- Yo también la tengo - aseguró Roc -. Conozco bien a esos malnacidos. Estuve cuatro meses en un campo de concentración japonés. Me sé de memoria todas las costumbres de esos cabrones...
- Señor Stormer, le agradeceríamos que cuidase su lengua - le pidió Fletcher Adams.
- Cuatro meses observándolos, estudiándolos, sufriéndolos... Me obligaban a comer ostras oligofrénicas. Solamente un retorcido hijo de puta obliga a alguien a comer ostras oligofrénicas. Sé muy bien de lo que hablo...
- Según parece, señor Stormer, lo único que no aprendió usted con los japoneses es la disciplina - señaló el coronel Casey -. Yo soy el oficial al mando, y si usted quiere participar en esta operación, tendrá que someterse a mis órdenes.
- Sí, señor... - respondió con su voz áspera Roc Stormer mientras arrojaba sobre el coronel una mirada de despecho.
El coronel Casey se acercó al monitor que mostraba la imagen del submarino.
- Asaltaremos la base y tomaremos el submarino - dijo -. Tras ello, dos de mis hombres descenderán a la fosa abisal en busca de la tabla, mientras el resto del comando recupera el transmisor. Usted, muestre el mapa de la bahía en la pantalla - añadió dirigiéndose a Stanley Whitman.
- Yo soy informático, no topógrafo. No se me permite extralimitarme en mis funciones.
Niccolas Zann dirigió al joven una mirada severa. Finalmente, el informático aporreó el teclado y el mapa de la bahía apareció en el monitor.
El coronel Casey sacó una especie de batuta de uno de los múltiples bolsillos de su pantalón de campaña.
- La base de Ratstone está aquí - empezó a decir el coronel -. Nos introduciremos por la red de metro y nos adueñaremos de uno de los trenes de la línea 7. Nos detendremos en esta estación. - la señaló en el monitor con su batuta -. A la izquierda de las vías existe una rejilla que comunica directamente con los conductos de ventilación de la base.
- ¿A quién se le ocurre construir una base militar que conecta directamente con las vías del metro? - fue la inoportuna pregunta del becario informático.
- El metro no estaba allí cuando se construyó la base - contestó el coronel con voz resentida y un tic nervioso en el ojo -. Y esto que les estoy contando es información reservada. No debe salir de esta habitación. El enemigo no vigilará los conductos de ventilación. Eso es seguro. Nos arrastraremos hasta las dársenas y allí escaparemos con el Winona II y con los equipos de submarinismo de Ratstone.
- Sigo pensando que deberíamos entrar por la puerta delantera - interrumpió Stormer.
- ¡Nadie le ha pedido su opinión! - contestó, irritado, el coronel Casey.
Roc Stormer decidió retornar a su mutismo. El coronel Casey continuó con su discurso.
- Las compuertas de las dársenas están cerradas mediante un mecanismo controlado por sistemas computerizados.
- ¿Y cómo piensan abrirlas? - quiso saber el doctor Zann.
- Nos llevaremos al informático - fue la respuesta del coronel.
- ¡¿Qué!?
La vocecilla que hizo esa última pregunta pertenecía al becario Stanley Whitman.
- No, no, no, no, no... yo no soy informático... Yo soy sólo un becario... Es más, ¡odio la maldita informática! ¡Detesto los ordenadores! M-me metí en esto porque decían que se encontraba trabajo... y mire el trabajo de mierda que tengo...
- Pero, ¿se considera capaz de abrir las compuertas de las dársenas? - le preguntó el coronel.
Con una vocecilla de ratón asustado, el becario Stanley Whitman tuvo que reconocer que:
- Sí.
- Entonces no se hable más, muchacho. Su país le necesita. La señorita también vendrá con nosotros.
- ¿Yo? - Kristina Klotsny alzó la cabeza, sorprendida.
- Sí, usted - contestó Walter Casey -. Necesitaremos a alguien que tenga tetas y que chille en los momentos de peligro para entretener al público. Y, por lo que parece, usted es la única mujer presente en esta sala. A no ser, señor Zann, que exista alguna mujer entre su equipo científico...
- Por supuesto que no - respondió el doctor Zann indignado -. Éste es un centro eminentemente machista.
En ese momento, el científico de la chaqueta beige exclamó:
- ¡Eh, que alguien suba el volumen de la tele!
En un rincón del laboratorio había una televisión encendida a la que nadie hacía demasiado caso.
El conserje Smith subió el volumen con el mando a distancia.
“Los invasores han sitiado todas las escuelas de nin-jutsu del país. Los maestros ninjas terrícolas han sido salvajemente torturados ante las puertas de sus escuelas. Una horrible forma de morir, sin duda alguna. Igualmente horrible es el dolor de los casi 1600 ciudadanos que han decidido inmolarse, imitando con este comportamiento a nuestro difunto presidente Arthur McKensy, y bla, bla, bla...”
Mientras la locutora hablaba, la pantalla mostraba una imagen en la que un grupo de personas corría por un parque, envueltas en llamas, pasando a pocos metros de un ninja que permanecía indiferente a todo, en esa posición de ojos cerrados y espalda erguida que Roc y Kristina ya habían presenciado.
- ¡Nosotros vimos a varios como ése! - dijo la señorita Klotsny señalando al ninja arrodillado en el suelo.
- Mokuso - comentaban entre sí los cinco científicos japoneses.
- ¿Por qué adoptarán tan peculiar comportamiento? - se preguntaba el anciano Fletcher, mesándose la barba de manera compulsiva.
Nadie parecía capaz de contestar a la pregunta. Todos, desde el más reputado premio Nobel hasta el malhumorado conserje Smith; desde el director Niccolas Zann hasta el coronel Walter Casey, observaban el fenómeno con el mismo gesto de incomprensión grabado en la cara.
- ¡Un momento! - exclamó el joven de la chaqueta beige -. Observen lo que sucede cada vez que los inmolados pasan cerca del uranita.
- ¿A qué se refiere? - preguntó el doctor Zann.
- Las llamas aumentan de tamaño cuando se acercan al ninja - señaló chaqueta-beige con una sonrisa en la cara -. ¿No lo comprenden? El fuego se alimenta por el aumento de oxígeno. Eso quiere decir que el uranita está desprendiendo oxígeno hacia la atmósfera.
- ¿Y a dónde nos lleva eso? - inquirió Fletcher Adams.
- ¡Está clarísimo! - respondió chaqueta-beige -. ¡El ninja está haciendo la fotosíntesis!
Todos comprendieron al instante, de forma repentina.
- ¡De modo que así es como se alimentan! - exclamó para sí mismo el veterano Fletcher Adams.
- La fotosíntesis... realizan la fotosíntesis...
- ¿Tendrá un origen vegetal la vida inteligente de Urano?
- Hay una cosa clara - concluyó el coronel Casey -. Si el enemigo come, eso quiere decir que tiene debilidades. Las aprovecharemos, y venceremos - aseguró con su amplia sonrisa de estreñimiento.
Kristina Fletcher digirió esas palabras sin estar completamente segura de que contuviesen la verdad.Instintivamente, sus ojos se desviaron hacia los de Roc Stormer. Él también la miraba a ella. No habían intercambiado muchas palabras durante el tiempo que llevaban juntos, pero allí, con una sola mirada, los dos supieron que estaban pensando lo mismo.
CAPÍTULO 4
Si hubiese quedado alguien vivo en los alrededores del distrito 743, habría podido ver cómo los soldados del coronel Walter Casey se introducían, uno a uno, por la boca del metro.
Parecían un reguero de hormigas, bajando a paso ligero las sucias escaleras con sus cascos de camuflaje y el tintineo metálico de sus armas de fuego.
El interior presentaba una oscuridad de caverna de ogro. La corriente eléctrica había dejado de funcionar, y las linternas militares iluminaban débilmente los despojos del pánico colectivo.
Saltaron las barreras, dejaron atrás las taquillas... y confiscaron un tren que había quedado detenido en el andén.
Mientras un grupo de soldados volvía a poner en funcionamiento el generador de la corriente eléctrica, los demás obligaban a abandonar los vagones a los aterrorizados mendigos que habían entrado en el vehículo en búsqueda de amparo.
Krintina Klotsny, Stan Whitman y Roc Stormer caminaban entre los guerreros uniformados, sin decir una palabra.
La katana de uranina de Stormer había sido confiscada por los científicos, que esperaban obtener de su estudio alguna conclusión útil. A Roc no le importaba demasiado. Ahora era un soldado más, y como tal, portaba una ametralladora con bayoneta colgada del hombro, un machete de supervivencia en su cinturón, y unas cuantas granadas de mano.
Los otros dos no iban armados. Whitman sólo llevaba una expresión de desolación en la cara y diez dedos para manejar el teclado. Kristina sólo llevaba unas tetas bien formadas y unas cuerdas vocales para gritar.
También las ruedas del tren gritaron al ponerse en marcha. Los túneles se sucedieron uno tras otro, igual de negros que la noche que reinaba sobre ellos; igual de negros que la piel de aquellos extraterrestres monstruosos...
De vez en cuando, un soldado se bajaba para cambiar las horquillas de las vías. Continuamente encontraban otros trenes detenidos, y tenían que trasladarse a una vía paralela para no chocar. Todos los vagones detenidos albergaban a ciudadanos que se habían quedado sin casa, o que no se atrevían a exponerse esa noche ante la mirada sentenciadora de los cielos.
Todos ellos se extrañaban cuando veían pasar aquel tren con los compartimentos repletos de soldados.
Y los soldados hablaban entre sí, en un intento de disimular la tensión del ambiente.
En el vagón número ocho, un soldado pelirrojo de piel lechosa conversaba con su compañero de asiento:
- Cuando todo esto termine pienso comprarme un rancho en Oklahoma. Mi tío criaba vacas en ese estado.
Obviamente, este soldado morirá con un agujero en el estómago antes de que finalice esta novela.
En el vagón contiguo, el informático Stanley Whitman mascullaba maldiciones en un rincón:
- Mierda, mierda, mierda... ¿Por qué coño haría caso a mis padres? Puta informática... Yo siempre quise ser maestro de escuela...
En el rincón opuesto, Roc Stormer observaba en silencio su llavero oxidado. Sus ojos parecían perderse en las profundidades de la grieta que desfiguraba las siglas “R.S”. Tan perdidos estaban, que no advirtieron la presencia de la señorita Klotsny.
- ¿Le tienes mucho aprecio? - preguntó Kristina, sentándose en el asiento de al lado.
- Es lo único que me recuerda que alguna vez fui humano - respondió él sin desviar la mirada del llavero.
Kristina Klotsny quiso decir algunas palabras para suavizar las que había pronunciado Roc Stormer, pero tuvo miedo (como todos los sábados) de pulsar las teclas equivocadas.
Compartieron unos minutos de silencio, mientras el aire veloz, a través de las ventanillas entreabiertas, deslizaba su acento de espectro torturado.
Finalmente, Roc introdujo el llavero en el bolsillo izquierdo del pantalón, y estudió su propio reflejo en el cristal de enfrente. Al lado del suyo, pudo ver el reflejo de su bonita acompañante.
- Estuviste muy bien con la llave inglesa - reconoció Stormer.
Kristina Klotsny sintió cómo sus mejillas se teñían de rojo.
- Mi primer ninja... - fue lo único que alcanzó a decir. Y una risita tonta, y sobre todo nerviosa, empezó a hacer juego con el rubor de sus mejillas. Roc Stormer no reía, así que ella cortó su risa en seco, y desvió hacia el suelo la mirada. - Tú también estuviste genial... en la comisaría...
Roc Stormer no dijo nada. Parecía pensar en otra cosa. Kristina Klotsny se apartó con la mano los pelos de la cara.
- Este tren nos lleva hasta el Infierno, ¿verdad? - preguntó la señorita Klotsny, aunque ya conocía la respuesta.
- Si descarrilase sería menos peligroso - fue la contestación de Roc Stormer.
- ¿Crees que los uranitas escucharán nuestros mensajes de paz? - fue la segunda pregunta de Kristina Klotsny.
- No pienso darles tiempo para escuchar cuando me los encuentre - aseguró la voz áspera de Stormer.
- Tú no vas a Ratstone por el Winona II, ¿verdad?
Roc hurgó en uno de sus bolsillos; sacó de él el palillo de dientes que había sustraído del bar, y se lo llevó a la boca.
Dejando atrás un buen número de estaciones con aspecto de escenarios de post-guerra, el tren atravesó la ciudad de lado a lado, y poco después de pasar de largo una última estación, detuvo su marcha lo más silenciosamente posible.
Instintivamente, los soldados llevaron una mano a la culata de su arma.
Las puertas de los vagones se abrieron. Los soldados salieron al exterior, formando en perfecta línea recta. El coronel se detuvo frente a ellos, y pronunció unas últimas palabras:
- ¡¡Soldados!! - empezó a decir, con sus dientes sonrientes destacando en la oscuridad de los túneles -. El próximo paso que deis hará que vuestras botas dejen de pisar las vías del metro y aterricen en el campo de batalla. ¡Sois el mejor equipo de operaciones especiales de la nación! Dios nos ha brindado esta oportunidad para demostrarlo. Si alguno no se considera capaz de asumir esta misión, tiene mi permiso para desertar y pasar el resto de su existencia reponiendo los estantes de un supermercado, con las tripas roídas por el remordimiento; por el recuerdo de que, cuando su país suplicaba auxilio con gritos de agonía, no supo estar a la altura del cuerpo que lo acogió como a un hijo, que lo entrenó como a un guerrero... Nos arrastraremos por el conducto de ventilación, silenciosos como el planear del águila de nuestra bandera. Y ahora, todos en marcha. ¡Tenemos que rescatar un submarino!
Miró el mapa de la base, que aparecía en la pantalla de su reloj digital.
- Es por aquí - informó, mientras señalaba las tinieblas de su izquierda -. Quiero todas las linternas apagadas. Los mariquitas que tengan miedo a la oscuridad pueden utilizar las gafas de visión nocturna. Stormer, usted quédese en la retaguardia protegiendo al informático y a la chica, mientras nosotros abrimos el camino.
- Sí, señor... - escupió la boca de Stormer con desgana.
Los soldados se internaron en las sombras del túnel, con el coronel a la cabeza. Unas pequeñas lámparas en las paredes del túnel alumbraban tenuemente aquellas entrañas de hormigón.
La rejilla se encontraba a mano derecha, pero a pocos metros de la rejilla había algo que los hizo detenerse. Todos se pusieron las gafas de visión nocturna para asegurarse de que sus ojos no les engañaban. Y lo peor de todo es que no les engañaban: Era un ninja.
- Maldición - susurró Walter Casey -. Tienen la entrada vigilada.
- ¿Cuál es el plan-B, señor? - susurró a su vez el sargento que se encontraba a la derecha del coronel.
- Es solamente uno - contestó Casey -. Dispararemos todos a la vez. A la orden de fuego. Carguen - todos los soldados cargaron sus ametralladoras - apunten... - todos apuntaron hacia la silueta negra que se paseaba por las inmediaciones de la rejilla - ¡¡Fuego!!
Más de cien ametralladoras dispararon sin orden ni concierto, pero ninguna dio en el blanco. El grito de “fuego” había alertado al alienígena, que esquivaba los disparos saltando de pared en pared.
- ¡Mierda! ¡Que no se nos escape! - chillaba el coronel Casey sin dejar de apretar el gatillo - ¡¡Rodeadlo!!
Los soldados obedecieron, y aquella fue la última vez que tuvieron la oportunidad de hacerlo. En menos de un segundo, el ninja había empezado a repartir shurikens... y las mortales estrellas conseguían lo que las balas no lograban. Los soldados de Casey comenzaron a caer uno tras otro. Chillaban como perros atropellados cuando las estrellas atravesaban sus costillas.
El olor de la pólvora se mezclaba con el olor de la sangre. El ninja desenvainó su espada y empezó a saltar con rapidez entre los militares, cortando brazos y cuellos, rajando uniformes y tripas...
Ninguna bala era suficientemente rápida para alcanzar al ninja. El suelo estaba cada vez más lleno de cadáveres. Los pocos soldados que aún no habían sido desmembrados soltaban ráfagas de ametralladora que competían con sus chillidos histéricos. En poco más de un minuto, el ninja había despedazado a todo el regimiento. Ya sólo quedaba en pie el coronel Casey, que corría hacia el ninja, intentando vaciar en él el cargador de su ametralladora, y gritando:
- ¡¡Muere hijo de perraaaaa!!
Entonces, de repente, Walter Casey observó con asombro cómo el ninja caminaba por el aire hacia él. Parecía un milagro, y en cierto modo lo era. Si pudiésemos ver la escena a cámara muy lenta, nos daríamos cuenta de que el ninja apoyaba sus pies en las balas del coronel Casey, saltando en el aire de una bala a otra.
Pero el coronel Walter Casey no era capaz de ver las cosas a cámara lenta, y en realidad lo último que pudo ver fue su propio cuerpo decapitado, mientras la cabeza rodaba por el suelo.
El alienígena tomó impulso en los hombros de aquel organismo sin cabeza, dio una sofisticada voltereta en el aire, y aterrizó con precisión en el suelo regado de cadáveres.
No se dio cuenta hasta el último momento de que había aterrizado a dos centímetros del cañón de Roc Stormer, que le había estado esperando con una sonrisa implacable.
- Niño malo - dijo Roc con cierto sadismo, y vació un cargador entero en la cabeza del ninja.
Desde su escondite, Stan Whitman y Kristina Klotsny contemplaron la muerte del uranita, bajo la luz intermitente de los fogonazos del arma.
Luego vieron cómo Stormer cogía el reloj-mapa de la muñeca del coronel, y cómo avanzaba hacia ellos con el palillo de dientes bailando en la boca.
- Entraremos por la puerta principal - fue lo único que dijo.
Y empezó a caminar hacia la salida del metro.
Parecían un reguero de hormigas, bajando a paso ligero las sucias escaleras con sus cascos de camuflaje y el tintineo metálico de sus armas de fuego.
El interior presentaba una oscuridad de caverna de ogro. La corriente eléctrica había dejado de funcionar, y las linternas militares iluminaban débilmente los despojos del pánico colectivo.
Saltaron las barreras, dejaron atrás las taquillas... y confiscaron un tren que había quedado detenido en el andén.
Mientras un grupo de soldados volvía a poner en funcionamiento el generador de la corriente eléctrica, los demás obligaban a abandonar los vagones a los aterrorizados mendigos que habían entrado en el vehículo en búsqueda de amparo.
Krintina Klotsny, Stan Whitman y Roc Stormer caminaban entre los guerreros uniformados, sin decir una palabra.
La katana de uranina de Stormer había sido confiscada por los científicos, que esperaban obtener de su estudio alguna conclusión útil. A Roc no le importaba demasiado. Ahora era un soldado más, y como tal, portaba una ametralladora con bayoneta colgada del hombro, un machete de supervivencia en su cinturón, y unas cuantas granadas de mano.
Los otros dos no iban armados. Whitman sólo llevaba una expresión de desolación en la cara y diez dedos para manejar el teclado. Kristina sólo llevaba unas tetas bien formadas y unas cuerdas vocales para gritar.
También las ruedas del tren gritaron al ponerse en marcha. Los túneles se sucedieron uno tras otro, igual de negros que la noche que reinaba sobre ellos; igual de negros que la piel de aquellos extraterrestres monstruosos...
De vez en cuando, un soldado se bajaba para cambiar las horquillas de las vías. Continuamente encontraban otros trenes detenidos, y tenían que trasladarse a una vía paralela para no chocar. Todos los vagones detenidos albergaban a ciudadanos que se habían quedado sin casa, o que no se atrevían a exponerse esa noche ante la mirada sentenciadora de los cielos.
Todos ellos se extrañaban cuando veían pasar aquel tren con los compartimentos repletos de soldados.
Y los soldados hablaban entre sí, en un intento de disimular la tensión del ambiente.
En el vagón número ocho, un soldado pelirrojo de piel lechosa conversaba con su compañero de asiento:
- Cuando todo esto termine pienso comprarme un rancho en Oklahoma. Mi tío criaba vacas en ese estado.
Obviamente, este soldado morirá con un agujero en el estómago antes de que finalice esta novela.
En el vagón contiguo, el informático Stanley Whitman mascullaba maldiciones en un rincón:
- Mierda, mierda, mierda... ¿Por qué coño haría caso a mis padres? Puta informática... Yo siempre quise ser maestro de escuela...
En el rincón opuesto, Roc Stormer observaba en silencio su llavero oxidado. Sus ojos parecían perderse en las profundidades de la grieta que desfiguraba las siglas “R.S”. Tan perdidos estaban, que no advirtieron la presencia de la señorita Klotsny.
- ¿Le tienes mucho aprecio? - preguntó Kristina, sentándose en el asiento de al lado.
- Es lo único que me recuerda que alguna vez fui humano - respondió él sin desviar la mirada del llavero.
Kristina Klotsny quiso decir algunas palabras para suavizar las que había pronunciado Roc Stormer, pero tuvo miedo (como todos los sábados) de pulsar las teclas equivocadas.
Compartieron unos minutos de silencio, mientras el aire veloz, a través de las ventanillas entreabiertas, deslizaba su acento de espectro torturado.
Finalmente, Roc introdujo el llavero en el bolsillo izquierdo del pantalón, y estudió su propio reflejo en el cristal de enfrente. Al lado del suyo, pudo ver el reflejo de su bonita acompañante.
- Estuviste muy bien con la llave inglesa - reconoció Stormer.
Kristina Klotsny sintió cómo sus mejillas se teñían de rojo.
- Mi primer ninja... - fue lo único que alcanzó a decir. Y una risita tonta, y sobre todo nerviosa, empezó a hacer juego con el rubor de sus mejillas. Roc Stormer no reía, así que ella cortó su risa en seco, y desvió hacia el suelo la mirada. - Tú también estuviste genial... en la comisaría...
Roc Stormer no dijo nada. Parecía pensar en otra cosa. Kristina Klotsny se apartó con la mano los pelos de la cara.
- Este tren nos lleva hasta el Infierno, ¿verdad? - preguntó la señorita Klotsny, aunque ya conocía la respuesta.
- Si descarrilase sería menos peligroso - fue la contestación de Roc Stormer.
- ¿Crees que los uranitas escucharán nuestros mensajes de paz? - fue la segunda pregunta de Kristina Klotsny.
- No pienso darles tiempo para escuchar cuando me los encuentre - aseguró la voz áspera de Stormer.
- Tú no vas a Ratstone por el Winona II, ¿verdad?
Roc hurgó en uno de sus bolsillos; sacó de él el palillo de dientes que había sustraído del bar, y se lo llevó a la boca.
Dejando atrás un buen número de estaciones con aspecto de escenarios de post-guerra, el tren atravesó la ciudad de lado a lado, y poco después de pasar de largo una última estación, detuvo su marcha lo más silenciosamente posible.
Instintivamente, los soldados llevaron una mano a la culata de su arma.
Las puertas de los vagones se abrieron. Los soldados salieron al exterior, formando en perfecta línea recta. El coronel se detuvo frente a ellos, y pronunció unas últimas palabras:
- ¡¡Soldados!! - empezó a decir, con sus dientes sonrientes destacando en la oscuridad de los túneles -. El próximo paso que deis hará que vuestras botas dejen de pisar las vías del metro y aterricen en el campo de batalla. ¡Sois el mejor equipo de operaciones especiales de la nación! Dios nos ha brindado esta oportunidad para demostrarlo. Si alguno no se considera capaz de asumir esta misión, tiene mi permiso para desertar y pasar el resto de su existencia reponiendo los estantes de un supermercado, con las tripas roídas por el remordimiento; por el recuerdo de que, cuando su país suplicaba auxilio con gritos de agonía, no supo estar a la altura del cuerpo que lo acogió como a un hijo, que lo entrenó como a un guerrero... Nos arrastraremos por el conducto de ventilación, silenciosos como el planear del águila de nuestra bandera. Y ahora, todos en marcha. ¡Tenemos que rescatar un submarino!
Miró el mapa de la base, que aparecía en la pantalla de su reloj digital.
- Es por aquí - informó, mientras señalaba las tinieblas de su izquierda -. Quiero todas las linternas apagadas. Los mariquitas que tengan miedo a la oscuridad pueden utilizar las gafas de visión nocturna. Stormer, usted quédese en la retaguardia protegiendo al informático y a la chica, mientras nosotros abrimos el camino.
- Sí, señor... - escupió la boca de Stormer con desgana.
Los soldados se internaron en las sombras del túnel, con el coronel a la cabeza. Unas pequeñas lámparas en las paredes del túnel alumbraban tenuemente aquellas entrañas de hormigón.
La rejilla se encontraba a mano derecha, pero a pocos metros de la rejilla había algo que los hizo detenerse. Todos se pusieron las gafas de visión nocturna para asegurarse de que sus ojos no les engañaban. Y lo peor de todo es que no les engañaban: Era un ninja.
- Maldición - susurró Walter Casey -. Tienen la entrada vigilada.
- ¿Cuál es el plan-B, señor? - susurró a su vez el sargento que se encontraba a la derecha del coronel.
- Es solamente uno - contestó Casey -. Dispararemos todos a la vez. A la orden de fuego. Carguen - todos los soldados cargaron sus ametralladoras - apunten... - todos apuntaron hacia la silueta negra que se paseaba por las inmediaciones de la rejilla - ¡¡Fuego!!
Más de cien ametralladoras dispararon sin orden ni concierto, pero ninguna dio en el blanco. El grito de “fuego” había alertado al alienígena, que esquivaba los disparos saltando de pared en pared.
- ¡Mierda! ¡Que no se nos escape! - chillaba el coronel Casey sin dejar de apretar el gatillo - ¡¡Rodeadlo!!
Los soldados obedecieron, y aquella fue la última vez que tuvieron la oportunidad de hacerlo. En menos de un segundo, el ninja había empezado a repartir shurikens... y las mortales estrellas conseguían lo que las balas no lograban. Los soldados de Casey comenzaron a caer uno tras otro. Chillaban como perros atropellados cuando las estrellas atravesaban sus costillas.
El olor de la pólvora se mezclaba con el olor de la sangre. El ninja desenvainó su espada y empezó a saltar con rapidez entre los militares, cortando brazos y cuellos, rajando uniformes y tripas...
Ninguna bala era suficientemente rápida para alcanzar al ninja. El suelo estaba cada vez más lleno de cadáveres. Los pocos soldados que aún no habían sido desmembrados soltaban ráfagas de ametralladora que competían con sus chillidos histéricos. En poco más de un minuto, el ninja había despedazado a todo el regimiento. Ya sólo quedaba en pie el coronel Casey, que corría hacia el ninja, intentando vaciar en él el cargador de su ametralladora, y gritando:
- ¡¡Muere hijo de perraaaaa!!
Entonces, de repente, Walter Casey observó con asombro cómo el ninja caminaba por el aire hacia él. Parecía un milagro, y en cierto modo lo era. Si pudiésemos ver la escena a cámara muy lenta, nos daríamos cuenta de que el ninja apoyaba sus pies en las balas del coronel Casey, saltando en el aire de una bala a otra.
Pero el coronel Walter Casey no era capaz de ver las cosas a cámara lenta, y en realidad lo último que pudo ver fue su propio cuerpo decapitado, mientras la cabeza rodaba por el suelo.
El alienígena tomó impulso en los hombros de aquel organismo sin cabeza, dio una sofisticada voltereta en el aire, y aterrizó con precisión en el suelo regado de cadáveres.
No se dio cuenta hasta el último momento de que había aterrizado a dos centímetros del cañón de Roc Stormer, que le había estado esperando con una sonrisa implacable.
- Niño malo - dijo Roc con cierto sadismo, y vació un cargador entero en la cabeza del ninja.
Desde su escondite, Stan Whitman y Kristina Klotsny contemplaron la muerte del uranita, bajo la luz intermitente de los fogonazos del arma.
Luego vieron cómo Stormer cogía el reloj-mapa de la muñeca del coronel, y cómo avanzaba hacia ellos con el palillo de dientes bailando en la boca.
- Entraremos por la puerta principal - fue lo único que dijo.
Y empezó a caminar hacia la salida del metro.
CAPÍTULO 5
Una amenazante luna llena se colaba entre las nubes del cielo, proyectando en la tierra yerma la sombra de los alambres de espino.
La alambrada estaba desgarrada en muchos puntos, como si hubiese sufrido el zarpazo de alguna fiera gigante. Los tres supervivientes se colaron en Ratstone aprovechando una de esas grietas.
Roc Stormer estaba en lo cierto: La entrada principal no estaba vigilada.
Las pocas torretas de vigilancia que se mantenían en pie estaban vacías. El patio desierto era un paisaje de jeeps volcados con las ruedas ardiendo, cadáveres de soldados, y tanques que se habían convertido en charcos de metal fundido.
No demasiado lejos de allí, las olas de la fosa abisal de San Lewis recitaban advertencias con su voz ronca.
- El submarino debe de estar allí - hizo saber Roc, consultando el mapa del coronel y señalando hacia un hangar construido junto a la bahía -. Nos acercaremos por el lateral, amparados por las paredes de los barracones.
El becario del Centro de Investigaciones Espaciales y la taquillera del Teatro Octopus obedecieron sin rechistar.
Los barracones eran cuartuchos de paredes metálicas. Las puertas estaban entreabiertas, los goznes chirriaban siniestramente a causa del viento. Kristina consiguió reprimir su grito a tiempo cuando vio, tirada en el suelo a pocos metros de una de las puertas, una mano amputada.
Fue entonces cuando empezó a experimentar la sensación de que aquel silencio no podía anunciar nada bueno.
Roc apartó la mano de una patada y empezó a bordear los barracones con la bayoneta apuntando hacia el frente. Caminaban lentamente, procurando no producir ningún ruido. Los tres eran conscientes de que aquella tranquilidad no era normal. De vez en cuando un ruido los alertaba, y Stormer apuntaba con su cañón hacia la fuente del ruido. Pero normalmente se trataba de ratas y perros callejeros, que arrancaban los ojos de los soldados muertos o hacían bailar las tapas metálicas de los cubos de basura.
Los oídos entrenados de Stormer trabajaban a pleno rendimiento, intentando descifrar alguna amenaza entre los silbidos del viento.
Pero nada peligroso escucharon hasta haber dejado atrás unos ocho barracones. Fue entonces cuando Stormer hizo un gesto con la mano para que los otros dos se detuvieran. En el interior de uno de los barracones se había escuchado un gorjeo. Roc se aproximó en silencio a la puerta del barracón, y allí se mantuvo oculto con la espalda pegada a la fría pared de metal.
Stan y Kristina permanecían paralizados a pocos metros de la puerta. No fueron capaces de reaccionar cuando un estilizado ninja se asomó por la puerta y demostró haberlos visto llevándose la mano a la solapa.
Afortunadamente para ellos, Roc Stormer sí reaccionó. Aplastó la cabeza del ninja con la culata de su arma, y antes de que éste pudiese recuperarse, lo estampó en el suelo mediante una proyección y le atravesó la garganta con la bayoneta.
La sangre oscura del alienígena se derramó en silencio sobre el lecho de guijarros.
Lo bueno de luchar contra los uranitas era comprobar la extrema fragilidad de sus cuerpos. Eran blandos e inconsistentes, como cucarachas membranosas.
- Este tío comienza a acojonarme - murmuró Stan Whitman, mientras intentaba abrazarse a la señorita Klotsny.
Un imprevisto concierto de gorjeos alienígenas rompió la monotonía de las olas del mar.
- A cubierto - ordenó de repente Roc Stormer, indicándoles que se metieran en el barracón.
Se escondieron en el interior a todo correr, mientras Stormer arrastraba con ellos el cadáver del ninja.
Una vez ocultos, pudieron observar a través de las ventanas cómo algunos uranitas abandonaban algunos de los barracones y se dirigían (cómo no) hacia el enorme hangar que, según los planos, guardaba el submarino.
- ¿Será posible que tengamos tan mala suerte? - se atrevió a comentar Whitman.
- Shhhhhhh - le amonestó Kristina.
Los tres tuvieron el detalle de respirar lo menos posible hasta que todos los alienígenas desaparecieron de la vista.
El informático fue el primero en hablar:
- Bueno, aquí acaba todo... Se jodió el asunto... Misión fallida, caso archivado, control ALT suprimir...
- ¡No podemos dejarlo ahora! - exclamó Kristina Klotsny con un amago de lágrima en el ojo -. Si no encontramos la Rosetta 2, destrozarán el planeta...
- Seamos realistas: Estamos hablando de una tabla de menos de medio metro cuadrado sumergida a 24.000 metros de profundidad. Será casi imposible de encontrar. En el improbable caso de que demos con ella, habrá que interpretarla... y una vez que consigamos hacerlo, ¿qué haremos? ¿Mandarles un mensaje que diga: “Lo siento, señores de Urano. Todo fue un malentendido. ¿Qué tal si nos perdonan?”. Este plan ha sido descabellado desde el principio. Y ahora, después de ver cómo se comportan estos seres, me he dado cuenta de que las probabilidades de éxito son ínfimas.
- Pero son lo único que tenemos. Es nuestra única esperanza... - argumentó la señorita Klotsny.
- Mi esperanza más inmediata es no acabar descuartizado en un hangar militar.
Roc Stormer los interrumpió con unas palabras cargadas de firmeza:
- Ellos no saben dónde estamos nosotros, y nosotros sí sabemos dónde están ellos. Eso nos da ventaja.
- ¿Ventaja? ¿Cómo puedes hablar de ventaja después de haber visto el espectáculo de las vías del metro?
- Yo me voy a ese hangar - dijo Stormer. - Si no quieres venir, explícame cómo se abren las puertas, y lárgate.
Stan Whitman agachó la cabeza.
- Hay que introducir un comando RCP en el DTH del CPU-6. Si los circuitos secundarios están configurados en paralelo, habrá que invertir el sentido de lectura del LPTQ para invalidar la clave de acceso del... qué coño... ¿Cómo quieres que te lo explique en cinco minutos, si tardé tres años en aprobar el puto examen? No me miréis así... No... esa mirada es chantaje emocional... Dejadlo ya, tíos... Mierda... Por qué me hacéis esto...
Ninguno de los dos le respondió. Simplemente salieron los tres en silencio, conscientes de la locura que se disponían a cometer, aunque cada uno afrontaba esa locura de manera diferente.
Llegaron a la puerta del gigantesco hangar. Estaba oculta tras dos helicópteros, semejantes a libélulas heridas, con las aspas rotas; con los cristales de las cabinas hechos añicos...
Se detuvieron al amparo de una de las máquinas.
- Puede que cuando entremos no volvamos a tener más oportunidades de discutir el plan, así que prestad atención: Tú buscarás el ordenador que abre las puertas de las dársenas. Nosotros te cubriremos. Cuando encontremos el submarino, lo echaremos al agua. Tiene capacidad para dos personas. Tendréis que subiros en él y aprender a manejarlo como podáis. No creo que tenga un manual de instrucciones en la guantera.
- ¿Qué harás tú? - preguntó, preocupada, la señorita Klotsny.
- Tengo que arreglar asuntos personales.
- Esto me pasa por estudiar informática...
Roc cogió del suelo ametralladoras que los dueños ya no podían reclamar. Entregó una a cada compañero, y dijo en voz alta:
- Que empiece el boogie-boogie.
Se asomaron a la puerta del hangar, con la intención de disparar contra el primer ninja que reparara en ellos. Pero en el interior del recinto no encontraron exactamente lo que esperaban.
- Están haciendo la fotosíntesis - susurró una asombrada Kristina lo más bajo que pudo.
Efectivamente. El hangar estaba ocupado por dos filas de ninjas, sentados los unos en frente de los otros, de rodillas, con la espalda erguida, los pulgares unidos, los ojos cerrados...
Al fondo del hangar, más allá de las dos filas de uranitas, había una enorme puerta blindada y una mesa con un pequeño terminal de ordenador.
- Así que éste es el comedor... y ésta la hora de la cena... - susurró el informático.
- Recemos para que no sea un simple tentempié - añadió Kristina Klotsny.
- Según el mapa aquella puerta blindada comunica con las dársenas - fue la aportación de un siempre pragmático Roc Stormer. - ¿Crees que podrás abrirla? - interrogó al informático.
- Qué remedio...
- Andando - ordenó Stormer.
Dejaron la puerta a sus espaldas, y tal vez con ella la última posibilidad de escape. Empezaron a atravesar el hangar, procurando no pisar el suelo con demasiada fuerza. Eran conscientes de que en cualquier momento alguno de aquellos ninjas podía abrir los ojos (o tal vez todos...).
Por eso los dedos no se separaban de los gatillos.
Andando tan despacio, el maldito hangar parecía interminable. Ahora se encontraban justo en el centro de la habitación. El momento adecuado para soltar un estornudo, pensó Stan Whitman. Pero no... no iba a hacerles esa putada a sus compañeros. No iba a hacerse esa putada a sí mismo... Pero el solo hecho de pensarlo ya le producía cosquillas en la nariz. “No joder, no... No hagas eso, Stan... No tendría ni puta gracia”. No lo había pasado tan mal desde que aquella chica del instituto le dijo: “Te prefiero como amigo”.
- Ah... ahhhh...
Kristina Klotsny le tapó la boca justo a tiempo. Los tres miraron a su alrededor, para comprobar que los ninjas continuaban haciendo la fotosíntesis. Ninguno había abierto los ojos, gracias a Dios...
Acto seguido, las miradas se dirigieron, cargadas de odio, hacia Stanley Whitman. El propio Whitman se abría mirado del mismo modo de haber tenido los ojos fuera de su cuerpo. Y como precisamente quería seguir conservándolos en las cuencas oculares, siguió avanzando sin pensar en estornudos.
Kristina nunca había tenido un arma de fuego en la mano. El metal de la ametralladora se hacía resbaladizo a causa del sudor. Se preguntaba cuánto duraría el proceso de fotosíntesis de los ninjas de Urano. Se decía a sí misma que si se habían reunido todos de forma tan ceremoniosa, probablemente la cosa fuera para largo. Pero... ¿y si había intermedios en los que abrían los ojos? ¿Y si la fotosíntesis constaba de primer plato, segundo plato y postre? ¿Y si ellos tres estaban destinados a ser el postre? “Aprende, mamá. Esta es la manera de suicidarse en condiciones. Mucho más original que la inyección de lejía”.
Por fin llegaron junto a la puerta blindada. En el tablero de metal de la mesa, el pequeño ordenador permanecía encendido, con un salva-pantallas de las fuerzas armadas.
Roc y Kristina centraron su atención en las dos filas de ninjas, dispuestos a disparar al menor indicio de alarma. Aunque allí parecía haber más ninjas que balas...
Stan Whitman movió el ratón para desactivar el salva-pantallas y se puso manos a la obra. Trabajaba con lentitud, pues no se atrevía a teclear deprisa. Tenía miedo de que el ruido de las teclas generase ecos en las paredes enormes y desnudas y despertase a los arrodillados alienígenas.
Cuando todo estuvo debidamente configurado, le dio al ordenador la orden de ejecutar. En el monitor apareció una ventanita de aviso:
“Advertencia: Esta aplicación ha dejado de responder al sistema. Verifique las coordenadas de la unidad en cierre”.
Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue que, acompañando a la aparición del cuadro de diálogos, el altavoz del ordenador emitió un sonoro: PLINKK.
Similares a dos hileras de luciérnagas, los ojos de los ninjas se empezaron a encender, como antorchas que se contagiaban el fuego unas a otras.
- ¡Puto Windows! - maldijo Stanley Whitman.
Roc Stormer empezó a disparar antes de que los ninjas reaccionasen. Acribilló a un buen número de ellos, pero los demás tuvieron tiempo de incorporarse. Los shurikens abandonaron las solapas negras.
El informático se escondió instintivamente debajo de la mesa, llevándose consigo el teclado para seguir trabajando a ciegas.
Roc arrastró a la señorita Klotsny al suelo para salvarla de las estrellas ninja. Luego siguió mandando ninjas al Infierno.
Kristina Klotsny luchaba por encontrar el gatillo de su arma.
- ¿Por qué no se abre esa maldita puerta? - preguntó al informático.
- ¡Estoy en ello! - respondía Stanley Whitman - ¡Estoy en ello!
Algunos uranitas trataban de acercarse corriendo por las paredes. Roc Stormer los derribaba sin contemplaciones, pues sabía que era peligroso dejar que se acercasen demasiado. Cuanto más cerca, mejor sería su puntería con las estrellas arrojadizas.
La señorita Klotsny consiguió al fin disparar su arma y descubrió con algo parecido a la alegría que también ella era capaz de matar. Al final los papeles se habían invertido: Ella alcanzaba a los enemigos con sus disparos, y habían sido los soldados los encargados de chillar.
- ¡Date prisa, Whitman! - rugía Roc Stormer, haciendo todo lo posible por esquivar una andanada de shurikens.
Como única respuesta, el informático le dio una vez más a “ejecutar” y las enormes puertas blindadas empezaron a ceder con un ruido ensordecedor.
- ¡Bingo! - exclamó ilusionado el informático.
- Id entrando en las dársenas - ordenó Stormer, al ver que ya había una rendija abierta lo suficientemente amplia para permitir el paso de una persona.
- Las damas primero - ofreció Stanley, en un arrebato de caballerosidad -. ¡¡Date prisa, coño!! - añadió al ver que Kristina se detenía para seguir disparando.
Primero ella, después él, pasaron a través de la rendija de la puerta. En último lugar se coló Roc Stormer, que tuvo la previsión de freír el ordenador con una lluvia de balas. Había estado en varias bases militares y sabía lo que sucedería: Se activó la alarma, y las puertas blindadas volvieron a cerrarse automáticamente.
A través de la rendija pudo ver a los ninjas que quedaban en pie. Corrían hacia la puerta a toda velocidad. Tuvo que apartarse bruscamente para esquivar un shuriken que se coló por el último resquicio de la rendija. A sus espaldas, escuchó el llanto de desesperación de Kristina Klotsny.
Lentamente, Roc Stormer se dio la vuelta temiendo lo peor, y lo peor estaba esperándole junto a la pared izquierda:
El submarino estaba desmontado en miles de piececitas, metidas en cajas apiladas y etiquetadas con carteles que decían: WINONA II.
- Mierda - era todo lo que parecía querer significar el balbuceo incoherente de Stanley Whitman. - Mierda, mierda, mierda... puta mierda...
Kristina lloraba en silencio. La única manera de bajar con su padre hasta el fondo del mar se reducía a un gigantesco y macabro mecano guardado en cajas de madera.
- Todo se acabó... - sollozaba con un hilo de voz. - Todo se acabó...
Unos chirridos desagradables comenzaron a oírse al otro lado de la puerta blindada. Sin duda alguna, los uranitas estaban golpeándola con sus katanas negras.
- Esa puerta no aguantará más de cinco minutos - observó Stormer.
- El mundo entero no durará más de cinco minutos - respondió el flébil hilo de voz de Kristina Klotsny. - Hemos fracasado... - y los sollozos ahogaron sus palabras.
Roc Stormer, por primera vez en quién sabe cuántas décadas, no permaneció impasible ante el brillo de una lágrima. Sintió algo similar a la responsabilidad que había sentido horas antes, cuando se vio obligado a llevarla al edificio de los científicos. Experimentó ese sentimiento que inspira a algunos hombres a regalar flores a una mujer hermosa. Pero un hombre del carácter de Roc Stormer no regalaba flores, sino tablas de platino escritas en lengua uranita.
Su cabeza empezó a chirriar con el mismo ruido que las katanas en la puerta. Una locura se estaba empezando a generar en su mente. Roc Stormer estaba acostumbrado a cometer locuras, pero nunca había cometido una tan grande como la que pasaba entonces por su atrevido pensamiento.
- Tengo una idea - dijo en voz alta -. Tal vez podamos conseguir esas tablas sin usar el submarino.
- ¿Cómo? - preguntaron al unísono Whitman y Kristina.
- No hay tiempo de explicarlo. Los ninjas llegarán de un momento a otro. Yo iré a por la tabla. Vosotros id al laboratorio del doctor Klotsny y recoged el transmisor. Luego buscad un medio de transporte y dirigiros hacia la bahía marítima. Si todo sale bien, nos encontraremos allí. ¿Entendido?
Kristina asintió, idiotizada. Pero Whitman respondió:
- Creo que se te olvida un pequeño detalle: ¿Cómo coño vamos a salir de aquí?
Las compuertas que daban al mar estaban herméticamente cerradas, y el ordenador que las abría estaba despedazado en la habitación de al lado, con dos kilos de plomo entre los chips.
- ¿Por el conducto de ventilación? - propuso Kristina.
Stormer negó con la cabeza. Descolgó una de sus granadas del cinturón, extrajo la anilla de seguridad y la lanzó contra la pared del fondo. La explosión hizo temblar las cajas del Winona y generó un agujero en la pared, que daba directamente al aire libre.
- Por aquí.
La alambrada estaba desgarrada en muchos puntos, como si hubiese sufrido el zarpazo de alguna fiera gigante. Los tres supervivientes se colaron en Ratstone aprovechando una de esas grietas.
Roc Stormer estaba en lo cierto: La entrada principal no estaba vigilada.
Las pocas torretas de vigilancia que se mantenían en pie estaban vacías. El patio desierto era un paisaje de jeeps volcados con las ruedas ardiendo, cadáveres de soldados, y tanques que se habían convertido en charcos de metal fundido.
No demasiado lejos de allí, las olas de la fosa abisal de San Lewis recitaban advertencias con su voz ronca.
- El submarino debe de estar allí - hizo saber Roc, consultando el mapa del coronel y señalando hacia un hangar construido junto a la bahía -. Nos acercaremos por el lateral, amparados por las paredes de los barracones.
El becario del Centro de Investigaciones Espaciales y la taquillera del Teatro Octopus obedecieron sin rechistar.
Los barracones eran cuartuchos de paredes metálicas. Las puertas estaban entreabiertas, los goznes chirriaban siniestramente a causa del viento. Kristina consiguió reprimir su grito a tiempo cuando vio, tirada en el suelo a pocos metros de una de las puertas, una mano amputada.
Fue entonces cuando empezó a experimentar la sensación de que aquel silencio no podía anunciar nada bueno.
Roc apartó la mano de una patada y empezó a bordear los barracones con la bayoneta apuntando hacia el frente. Caminaban lentamente, procurando no producir ningún ruido. Los tres eran conscientes de que aquella tranquilidad no era normal. De vez en cuando un ruido los alertaba, y Stormer apuntaba con su cañón hacia la fuente del ruido. Pero normalmente se trataba de ratas y perros callejeros, que arrancaban los ojos de los soldados muertos o hacían bailar las tapas metálicas de los cubos de basura.
Los oídos entrenados de Stormer trabajaban a pleno rendimiento, intentando descifrar alguna amenaza entre los silbidos del viento.
Pero nada peligroso escucharon hasta haber dejado atrás unos ocho barracones. Fue entonces cuando Stormer hizo un gesto con la mano para que los otros dos se detuvieran. En el interior de uno de los barracones se había escuchado un gorjeo. Roc se aproximó en silencio a la puerta del barracón, y allí se mantuvo oculto con la espalda pegada a la fría pared de metal.
Stan y Kristina permanecían paralizados a pocos metros de la puerta. No fueron capaces de reaccionar cuando un estilizado ninja se asomó por la puerta y demostró haberlos visto llevándose la mano a la solapa.
Afortunadamente para ellos, Roc Stormer sí reaccionó. Aplastó la cabeza del ninja con la culata de su arma, y antes de que éste pudiese recuperarse, lo estampó en el suelo mediante una proyección y le atravesó la garganta con la bayoneta.
La sangre oscura del alienígena se derramó en silencio sobre el lecho de guijarros.
Lo bueno de luchar contra los uranitas era comprobar la extrema fragilidad de sus cuerpos. Eran blandos e inconsistentes, como cucarachas membranosas.
- Este tío comienza a acojonarme - murmuró Stan Whitman, mientras intentaba abrazarse a la señorita Klotsny.
Un imprevisto concierto de gorjeos alienígenas rompió la monotonía de las olas del mar.
- A cubierto - ordenó de repente Roc Stormer, indicándoles que se metieran en el barracón.
Se escondieron en el interior a todo correr, mientras Stormer arrastraba con ellos el cadáver del ninja.
Una vez ocultos, pudieron observar a través de las ventanas cómo algunos uranitas abandonaban algunos de los barracones y se dirigían (cómo no) hacia el enorme hangar que, según los planos, guardaba el submarino.
- ¿Será posible que tengamos tan mala suerte? - se atrevió a comentar Whitman.
- Shhhhhhh - le amonestó Kristina.
Los tres tuvieron el detalle de respirar lo menos posible hasta que todos los alienígenas desaparecieron de la vista.
El informático fue el primero en hablar:
- Bueno, aquí acaba todo... Se jodió el asunto... Misión fallida, caso archivado, control ALT suprimir...
- ¡No podemos dejarlo ahora! - exclamó Kristina Klotsny con un amago de lágrima en el ojo -. Si no encontramos la Rosetta 2, destrozarán el planeta...
- Seamos realistas: Estamos hablando de una tabla de menos de medio metro cuadrado sumergida a 24.000 metros de profundidad. Será casi imposible de encontrar. En el improbable caso de que demos con ella, habrá que interpretarla... y una vez que consigamos hacerlo, ¿qué haremos? ¿Mandarles un mensaje que diga: “Lo siento, señores de Urano. Todo fue un malentendido. ¿Qué tal si nos perdonan?”. Este plan ha sido descabellado desde el principio. Y ahora, después de ver cómo se comportan estos seres, me he dado cuenta de que las probabilidades de éxito son ínfimas.
- Pero son lo único que tenemos. Es nuestra única esperanza... - argumentó la señorita Klotsny.
- Mi esperanza más inmediata es no acabar descuartizado en un hangar militar.
Roc Stormer los interrumpió con unas palabras cargadas de firmeza:
- Ellos no saben dónde estamos nosotros, y nosotros sí sabemos dónde están ellos. Eso nos da ventaja.
- ¿Ventaja? ¿Cómo puedes hablar de ventaja después de haber visto el espectáculo de las vías del metro?
- Yo me voy a ese hangar - dijo Stormer. - Si no quieres venir, explícame cómo se abren las puertas, y lárgate.
Stan Whitman agachó la cabeza.
- Hay que introducir un comando RCP en el DTH del CPU-6. Si los circuitos secundarios están configurados en paralelo, habrá que invertir el sentido de lectura del LPTQ para invalidar la clave de acceso del... qué coño... ¿Cómo quieres que te lo explique en cinco minutos, si tardé tres años en aprobar el puto examen? No me miréis así... No... esa mirada es chantaje emocional... Dejadlo ya, tíos... Mierda... Por qué me hacéis esto...
Ninguno de los dos le respondió. Simplemente salieron los tres en silencio, conscientes de la locura que se disponían a cometer, aunque cada uno afrontaba esa locura de manera diferente.
Llegaron a la puerta del gigantesco hangar. Estaba oculta tras dos helicópteros, semejantes a libélulas heridas, con las aspas rotas; con los cristales de las cabinas hechos añicos...
Se detuvieron al amparo de una de las máquinas.
- Puede que cuando entremos no volvamos a tener más oportunidades de discutir el plan, así que prestad atención: Tú buscarás el ordenador que abre las puertas de las dársenas. Nosotros te cubriremos. Cuando encontremos el submarino, lo echaremos al agua. Tiene capacidad para dos personas. Tendréis que subiros en él y aprender a manejarlo como podáis. No creo que tenga un manual de instrucciones en la guantera.
- ¿Qué harás tú? - preguntó, preocupada, la señorita Klotsny.
- Tengo que arreglar asuntos personales.
- Esto me pasa por estudiar informática...
Roc cogió del suelo ametralladoras que los dueños ya no podían reclamar. Entregó una a cada compañero, y dijo en voz alta:
- Que empiece el boogie-boogie.
Se asomaron a la puerta del hangar, con la intención de disparar contra el primer ninja que reparara en ellos. Pero en el interior del recinto no encontraron exactamente lo que esperaban.
- Están haciendo la fotosíntesis - susurró una asombrada Kristina lo más bajo que pudo.
Efectivamente. El hangar estaba ocupado por dos filas de ninjas, sentados los unos en frente de los otros, de rodillas, con la espalda erguida, los pulgares unidos, los ojos cerrados...
Al fondo del hangar, más allá de las dos filas de uranitas, había una enorme puerta blindada y una mesa con un pequeño terminal de ordenador.
- Así que éste es el comedor... y ésta la hora de la cena... - susurró el informático.
- Recemos para que no sea un simple tentempié - añadió Kristina Klotsny.
- Según el mapa aquella puerta blindada comunica con las dársenas - fue la aportación de un siempre pragmático Roc Stormer. - ¿Crees que podrás abrirla? - interrogó al informático.
- Qué remedio...
- Andando - ordenó Stormer.
Dejaron la puerta a sus espaldas, y tal vez con ella la última posibilidad de escape. Empezaron a atravesar el hangar, procurando no pisar el suelo con demasiada fuerza. Eran conscientes de que en cualquier momento alguno de aquellos ninjas podía abrir los ojos (o tal vez todos...).
Por eso los dedos no se separaban de los gatillos.
Andando tan despacio, el maldito hangar parecía interminable. Ahora se encontraban justo en el centro de la habitación. El momento adecuado para soltar un estornudo, pensó Stan Whitman. Pero no... no iba a hacerles esa putada a sus compañeros. No iba a hacerse esa putada a sí mismo... Pero el solo hecho de pensarlo ya le producía cosquillas en la nariz. “No joder, no... No hagas eso, Stan... No tendría ni puta gracia”. No lo había pasado tan mal desde que aquella chica del instituto le dijo: “Te prefiero como amigo”.
- Ah... ahhhh...
Kristina Klotsny le tapó la boca justo a tiempo. Los tres miraron a su alrededor, para comprobar que los ninjas continuaban haciendo la fotosíntesis. Ninguno había abierto los ojos, gracias a Dios...
Acto seguido, las miradas se dirigieron, cargadas de odio, hacia Stanley Whitman. El propio Whitman se abría mirado del mismo modo de haber tenido los ojos fuera de su cuerpo. Y como precisamente quería seguir conservándolos en las cuencas oculares, siguió avanzando sin pensar en estornudos.
Kristina nunca había tenido un arma de fuego en la mano. El metal de la ametralladora se hacía resbaladizo a causa del sudor. Se preguntaba cuánto duraría el proceso de fotosíntesis de los ninjas de Urano. Se decía a sí misma que si se habían reunido todos de forma tan ceremoniosa, probablemente la cosa fuera para largo. Pero... ¿y si había intermedios en los que abrían los ojos? ¿Y si la fotosíntesis constaba de primer plato, segundo plato y postre? ¿Y si ellos tres estaban destinados a ser el postre? “Aprende, mamá. Esta es la manera de suicidarse en condiciones. Mucho más original que la inyección de lejía”.
Por fin llegaron junto a la puerta blindada. En el tablero de metal de la mesa, el pequeño ordenador permanecía encendido, con un salva-pantallas de las fuerzas armadas.
Roc y Kristina centraron su atención en las dos filas de ninjas, dispuestos a disparar al menor indicio de alarma. Aunque allí parecía haber más ninjas que balas...
Stan Whitman movió el ratón para desactivar el salva-pantallas y se puso manos a la obra. Trabajaba con lentitud, pues no se atrevía a teclear deprisa. Tenía miedo de que el ruido de las teclas generase ecos en las paredes enormes y desnudas y despertase a los arrodillados alienígenas.
Cuando todo estuvo debidamente configurado, le dio al ordenador la orden de ejecutar. En el monitor apareció una ventanita de aviso:
“Advertencia: Esta aplicación ha dejado de responder al sistema. Verifique las coordenadas de la unidad en cierre”.
Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue que, acompañando a la aparición del cuadro de diálogos, el altavoz del ordenador emitió un sonoro: PLINKK.
Similares a dos hileras de luciérnagas, los ojos de los ninjas se empezaron a encender, como antorchas que se contagiaban el fuego unas a otras.
- ¡Puto Windows! - maldijo Stanley Whitman.
Roc Stormer empezó a disparar antes de que los ninjas reaccionasen. Acribilló a un buen número de ellos, pero los demás tuvieron tiempo de incorporarse. Los shurikens abandonaron las solapas negras.
El informático se escondió instintivamente debajo de la mesa, llevándose consigo el teclado para seguir trabajando a ciegas.
Roc arrastró a la señorita Klotsny al suelo para salvarla de las estrellas ninja. Luego siguió mandando ninjas al Infierno.
Kristina Klotsny luchaba por encontrar el gatillo de su arma.
- ¿Por qué no se abre esa maldita puerta? - preguntó al informático.
- ¡Estoy en ello! - respondía Stanley Whitman - ¡Estoy en ello!
Algunos uranitas trataban de acercarse corriendo por las paredes. Roc Stormer los derribaba sin contemplaciones, pues sabía que era peligroso dejar que se acercasen demasiado. Cuanto más cerca, mejor sería su puntería con las estrellas arrojadizas.
La señorita Klotsny consiguió al fin disparar su arma y descubrió con algo parecido a la alegría que también ella era capaz de matar. Al final los papeles se habían invertido: Ella alcanzaba a los enemigos con sus disparos, y habían sido los soldados los encargados de chillar.
- ¡Date prisa, Whitman! - rugía Roc Stormer, haciendo todo lo posible por esquivar una andanada de shurikens.
Como única respuesta, el informático le dio una vez más a “ejecutar” y las enormes puertas blindadas empezaron a ceder con un ruido ensordecedor.
- ¡Bingo! - exclamó ilusionado el informático.
- Id entrando en las dársenas - ordenó Stormer, al ver que ya había una rendija abierta lo suficientemente amplia para permitir el paso de una persona.
- Las damas primero - ofreció Stanley, en un arrebato de caballerosidad -. ¡¡Date prisa, coño!! - añadió al ver que Kristina se detenía para seguir disparando.
Primero ella, después él, pasaron a través de la rendija de la puerta. En último lugar se coló Roc Stormer, que tuvo la previsión de freír el ordenador con una lluvia de balas. Había estado en varias bases militares y sabía lo que sucedería: Se activó la alarma, y las puertas blindadas volvieron a cerrarse automáticamente.
A través de la rendija pudo ver a los ninjas que quedaban en pie. Corrían hacia la puerta a toda velocidad. Tuvo que apartarse bruscamente para esquivar un shuriken que se coló por el último resquicio de la rendija. A sus espaldas, escuchó el llanto de desesperación de Kristina Klotsny.
Lentamente, Roc Stormer se dio la vuelta temiendo lo peor, y lo peor estaba esperándole junto a la pared izquierda:
El submarino estaba desmontado en miles de piececitas, metidas en cajas apiladas y etiquetadas con carteles que decían: WINONA II.
- Mierda - era todo lo que parecía querer significar el balbuceo incoherente de Stanley Whitman. - Mierda, mierda, mierda... puta mierda...
Kristina lloraba en silencio. La única manera de bajar con su padre hasta el fondo del mar se reducía a un gigantesco y macabro mecano guardado en cajas de madera.
- Todo se acabó... - sollozaba con un hilo de voz. - Todo se acabó...
Unos chirridos desagradables comenzaron a oírse al otro lado de la puerta blindada. Sin duda alguna, los uranitas estaban golpeándola con sus katanas negras.
- Esa puerta no aguantará más de cinco minutos - observó Stormer.
- El mundo entero no durará más de cinco minutos - respondió el flébil hilo de voz de Kristina Klotsny. - Hemos fracasado... - y los sollozos ahogaron sus palabras.
Roc Stormer, por primera vez en quién sabe cuántas décadas, no permaneció impasible ante el brillo de una lágrima. Sintió algo similar a la responsabilidad que había sentido horas antes, cuando se vio obligado a llevarla al edificio de los científicos. Experimentó ese sentimiento que inspira a algunos hombres a regalar flores a una mujer hermosa. Pero un hombre del carácter de Roc Stormer no regalaba flores, sino tablas de platino escritas en lengua uranita.
Su cabeza empezó a chirriar con el mismo ruido que las katanas en la puerta. Una locura se estaba empezando a generar en su mente. Roc Stormer estaba acostumbrado a cometer locuras, pero nunca había cometido una tan grande como la que pasaba entonces por su atrevido pensamiento.
- Tengo una idea - dijo en voz alta -. Tal vez podamos conseguir esas tablas sin usar el submarino.
- ¿Cómo? - preguntaron al unísono Whitman y Kristina.
- No hay tiempo de explicarlo. Los ninjas llegarán de un momento a otro. Yo iré a por la tabla. Vosotros id al laboratorio del doctor Klotsny y recoged el transmisor. Luego buscad un medio de transporte y dirigiros hacia la bahía marítima. Si todo sale bien, nos encontraremos allí. ¿Entendido?
Kristina asintió, idiotizada. Pero Whitman respondió:
- Creo que se te olvida un pequeño detalle: ¿Cómo coño vamos a salir de aquí?
Las compuertas que daban al mar estaban herméticamente cerradas, y el ordenador que las abría estaba despedazado en la habitación de al lado, con dos kilos de plomo entre los chips.
- ¿Por el conducto de ventilación? - propuso Kristina.
Stormer negó con la cabeza. Descolgó una de sus granadas del cinturón, extrajo la anilla de seguridad y la lanzó contra la pared del fondo. La explosión hizo temblar las cajas del Winona y generó un agujero en la pared, que daba directamente al aire libre.
- Por aquí.
CAPÍTULO 6
El temerario trío atravesó el agujero de la pared, envuelto por una nube de polvo. Lo primero que encontraron nada más salir fue una decena de platillos volantes aparcados.
Había dos ninjas custodiándolos. Roc Stormer se cargó a uno, y Kristina aprovechó el sobresalto del otro para acribillarlo a golpe de ametralladora.
- Has nacido para esto - le dijo Roc. En su tono de voz parecía vislumbrarse cierta admiración.
Ella no supo a ciencia cierta si le agradaba o no escuchar aquellas palabras, pero todavía se las repetía a sí misma cuando una hora después, los tres se separaron junto a la casa de Kristina.
Roc Stormer bordeó la muralla de la casa, en dirección al acantilado. Stan y Kristina lo observaron perderse tras la esquina y a continuación, tragando saliva, se dirigieron hacia el interior de la casa.
Las probabilidades de que hubiese ninjas en la casa eran casi despreciables, pero después de todo lo que habían vivido en las últimas horas, el acto de introducirse en cualquier sitio adquiría unas connotaciones terribles.
El viento meneaba las malas hierbas del jardín. Las ventanas estaban apagadas.
- Aguántame esto - le pidió Kristina al informático cuando llegaron junto a la puerta.
El informático le aguantó la ametralladora, mientras ella buscaba en los bolsillos las llaves de su casa.
Abrió la puerta con precaución. Los dos sintieron un tremendo escalofrío al ver el salón decorado con motivos japoneses.
- ¿Tu padre era uno de ellos? - preguntó Stan. Ella le miró de esa forma asesina a la que Stan ya estaba acostumbrado.
Se apresuraron en llegar a la escalera. Ninguno de los dos se sentía a gusto en aquella sala oriental. En el piso de arriba, el laboratorio estaba tal y como Kristina lo había visto por última vez. La puerta de la terraza seguía abierta, haciendo temblar las probetas y los tubos de ensayo. En el rincón del fondo, el transmisor-Alfa continuaba moviendo sus agujas al son de los pitidos que emitía.
- Curioso aparato - comentó Whitman.
- Ayúdame a desenchufarlo.
Los dos empezaron a buscar, entre la maraña de circuitos, el cable que conectaba el aparato a la red. Stan Whitman, más acostumbrado al mundo de los transmisores, fue el primero en dar con él.
- Pesa menos de lo que imaginaba - fue el siguiente comentario del informático, cuando él y Kristina transportaban la caja metálica y el extraño teclado hacia la puerta del laboratorio.
De pronto, un ruido desagradable les hizo dar un respingo. Había sido el ruido de una puerta que se astillaba y, a juzgar por la dirección del sonido, se trataba de la puerta principal de la casa.
Sin tener que ponerse de acuerdo mediante palabras, los dos soltaron el transmisor y corrieron a por sus ametralladoras.
- ¿Qué coño habrá sido eso?
- Nos deben de haber seguido - aventuró Kristina Klotsny.
- ¿Cuántos?
- ¿Me ves cara de adivina?
Whitman no pudo contestar, porque en ese momento una estrella arrojadiza le atravesó la garganta.
Profiriendo un grito de terror, la señorita Klotsny empezó a lanzar ráfagas de ametralladora alrededor de la habitación. Dos siluetas negras empezaron a moverse entre los estantes del laboratorio. Kristina intentaba acribillarlos sin demasiado éxito. Los frascos de las estanterías estallaban a causa de las balas, llenando el aire y el suelo de cristales rotos.
Uno de los ninjas saltó hacia ella. Kristina, haciendo gala de unos reflejos cuya posesión desconocía, alcanzó al atacante en el aire y, cuando éste cayó al suelo, siguió disparándole (fiel a la escuela de Roc Stormer) hasta convertirlo en una masa informe.
En ello estaba cuando sintió en el costado una fuerte patada que la arrojó a ella también al suelo. Los cristales se clavaron en su blanca piel, tiñéndose de sangre.
El ninja que la había atacado por la espalda la cogió por los pelos y la alzó en el aire. Ella, enfurecida por el dolor, asestó al ninja una patada en los testículos.
Yo no sé si los ninjas de Urano tienen testículos entre las piernas, pero aquello pareció doler y humillar al uranita, que arregló la cara de la señorita Klotsny con una bofetada que la hizo atravesar la puerta del laboratorio, golpearse contra la barandilla de la escalera y aterrizar violentamente en el suelo del salón japonés. Las esterillas suavizaron su caída, pero eso no le impidió sentir dolores por todo el cuerpo. Cuando creía que ya nada podía salir peor, su vista nublada a causa del dolor distinguió cómo el ninja pasaba por encima de la barandilla y saltaba hacia ella. También ahora sus reflejos le hicieron un favor. Sin apenas darse cuenta de lo que hacía, apuntó su arma hacia el techo, con la cuchilla de la bayoneta dispuesta a calvarse en las negras entrañas del uranita. Una décima de segundo más tarde, la dolorida Kristina tenía entre sus manos el pinchito moruno más desagradable que había conocido.
Ayudándose con la pierna, desclavó el negro fiambre con su bayoneta y se incorporó con un esfuerzo sobrehumano. El brazo y la cintura le sangraban profusamente. Tosió un par de veces, escupiendo también por la boca algo de sangre, y dirigió su vista hacia el piso de arriba, en el que aguardaba el transmisor-Alfa, envuelto en su impenetrable bosque de circuitos.
Se disponía ya a subir a por él cuando escuchó un gorjeo conocido a su derecha. Un tercer ninja había entrado en el salón, y su silueta, agarrando la katana con las dos manos, se proyectaba en uno de los biombos de papel de arroz.
Apuntó con su ametralladora hacia el biombo y... ¡maldición! El gatillo se había atascado. Rápidamente, miro a su alrededor en busca de algún arma.
De un tablón de la pared colgaba una colección de artilugios ninja.
Kristina se acercó en silencio hasta el tablón y descolgó un pequeño shuriken plateado. Una gota se deslizó por su frente. ¿Era sangre o sudor? Tenía una única oportunidad. Si fallaba, el ninja la descubriría y correría a por ella. Levantó la estrella en su mano, observó la sombra que se proyectaba en el biombo... calculó el lugar exacto en el que estaría la garganta... ¡y lo lanzó!
El shuriken atravesó el papel de arroz, dejando en él una pequeña raja. Kristina se puso taquicárdica. La silueta se volvió hacia ella, avanzó un par de pasos... y cayó al suelo destrozando la quebradiza superficie del biombo.
Lo único que pensó Kristina cuando vio la estrella de plata incrustada en la garganta del ninja fue: “Sí... He nacido para esto”.
Armada con una katana de su padre, revisó la casa para comprobar que no les habían seguido más ninjas. El resultado de la revisión fue tranquilizador, si es que esta palabra tiene algún sentido cuando acabas de caer de un segundo piso con cristales clavados en el brazo.
Subió las escaleras como pudo, se despidió del cadáver del señor Whitman y le arrebató el arma de las manos.
- Me temo que la voy a necesitar más que tú...
Lo más difícil fue transportar ella sola el transmisor-Alfa. A punto estuvo de dejarlo caer por las escaleras en más de una ocasión.
A ver... ¿qué había dicho Roc? Buscar un medio de transporte y conducir hasta la avenida marítima. Que ella supiese, el vehículo más cercano era el jeep del vecino. Así que dejó el transmisor junto a la puerta y se encaminó a la casa de al lado. Saltó la valla. Sus pies agotados aterrizaron en un jardín mucho mejor cuidado que el de los Klotsny. Y contrastando con el verdor del césped, un jeep descapotable de color rojo permanecía aparcado junto a las arizónicas.
- ¿No podían haber elegido un color más discreto?
El coche parecía en buen estado. Kristina Klotsny inspeccionó los alrededores del volante con la esperanza de que las llaves estuviesen puestas...
... pero eso sólo ocurre en las películas y en las novelas baratas de serie-B.
- No se mueva de ahí, señorita Klotsny. Pienso entregarla a las autoridades - dijo una voz a sus espaldas.
Kristina reconoció con desagradable facilidad la voz de su detestable vecino. Había surgido de la trampilla del sótano, armado con un bate de béisbol, y se acercaba a ella con actitud amenazante.
Teníais que haber visto cómo cambió la cara de aquel tipejo insignificante cuando Kristina se volvió hacia él, cubierta de sangre de los pies a la cabeza, con una ametralladora en la mano, una katana en la espalda y una expresión que indicaba sin ningún género de dudas que no se encontraba de humor para bromear.
- Buenas noches, señor Chester - saludó la señorita Klotsny amartillando el arma -. Tengo entendido que llamó usted a la policía para acusarme... de asesinato...
- ¿Yo? Bueno... verá... yo... - balbuceaba el vecino -. Lo cierto es que... fue un... malentendido... Porque usted no sería capaz de asesinar a nadie... ¿verdad?
Ese “¿verdad?” sonó más cercano a una súplica que a una pregunta.
- Qué bien me conoce usted, señor Chester. Un malentendido...
- S-sí... un... malentendido...
- En ese caso, señor Chester, supongo que estará usted dispuesto a concederme un pequeño favor para reparar su falta...
Un pequeño charco de orina se deslizaba por la pernera del pantalón del señor Chester... y regaba el césped.
A no demasiados metros de allí, Roc Stormer flirteaba con la locura. Había descendido por el acantilado hasta llegar a un saliente, a pocos metros del agitado mar. A sus pies se hundían los 24 kilómetros de la fosa abisal de San Lewis, que albergaban entre sus aguas inescrutables una tabla que respondía al nombre de Rosetta 2.
El regimiento del coronel Casey había fallado, el Winona II había fallado... Ahora todo dependía de sus cojones, y había bajado por aquel acantilado para demostrar que los tenía bien puestos.
A cuatro o cinco metros de las olas espumosas, Roc Stormer se disponía a descender a la fosa sin submarinos ni pijadas por el estilo. Cogió entre sus manos una roca que encontró en el acantilado (para llevar algo pesado que lo ayudase a sumergirse), inspiró fuerte, para llenar sus pulmones de aire... y se arrojó al mar.
El contacto con el agua fría le hizo ser más consciente de la barbaridad que estaba cometiendo. A sus espaldas: una escarpada pared de corales vistosos. Frente a él: Los 24.000 metros de fosa perdiéndose en la negrura.
La piedra le ayudaba a descender con rapidez. Roc Stormer sabía que cada metro que descendiese era un metro que después tendría que desandar; sabía que una persona normal no podía aguantar 24 kilómetros de ida y 24 de vuelta sin respirar; sabía que una persona normal estallaría bajo la presión de 24 kilómetros de agua... Pero también sabía que él no era una persona normal...
Los bancos de peces luminosos se cruzaban en su camino. Huían inquietos de los pulpos, de las medusas... y tal vez de depredadores mucho más terribles que aguardaban en las altas profundidades. Las anémonas hacían bailar sus tentáculos en los bancos de coral, con una ondulación hipnótica.
Roc no sabía explicarse a sí mismo por qué estaba haciendo aquello. Ni siquiera le interesaba comunicarse con los uranitas. Ni siquiera pretendía tirarse a la señorita Klotsny... y ya lo dijo el gran filósofo: “Nunca te lances a una fosa abisal por una tía que no te vas a tirar”. Sin duda alguna había enloquecido por completo. Asesinar niñas con una llave inglesa no era estar como una verdadera regadera. Esto sí.
Y sin embargo, la Fortuna favorece a los locos, o al menos eso fue lo que sucedió en aquella ocasión, porque a la luz de las medusas resplandecientes, Stormer pudo ver el cuerpo de Darius Klotsny enganchado en uno de los salientes del banco de coral.
¡El muy cabrón no había descendido hasta el fondo! Estaba allí, a no demasiados metros de profundidad... o al menos estaba lo que quedaba de él. Los peces se habían encargado de mordisquearlo a una velocidad inusual. Lo único que sobrevivía del doctor Klotsny era un esqueleto descarnado, con una bata blanca hecha girones que se enredaba en las aristas del coral. Y aprisionada entre los brazos del esqueleto, Rosetta 2 brillaba con un fulgor de plata.
Roc soltó la piedra, que continuó su camino hasta el fondo en solitario. Se agarró a uno de los salientes del coral (que le mordió en la mano) e intentó sacar la tabla de entre los brazos del difunto profesor. Estaba firmemente agarrada. Incluso muerto se resistía el condenado. “Me vas a tener que perdonar por hacer esto, Kristina”, pensó mientras arrancaba de cuajo uno de los brazos del esqueleto. Con eso Rosetta 2 quedó más accesible.
Stormer se disponía a arrojar el brazo del esqueleto hacia el fondo, y fue precisamente lo que encontró en el fondo lo que le hizo cambiar de idea: La piedra que él había soltado seguía descendiendo hacia los abismos. De repente, surgió de la negrura una mandíbula de dientes afilados y se la tragó de un solo bocado.
“Tiburones”... Antes de que terminara de pensar la palabra, el tiburón le embistió con las mandíbulas abiertas de par en par. Roc Stormer no estaba dispuesto a dejarse amilanar por eso. Esperó a que el escualo se acercase y cuando pudo sentir el aliento del bicho en la cara, le clavó el brazo del esqueleto en un ojo. El tiburón empezó a retorcerse de dolor. Con su mano libre, Roc sacó el machete de supervivencia y abrió al monstruo en canal.
Acto seguido, y sin perder un instante, cogió a Rosetta 2 e inició el ascenso hacia la superficie. El tiburón se retorcía entre su propia sangre.
No tardaron en acudir otros escualos para devorar al moribundo. Roc ascendía trabajosamente, con la tabla en una mano y el machete en la otra. Sabía que tarde o temprano uno o dos de los tiburones repararían en él e intentarían darle caza. No le decepcionaron. La repentina huída de los peces y las gambas que tenía ante sus ojos le hizo deducir que alguno de los depredadores se le acercaba. Cuando decidió mirar hacia abajo, advirtió que un tiburón bastante crecidito lanzaba dentelladas a diestro y siniestro, intentando probar el sabor de su carne. Roc Stormer le enseñó a qué sabía la hoja del machete. Otro tiburón, más grande todavía, quiso intentar lo que los dos anteriores no habían conseguido. ¡Oh, escualo infeliz! Blandiendo el cuchillo con destreza, el señor Stormer demostró que en el campo de concentración japonés también había aprendido a hacer el shushi.
Y tras unas cuantas brazadas más, la cabeza de Roc Stormer saludó a la superficie aspirando una intensa bocanada de aire.
Las olas insistían en empujarle contra las rocas del acantilado. Apelando a las fuerzas que todavía le quedaban, comenzó a nadar contracorriente, en dirección a la avenida marítima, en donde encontraría un sitio más fácil para acceder a tierra y, si todo había salido bien, un medio de transporte con un transmisor-Alfa y una señorita Klotsny al volante.
Había dos ninjas custodiándolos. Roc Stormer se cargó a uno, y Kristina aprovechó el sobresalto del otro para acribillarlo a golpe de ametralladora.
- Has nacido para esto - le dijo Roc. En su tono de voz parecía vislumbrarse cierta admiración.
Ella no supo a ciencia cierta si le agradaba o no escuchar aquellas palabras, pero todavía se las repetía a sí misma cuando una hora después, los tres se separaron junto a la casa de Kristina.
Roc Stormer bordeó la muralla de la casa, en dirección al acantilado. Stan y Kristina lo observaron perderse tras la esquina y a continuación, tragando saliva, se dirigieron hacia el interior de la casa.
Las probabilidades de que hubiese ninjas en la casa eran casi despreciables, pero después de todo lo que habían vivido en las últimas horas, el acto de introducirse en cualquier sitio adquiría unas connotaciones terribles.
El viento meneaba las malas hierbas del jardín. Las ventanas estaban apagadas.
- Aguántame esto - le pidió Kristina al informático cuando llegaron junto a la puerta.
El informático le aguantó la ametralladora, mientras ella buscaba en los bolsillos las llaves de su casa.
Abrió la puerta con precaución. Los dos sintieron un tremendo escalofrío al ver el salón decorado con motivos japoneses.
- ¿Tu padre era uno de ellos? - preguntó Stan. Ella le miró de esa forma asesina a la que Stan ya estaba acostumbrado.
Se apresuraron en llegar a la escalera. Ninguno de los dos se sentía a gusto en aquella sala oriental. En el piso de arriba, el laboratorio estaba tal y como Kristina lo había visto por última vez. La puerta de la terraza seguía abierta, haciendo temblar las probetas y los tubos de ensayo. En el rincón del fondo, el transmisor-Alfa continuaba moviendo sus agujas al son de los pitidos que emitía.
- Curioso aparato - comentó Whitman.
- Ayúdame a desenchufarlo.
Los dos empezaron a buscar, entre la maraña de circuitos, el cable que conectaba el aparato a la red. Stan Whitman, más acostumbrado al mundo de los transmisores, fue el primero en dar con él.
- Pesa menos de lo que imaginaba - fue el siguiente comentario del informático, cuando él y Kristina transportaban la caja metálica y el extraño teclado hacia la puerta del laboratorio.
De pronto, un ruido desagradable les hizo dar un respingo. Había sido el ruido de una puerta que se astillaba y, a juzgar por la dirección del sonido, se trataba de la puerta principal de la casa.
Sin tener que ponerse de acuerdo mediante palabras, los dos soltaron el transmisor y corrieron a por sus ametralladoras.
- ¿Qué coño habrá sido eso?
- Nos deben de haber seguido - aventuró Kristina Klotsny.
- ¿Cuántos?
- ¿Me ves cara de adivina?
Whitman no pudo contestar, porque en ese momento una estrella arrojadiza le atravesó la garganta.
Profiriendo un grito de terror, la señorita Klotsny empezó a lanzar ráfagas de ametralladora alrededor de la habitación. Dos siluetas negras empezaron a moverse entre los estantes del laboratorio. Kristina intentaba acribillarlos sin demasiado éxito. Los frascos de las estanterías estallaban a causa de las balas, llenando el aire y el suelo de cristales rotos.
Uno de los ninjas saltó hacia ella. Kristina, haciendo gala de unos reflejos cuya posesión desconocía, alcanzó al atacante en el aire y, cuando éste cayó al suelo, siguió disparándole (fiel a la escuela de Roc Stormer) hasta convertirlo en una masa informe.
En ello estaba cuando sintió en el costado una fuerte patada que la arrojó a ella también al suelo. Los cristales se clavaron en su blanca piel, tiñéndose de sangre.
El ninja que la había atacado por la espalda la cogió por los pelos y la alzó en el aire. Ella, enfurecida por el dolor, asestó al ninja una patada en los testículos.
Yo no sé si los ninjas de Urano tienen testículos entre las piernas, pero aquello pareció doler y humillar al uranita, que arregló la cara de la señorita Klotsny con una bofetada que la hizo atravesar la puerta del laboratorio, golpearse contra la barandilla de la escalera y aterrizar violentamente en el suelo del salón japonés. Las esterillas suavizaron su caída, pero eso no le impidió sentir dolores por todo el cuerpo. Cuando creía que ya nada podía salir peor, su vista nublada a causa del dolor distinguió cómo el ninja pasaba por encima de la barandilla y saltaba hacia ella. También ahora sus reflejos le hicieron un favor. Sin apenas darse cuenta de lo que hacía, apuntó su arma hacia el techo, con la cuchilla de la bayoneta dispuesta a calvarse en las negras entrañas del uranita. Una décima de segundo más tarde, la dolorida Kristina tenía entre sus manos el pinchito moruno más desagradable que había conocido.
Ayudándose con la pierna, desclavó el negro fiambre con su bayoneta y se incorporó con un esfuerzo sobrehumano. El brazo y la cintura le sangraban profusamente. Tosió un par de veces, escupiendo también por la boca algo de sangre, y dirigió su vista hacia el piso de arriba, en el que aguardaba el transmisor-Alfa, envuelto en su impenetrable bosque de circuitos.
Se disponía ya a subir a por él cuando escuchó un gorjeo conocido a su derecha. Un tercer ninja había entrado en el salón, y su silueta, agarrando la katana con las dos manos, se proyectaba en uno de los biombos de papel de arroz.
Apuntó con su ametralladora hacia el biombo y... ¡maldición! El gatillo se había atascado. Rápidamente, miro a su alrededor en busca de algún arma.
De un tablón de la pared colgaba una colección de artilugios ninja.
Kristina se acercó en silencio hasta el tablón y descolgó un pequeño shuriken plateado. Una gota se deslizó por su frente. ¿Era sangre o sudor? Tenía una única oportunidad. Si fallaba, el ninja la descubriría y correría a por ella. Levantó la estrella en su mano, observó la sombra que se proyectaba en el biombo... calculó el lugar exacto en el que estaría la garganta... ¡y lo lanzó!
El shuriken atravesó el papel de arroz, dejando en él una pequeña raja. Kristina se puso taquicárdica. La silueta se volvió hacia ella, avanzó un par de pasos... y cayó al suelo destrozando la quebradiza superficie del biombo.
Lo único que pensó Kristina cuando vio la estrella de plata incrustada en la garganta del ninja fue: “Sí... He nacido para esto”.
Armada con una katana de su padre, revisó la casa para comprobar que no les habían seguido más ninjas. El resultado de la revisión fue tranquilizador, si es que esta palabra tiene algún sentido cuando acabas de caer de un segundo piso con cristales clavados en el brazo.
Subió las escaleras como pudo, se despidió del cadáver del señor Whitman y le arrebató el arma de las manos.
- Me temo que la voy a necesitar más que tú...
Lo más difícil fue transportar ella sola el transmisor-Alfa. A punto estuvo de dejarlo caer por las escaleras en más de una ocasión.
A ver... ¿qué había dicho Roc? Buscar un medio de transporte y conducir hasta la avenida marítima. Que ella supiese, el vehículo más cercano era el jeep del vecino. Así que dejó el transmisor junto a la puerta y se encaminó a la casa de al lado. Saltó la valla. Sus pies agotados aterrizaron en un jardín mucho mejor cuidado que el de los Klotsny. Y contrastando con el verdor del césped, un jeep descapotable de color rojo permanecía aparcado junto a las arizónicas.
- ¿No podían haber elegido un color más discreto?
El coche parecía en buen estado. Kristina Klotsny inspeccionó los alrededores del volante con la esperanza de que las llaves estuviesen puestas...
... pero eso sólo ocurre en las películas y en las novelas baratas de serie-B.
- No se mueva de ahí, señorita Klotsny. Pienso entregarla a las autoridades - dijo una voz a sus espaldas.
Kristina reconoció con desagradable facilidad la voz de su detestable vecino. Había surgido de la trampilla del sótano, armado con un bate de béisbol, y se acercaba a ella con actitud amenazante.
Teníais que haber visto cómo cambió la cara de aquel tipejo insignificante cuando Kristina se volvió hacia él, cubierta de sangre de los pies a la cabeza, con una ametralladora en la mano, una katana en la espalda y una expresión que indicaba sin ningún género de dudas que no se encontraba de humor para bromear.
- Buenas noches, señor Chester - saludó la señorita Klotsny amartillando el arma -. Tengo entendido que llamó usted a la policía para acusarme... de asesinato...
- ¿Yo? Bueno... verá... yo... - balbuceaba el vecino -. Lo cierto es que... fue un... malentendido... Porque usted no sería capaz de asesinar a nadie... ¿verdad?
Ese “¿verdad?” sonó más cercano a una súplica que a una pregunta.
- Qué bien me conoce usted, señor Chester. Un malentendido...
- S-sí... un... malentendido...
- En ese caso, señor Chester, supongo que estará usted dispuesto a concederme un pequeño favor para reparar su falta...
Un pequeño charco de orina se deslizaba por la pernera del pantalón del señor Chester... y regaba el césped.
A no demasiados metros de allí, Roc Stormer flirteaba con la locura. Había descendido por el acantilado hasta llegar a un saliente, a pocos metros del agitado mar. A sus pies se hundían los 24 kilómetros de la fosa abisal de San Lewis, que albergaban entre sus aguas inescrutables una tabla que respondía al nombre de Rosetta 2.
El regimiento del coronel Casey había fallado, el Winona II había fallado... Ahora todo dependía de sus cojones, y había bajado por aquel acantilado para demostrar que los tenía bien puestos.
A cuatro o cinco metros de las olas espumosas, Roc Stormer se disponía a descender a la fosa sin submarinos ni pijadas por el estilo. Cogió entre sus manos una roca que encontró en el acantilado (para llevar algo pesado que lo ayudase a sumergirse), inspiró fuerte, para llenar sus pulmones de aire... y se arrojó al mar.
El contacto con el agua fría le hizo ser más consciente de la barbaridad que estaba cometiendo. A sus espaldas: una escarpada pared de corales vistosos. Frente a él: Los 24.000 metros de fosa perdiéndose en la negrura.
La piedra le ayudaba a descender con rapidez. Roc Stormer sabía que cada metro que descendiese era un metro que después tendría que desandar; sabía que una persona normal no podía aguantar 24 kilómetros de ida y 24 de vuelta sin respirar; sabía que una persona normal estallaría bajo la presión de 24 kilómetros de agua... Pero también sabía que él no era una persona normal...
Los bancos de peces luminosos se cruzaban en su camino. Huían inquietos de los pulpos, de las medusas... y tal vez de depredadores mucho más terribles que aguardaban en las altas profundidades. Las anémonas hacían bailar sus tentáculos en los bancos de coral, con una ondulación hipnótica.
Roc no sabía explicarse a sí mismo por qué estaba haciendo aquello. Ni siquiera le interesaba comunicarse con los uranitas. Ni siquiera pretendía tirarse a la señorita Klotsny... y ya lo dijo el gran filósofo: “Nunca te lances a una fosa abisal por una tía que no te vas a tirar”. Sin duda alguna había enloquecido por completo. Asesinar niñas con una llave inglesa no era estar como una verdadera regadera. Esto sí.
Y sin embargo, la Fortuna favorece a los locos, o al menos eso fue lo que sucedió en aquella ocasión, porque a la luz de las medusas resplandecientes, Stormer pudo ver el cuerpo de Darius Klotsny enganchado en uno de los salientes del banco de coral.
¡El muy cabrón no había descendido hasta el fondo! Estaba allí, a no demasiados metros de profundidad... o al menos estaba lo que quedaba de él. Los peces se habían encargado de mordisquearlo a una velocidad inusual. Lo único que sobrevivía del doctor Klotsny era un esqueleto descarnado, con una bata blanca hecha girones que se enredaba en las aristas del coral. Y aprisionada entre los brazos del esqueleto, Rosetta 2 brillaba con un fulgor de plata.
Roc soltó la piedra, que continuó su camino hasta el fondo en solitario. Se agarró a uno de los salientes del coral (que le mordió en la mano) e intentó sacar la tabla de entre los brazos del difunto profesor. Estaba firmemente agarrada. Incluso muerto se resistía el condenado. “Me vas a tener que perdonar por hacer esto, Kristina”, pensó mientras arrancaba de cuajo uno de los brazos del esqueleto. Con eso Rosetta 2 quedó más accesible.
Stormer se disponía a arrojar el brazo del esqueleto hacia el fondo, y fue precisamente lo que encontró en el fondo lo que le hizo cambiar de idea: La piedra que él había soltado seguía descendiendo hacia los abismos. De repente, surgió de la negrura una mandíbula de dientes afilados y se la tragó de un solo bocado.
“Tiburones”... Antes de que terminara de pensar la palabra, el tiburón le embistió con las mandíbulas abiertas de par en par. Roc Stormer no estaba dispuesto a dejarse amilanar por eso. Esperó a que el escualo se acercase y cuando pudo sentir el aliento del bicho en la cara, le clavó el brazo del esqueleto en un ojo. El tiburón empezó a retorcerse de dolor. Con su mano libre, Roc sacó el machete de supervivencia y abrió al monstruo en canal.
Acto seguido, y sin perder un instante, cogió a Rosetta 2 e inició el ascenso hacia la superficie. El tiburón se retorcía entre su propia sangre.
No tardaron en acudir otros escualos para devorar al moribundo. Roc ascendía trabajosamente, con la tabla en una mano y el machete en la otra. Sabía que tarde o temprano uno o dos de los tiburones repararían en él e intentarían darle caza. No le decepcionaron. La repentina huída de los peces y las gambas que tenía ante sus ojos le hizo deducir que alguno de los depredadores se le acercaba. Cuando decidió mirar hacia abajo, advirtió que un tiburón bastante crecidito lanzaba dentelladas a diestro y siniestro, intentando probar el sabor de su carne. Roc Stormer le enseñó a qué sabía la hoja del machete. Otro tiburón, más grande todavía, quiso intentar lo que los dos anteriores no habían conseguido. ¡Oh, escualo infeliz! Blandiendo el cuchillo con destreza, el señor Stormer demostró que en el campo de concentración japonés también había aprendido a hacer el shushi.
Y tras unas cuantas brazadas más, la cabeza de Roc Stormer saludó a la superficie aspirando una intensa bocanada de aire.
Las olas insistían en empujarle contra las rocas del acantilado. Apelando a las fuerzas que todavía le quedaban, comenzó a nadar contracorriente, en dirección a la avenida marítima, en donde encontraría un sitio más fácil para acceder a tierra y, si todo había salido bien, un medio de transporte con un transmisor-Alfa y una señorita Klotsny al volante.
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